Cartelera de Historia

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Archivos para Historia Medieval

Campanas medievales

Carnac (Bretagne, France)

Carnac (Bretagne, France)

En el precioso libro El otoño de la Edad Media, el gran historiador holandés Johan Huizinga recrea para nosotros las formalidades de aquella época extraña y maravillosa. Huizinga explica cómo entonces todas las emociones eran más absolutas: el grado de distancia del dolor a la regocijo parecía mayor, del mismo modo que era más penoso el contraste entre la salud y la enfermedad, y más frío el invierno y más temible la noche oscura -más oscura y silenciosa de un modo que no podemos siquiera imaginar- y el esplendor del hogar del rico cuyos trajes costosos, banquetes y fiestas alegres eran una cruel exhibición para el mendigo, el leproso y el pobre.

Cada acontecimiento de la vida –nacer, morir, pero también un viaje, una visita- era expresado a través de alguna solemnidad que ponía en evidencia cuánto implicaba, qué había detrás y más allá del acto, sugiriendo tanto un misterio divino como una ocasión digna de bendición, ceremonia o cortejo. “Los grandes señores –dice Huizinga- no se ponían jamás en movimiento sin un pomposo despliegue de armas y libreas, infundiendo respeto y envidia. La administración de la justicia, la venta de mercancías, las bodas y los entierros, todo se anunciaba ruidosamente por medio de cortejos, ritos, lamentaciones y música.” Leer el resto de esta entrada »

Extrañas criaturas del Medioevo

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Aquello que la gente de la Edad Media llamaba “lo maravilloso” (mirabilia), era un universo de objetos, un conjunto de cosas. Muchas de estas creencias, provenientes de una cultura tradicional o pagana, eran para la Iglesia elementos peligrosos que durante mucho tiempo se procuró destruir u ocultar. A pesar de tales intentos, la fuerza de lo maravilloso fue tal, que terminó por asentarse en la sociedad gótica y luego se diversificó extraordinariamente.

Es importante destacar algunas cuestiones. Lo maravilloso no era como lo extraño, pues mientras éste podía resolverse mediante la reflexión, lo maravilloso siempre conservaba un residuo sobrenatural que sólo podía explicarse en esos mismos términos.

Lo maravilloso tenía países y tenía lugares. Sus lugares “naturales” eran la montaña (sobre todo si era hueca), las fuentes y manantiales, los árboles (como el “árbol de las hadas” de Juana de Arco), las islas afortunadas, o las ínsulas. Un ejemplo de esto es el llamado mundo al revés, el país de Cucaña, del que empezó a hablarse en el siglo XIII. Se trataba de la idea de un paraíso terrestre y de una “Edad de Oro” que, curiosamente, no estaba en el futuro, sino en un retorno al pasado.

Una de las características de lo maravilloso era el hecho de ser producido por fuerzas o seres sobrenaturales. Así, este universo estaba poblado de gigantes y enanos, hadas, y hombres y mujeres con… pequeños detalles de presentación (Berthe, de grandes pies; Henno, de grandes dientes, etc.) y hasta verdaderos monstruos humanos. Otros eran medio humanos y medio animales, como las melusinas (hadas-serpientes) y las sirenas, los lobizones, el grifo (bicho mitad águila, mitad león), los autómatas o ¿robots?.

Por ejemplo, esta historia de principios del siglo XIII, escrita por Gervasio de Tilbury. Contaba Gervasio que en las ciudades del francés valle del Ródano había seres maléficos, los dracos, que atacaban a los niños pequeños. Se introducían en las casas aunque las puertas estuvieran cerradas, arrebataban a los bebés de sus cunas y los llevaban a las calles y a las plazas, donde aparecían a la mañana siguiente. Pero lo más escalofriante era que los dracos no dejaban rastro alguno. Hacían lo suyo y nadie lo notaba, hasta que era demasiado tarde.

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¿Hooligans en la Edad Media?

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En la Edad Media, el fútbol ya existía en Inglaterra. Era un juego rural entre pueblos rivales, sin límites de jugadores o tiempo. Imagínense el desbarajuste de señores sudorosos –muchos y muy sudorosos, teniendo en cuenta los inexistentes hábitos higiénicos de la época-, y además jugándose el honor de la gloriosa aldea de Curlyville contra los innobles pelafustanes de Mustache-on-the-mud. En 1314, el rey Eduardo II tuvo que prohibirlo porque temía que las trifulcas que se producían durante los partidos alteraran gravemente el orden público y e incitaran a los jugadores a ¡traicionar a la corona!

De todos modos, hay que decir que nada de lo que los reyes intentaron para reprimir los ardores futbolísticos de los rústicos ingleses evitó que se convirtiera en el deporte popular por antonomasia y, desde luego, tampoco colaboró en que fuera menos violento.

[Si querés saber más sobre este tema, leé el artículo “Fútbol y violencia: un equipo imbatible”, por el historiador inglés Chris Ealham, publicado por la Revista Ñ, Nº 271, sábado 6 de diciembre de 2008, p. 10 y ss. También podés hacer clic en http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/12/06/_-01816787.htm]

El juicio a la cerda asesina de Falaise

El historiador francés Michel Pastoureau explica, en un libro reciente, que durante la Edad Media se consideraba que los animales eran responsables de sus actos, por lo que podían ser enjuiciados en caso de cometer delitos.
Así le sucedió a la pobre cerda de Falaise, acusada de ¡asesinato! Si no pueden creerlo, lean:


En este maravilloso libro, Pastoureau nos entera de que los animales se han convertido, más o menos recientemente, en un objeto de estudio de los historiadores, como antes lo habían sido para arqueólogos, antropólogos, etnólogos, lingüistas y zoólogos.

En especial, los especialistas en historia medieval llevan en este tema la delantera a sus colegas, acostumbrados como están a investigar temas que desafían los prejuicios de los historiadores “serios” y, sobre todo, porque los documentos medievales que están a su disposición relatan con particular interés las relaciones entre los animales y los hombres, las mujeres y la sociedad de aquella época remota. Han encontrado escritos e imágenes extraordinarias, de gran valor para explicar el origen de los nombres de los lugares, tradiciones populares, proverbios, canciones y hasta maldiciones en los que una y otra vez aparecen animales. Como nunca antes o después, los animales estaban en el centro de la escena.

En una época en la que se enseñoreaba la cultura cristiana, los animales despertaban dos tipos de reacciones aparentemente contrapuestas. De una parte, se enfatizaba la clara oposición entre el animal, imperfecto, impuro, y la criatura humana, cuyo modelo era la imagen de Dios. Pero, al mismo tiempo, algunos autores no dejaban de señalar un vínculo biológico y hasta trascendente entre el hombre y el animal.

Claro que predominaba la primera corriente. Destacar la inferioridad del animal elevaba, por contraste, al hombre. “También –dice Pastoureau- lleva a reprimir con severidad todo comportamiento que pudiese alimentar la confusión entre el ser humano y la especie animal. De allí, por ejemplo, las prohibiciones incesantemente repetidas -pues sin verdadero efecto- de disfrazarse de animal, de imitar el comportamiento animal, de festejar o celebrar al animal y, más aún, de mantener con él relaciones que se juzguen culpables, desde el excesivo afecto hacia determinados individuos domésticos (caballos, perros, halcones) hasta los crímenes más diabólicos e infames, como la brujería o el bestialismo.”

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