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Ellas también hicieron el 25 de Mayo

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Mariquita Sánchez de Thompson

Pese a que la historia oficial las ignora, muchas mujeres, desde el lugar que en ese momento ocupaban en la sociedad, participaron del movimiento revolucionario que produjo el 25 de Mayo de 1810 y, más tarde, colaboraron con la defensa de la patria en las luchas por la independencia contra las tropas realistas. Mariquita Sánchez de Thompson, Flora Azcuénaga, Ana Riglos, Juana Azurduy de Padilla –a la que dos siglos después la presidenta Cristina Kirchner otorgó el grado de generala– y Juana Moro de López son algunos nombres que deberían ser sumados ya a la enseñanza escolar.

La Revolución de Mayo trascendió la instauración de una nueva forma de gobierno: fue un avance en la democratización de la sociedad. Si bien los ideales de “libertad, igualdad y fraternidad” que inspiraron a los revolucionarios no se tradujeron al género femenino en términos igualitarios, ellas participaron junto a los varones desde el lugar que ocupaban en la sociedad de la época.

Fueron mujeres de las familias notables las que abrieron sus casas para que en sus salones se celebraran las tertulias donde se elaboró la Revolución, y fueron ellas quienes respondieron desde todos los rincones de la Patria para contribuir en la conformación del Ejército Libertador.

Los salones de Mariquita Sánchez de Thompson o Flora Azcuénaga, los saraos de Ana Riglos, fueron ámbitos donde varones y mujeres discutieron las nuevas ideas que llegaban al Virreinato del Río de la Plata, con las que se tejieron los hilos de la Revolución.

El 7 de junio de 1810, La Gazeta de Buenos Aires publicó una resolución de la Primera Junta, convocando a los vecinos a concurrir a la casa del vocal Miguel de Azcuénaga, donde se recibían las donaciones para equipar al primer ejército patrio. Acudieron las mujeres de las principales familias, pero también las de las clases más humildes y hasta las esclavas.

Es extensa la lista de mujeres patricias que respondieron. La primera fue Casilda Igarzábal, esposa del revolucionario Nicolás Rodríguez Peña, quien donó el salario de dos hombres para la expedición; Bernardina Chavarría, mujer del general Juan José Viamonte, ofreció “50 pesos fuertes junto a su esposo, que entregó el doble y marchó a combatir”; Mercedes Losada de Riglos, quien años después fue la primera presidenta de la Sociedad de Beneficencia, depositó tres onzas de oro, entre tantas otras.

Pero también estuvieron presentes las que pertenecían a las clases populares. La esclava María Eusebia Segovia dio un peso fuerte y se ofreció para servicio de cocina con sus dos hijos. María Josefa Tapia, 2 pesos fuertes “con extraordinario sentimiento de no poder donar gran cuantía”. Juana Pavón donó igual cantidad con la aclaración de que “los tenía destinados para vestir, pero ha querido tener la satisfacción de cederlos para auxilios de los gastos de la expedición”.

En 1812, la Revolución corría peligro. Los españoles preparaban una contraofensiva desde Montevideo, y el gobierno de Buenos Aires no contaba con recursos para enfrentar la guerra en tantos frentes.

El Triunvirato promovió una suscripción pública para costear las armas que había comprado a los Estados Unidos. Las mujeres de Buenos Aires se reunieron en la casa de la familia Escalada, constituyeron la Sociedad Patriótica para organizar la ayuda femenina y escribieron una nota dirigida al gobierno que es un verdadero documento que demuestra la forma de participación del género femenino en la lucha.

Mientras tanto, en el norte, las mujeres contribuían en la guerra en forma más directa. Algunas tomaban las armas, otras acompañaban al ejército y un tercer grupo conformaba una red de espías, encargadas de transmitir información a los jefes militares, aun a riesgo de sus vidas.

Entre las primeras se destaca Juana Azurduy de Padilla, quien reunió una fuerza de amazonas que causó serios perjuicios a los españoles. Durante la guerra, perdió a sus cuatro hijos y a su esposo. Las autoridades de Buenos Aires le confirieron el grado de teniente coronel y el mismo general Manuel Belgrano le regaló la espada que empuñaba en las batallas. Dos siglos después, el gobierno de Cristina Kirchner le otorgó el grado de generala del Ejército.

Menos conocidas son las “bomberas”, como se denominaba a las mujeres que recababan información en cuarteles enemigos. La salteña Juana Moro de López convenció a Juan José Campero, marqués de Yavi, para que desertara de las fuerzas realistas y se sumara a los revolucionarios. Loreto Sánchez de Peón de Frías ingresaba disfrazada de vivandera a los cuarteles realistas y registraba el número de las fuerzas enemigas. Luego informaba a los patriotas el número exacto de soldados que debían enfrentar.

Desde el sitio que les tocó ocupar en la sociedad, ellas también contribuyeron con la Revolución. Es una cuestión de justicia que sus nombres se incorporen en la enseñanza escolar. Así, desde la infancia, las nuevas generaciones crecerán con la conciencia de que tanto varones como mujeres aportaron para construir la Patria.

Fuente:

Diario Perfil 22/5/2011

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