Cartelera de Historia
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Campanas medievales
Septiembre 14, 2009 a 5:35 pm · Archivado en Historia Medieval, Historias mínimas and etiquetado: campanas, El otoño de la Edad Media, Historia Medieval, Historia social, Huizinga

Carnac (Bretagne, France)
En el precioso libro El otoño de la Edad Media, el gran historiador holandés Johan Huizinga recrea para nosotros las formalidades de aquella época extraña y maravillosa. Huizinga explica cómo entonces todas las emociones eran más absolutas: el grado de distancia del dolor a la regocijo parecía mayor, del mismo modo que era más penoso el contraste entre la salud y la enfermedad, y más frío el invierno y más temible la noche oscura -más oscura y silenciosa de un modo que no podemos siquiera imaginar- y el esplendor del hogar del rico cuyos trajes costosos, banquetes y fiestas alegres eran una cruel exhibición para el mendigo, el leproso y el pobre.
Cada acontecimiento de la vida –nacer, morir, pero también un viaje, una visita- era expresado a través de alguna solemnidad que ponía en evidencia cuánto implicaba, qué había detrás y más allá del acto, sugiriendo tanto un misterio divino como una ocasión digna de bendición, ceremonia o cortejo. “Los grandes señores –dice Huizinga- no se ponían jamás en movimiento sin un pomposo despliegue de armas y libreas, infundiendo respeto y envidia. La administración de la justicia, la venta de mercancías, las bodas y los entierros, todo se anunciaba ruidosamente por medio de cortejos, ritos, lamentaciones y música.” Leer el resto de esta entrada »
¡NENE, TOMATE LA MERIENDA! (Glup!)
Junio 22, 2009 a 4:36 pm · Archivado en Historias mínimas and etiquetado: Arte de cocina, Francisco Martínez Montiño, Historia social

El libro Arte de cocina fue escrito en el siglo XVII por el cocinero de su majestad Felipe III de España, el célebre Francisco Martínez Montiño. Allí, éste explica lo que se debía servir a los cortesanos para la merienda. Aquí va un ejemplo de ¡una! de aquellas vianditas o tentempiés que se preparaban en las cocinas de palacio:
“Perniles cocidos
Capones o pavos asados calientes
Pastelones de ternera y pollos y cañas calientes
Empanadas inglesas
Pichones y torreznos asados
Perdices asadas
Bollos maymones o de vacía
Empanadas de gazapos en masa dulce
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Napoleón atormentado por los celos
Junio 18, 2009 a 6:54 pm · Archivado en Historias mínimas and etiquetado: Historia Contemporánea, Napoleón

27 de noviembre de 1796
(A Josefina, su esposa)
“Llego a Milán, me precipito a tu apartamento, lo he abandonado todo para verte, estrecharte en mis brazos; tú no estabas; recorres las ciudades asistiendo a fiestas; te alejas de mí cuando llego, ya no te preocupas por tu querido Napoleón. Un capricho te hizo amarlo, la inconstancia te lo vuelve indiferente. Estaré aquí hasta el día 29 entero. No te molestes, corre a tus placeres, la felicidad está hecha para ti. El mundo entero es feliz si puede complacerte, y sólo tu marido es muy, muy desdichado. ¡Ah, Josefina, Josefina!”
La “famiglia unita” en el Buenos Aires de la Revolución
Mayo 29, 2009 a 5:21 pm · Archivado en Historia Argentina, Historias mínimas, Todo tiempo pasado ¿fue mejor? and etiquetado: Historia Argentina, Historia social, Siglo XIX
Desde la mirada del siglo XXI, vivir en Buenos Aires a comienzos del 1800 podía ser duro y desagradable, aún cuando se perteneciera a la élite local. Pensemos: la idea de la intimidad, de la soledad introspectiva -la sana individualidad, en fin, era prácticamente un imposible.
Es que la familia extensa (es decir: una constelación de parientes pobres y otros agregados tales como esclavos, empleados varios, “huéspedes” que se tornaban permanentes) era el modelo imperante entre los hogares de pro, de modo tal que la persona crecía rodeada de una parentela nutrida y de variadas categorías. En aquellas casonas de la sociedad porteña solía reinar la confusión y las barreras de clase eran saltadas sin elegancia por unos convidados irreverentes y abusivos.
Desde el fondo de los tiempos, nos llega la voz -que adivinamos atribulada- del que sería ministro de Rosas, Felipe Arana, que escribió a su suegro y socio, Francisco Antonio de Beláustegui: “(…) ya se cuentan en nuestra familia dieciocho huéspedes entre amos y esclavos, y en ocasiones se aumenta este número con tal insolencia que llega a noticia de mi señora Da. Melchora cuando nos sentamos a la mesa porque mi primo Juan Antonio en sus viajes de Montevideo se arroga la licencia de hospedar a cuántos quiere y entre ellos algunos muy poco dignos de hombrearse con nosotros ya por su poca educación, ya por su demasiada liviandad sin distinguir las gentes con que tratan, ni la casa en que viven, tanto más notable que la localidad de la casa hace público cualquier irregular manejo y proceder, y aunque yo con modos indirectos se los he increpado a ellos mismos, su ningún pudor los ha hecho indiferentes a mis insinuaciones (…). Mientras tanto los niños, incluso Pancho, viviendo con la criada Luisa en una pieza reducida hasta el número de siete, están expuestos a peligrosas enfermedades por el aire infestado que precisamente respiran cuando están en sus camas.”
Si te interesa el tema, podés leer más en: Jorge Myers, Una revolución en las costumbres: las nuevas formas de sociabilidad de la elite porteña, 1800-1860. En: Fernando Devoto y Marta Madero (Dir.), Historia de la vida privada en la Argentina. Tomo 1. País Antiguo. De la colonia a 1870. Buenos Aires, Taurus, 1999.
¡Pobres niños espartanos! (o la triste historia de los pichones de “300”)
Abril 6, 2009 a 7:16 pm · Archivado en Historia antigua, Historias mínimas, Todo tiempo pasado ¿fue mejor? and etiquetado: educación, Esparta, Grecia, Historia antigua, Historia social, Licurgo, niñez, Pericles, Robert Flaceliere
Tierna historia contada a los niños espartanos: “Había una vez un niñito espartano que encontró un zorrillo. Para evitar que los mayores lo retaran por tomarlo, la tierna criatura lo escondió bajo su manto. No quería que lo descubrieran, así que soportó que el bicho le desgarrara la barriga hasta la muerte, antes que admitir su falta. Eso es valor.” Tomá.
Muchos saben que los espartanos eran viriles guerreros poseedores de un valor de leyenda. Pero para alcanzar tales cumbres de rudeza y coraje, era necesaria una educación tan dura como las mortales espadas que solían empuñar. Claro que, a veces, se les iba la mano y caminaban al filo del ridículo.























