Cartelera de Historia
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Extrañas criaturas del Medioevo

Aquello que la gente de la Edad Media llamaba “lo maravilloso” (mirabilia), era un universo de objetos, un conjunto de cosas. Muchas de estas creencias, provenientes de una cultura tradicional o pagana, eran para la Iglesia elementos peligrosos que durante mucho tiempo se procuró destruir u ocultar. A pesar de tales intentos, la fuerza de lo maravilloso fue tal, que terminó por asentarse en la sociedad gótica y luego se diversificó extraordinariamente.
Es importante destacar algunas cuestiones. Lo maravilloso no era como lo extraño, pues mientras éste podía resolverse mediante la reflexión, lo maravilloso siempre conservaba un residuo sobrenatural que sólo podía explicarse en esos mismos términos.
Lo maravilloso tenía países y tenía lugares. Sus lugares “naturales” eran la montaña (sobre todo si era hueca), las fuentes y manantiales, los árboles (como el “árbol de las hadas” de Juana de Arco), las islas afortunadas, o las ínsulas. Un ejemplo de esto es el llamado mundo al revés, el país de Cucaña, del que empezó a hablarse en el siglo XIII. Se trataba de la idea de un paraíso terrestre y de una “Edad de Oro” que, curiosamente, no estaba en el futuro, sino en un retorno al pasado.
Una de las características de lo maravilloso era el hecho de ser producido por fuerzas o seres sobrenaturales. Así, este universo estaba poblado de gigantes y enanos, hadas, y hombres y mujeres con… pequeños detalles de presentación (Berthe, de grandes pies; Henno, de grandes dientes, etc.) y hasta verdaderos monstruos humanos. Otros eran medio humanos y medio animales, como las melusinas (hadas-serpientes) y las sirenas, los lobizones, el grifo (bicho mitad águila, mitad león), los autómatas o ¿robots?.
Por ejemplo, esta historia de principios del siglo XIII, escrita por Gervasio de Tilbury. Contaba Gervasio que en las ciudades del francés valle del Ródano había seres maléficos, los dracos, que atacaban a los niños pequeños. Se introducían en las casas aunque las puertas estuvieran cerradas, arrebataban a los bebés de sus cunas y los llevaban a las calles y a las plazas, donde aparecían a la mañana siguiente. Pero lo más escalofriante era que los dracos no dejaban rastro alguno. Hacían lo suyo y nadie lo notaba, hasta que era demasiado tarde.
¿Hooligans en la Edad Media?

En la Edad Media, el fútbol ya existía en Inglaterra. Era un juego rural entre pueblos rivales, sin límites de jugadores o tiempo. Imagínense el desbarajuste de señores sudorosos –muchos y muy sudorosos, teniendo en cuenta los inexistentes hábitos higiénicos de la época-, y además jugándose el honor de la gloriosa aldea de Curlyville contra los innobles pelafustanes de Mustache-on-the-mud. En 1314, el rey Eduardo II tuvo que prohibirlo porque temía que las trifulcas que se producían durante los partidos alteraran gravemente el orden público y e incitaran a los jugadores a ¡traicionar a la corona!
De todos modos, hay que decir que nada de lo que los reyes intentaron para reprimir los ardores futbolísticos de los rústicos ingleses evitó que se convirtiera en el deporte popular por antonomasia y, desde luego, tampoco colaboró en que fuera menos violento.
[Si querés saber más sobre este tema, leé el artículo “Fútbol y violencia: un equipo imbatible”, por el historiador inglés Chris Ealham, publicado por la Revista Ñ, Nº 271, sábado 6 de diciembre de 2008, p. 10 y ss. También podés hacer clic en http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/12/06/_-01816787.htm]

























