Cartelera de Historia
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Anarquistas en Buenos Aires: represión y expulsión

Asamblea de cigarreros toscanos. Fuente: Historia Integral de la Argentina, Tomo III, p. 1325
El periódico La voz de la Iglesia publicó en 1893 algunas noticias sueltas sobre las actividades de los anarquistas: ‘Los anarquistas. La policía continúa su campaña contra estos señores que han repartido con gran profusión pasquines incendiarios.
Expulsión de anarquistas. El ministro del Interior hizo saber al jefe de policía que el presidente de la República había resuelto que a los anarquistas detenidos en el Departamento se les diera el plazo de 48 horas para que salieran del país o en caso contrario continuarían detenidos. Leer el resto de esta entrada »
Caretas y falsos ricos de antaño. La mirada sarcástica de Fray Mocho

Por unas décadas a caballo entre los siglos XIX y el XX, la Argentina entera se convirtió en un experimento inédito e impredecible, y Buenos Aires –siempre Buenos Aires- era su criatura más fascinante y temible, el producto metamórfico de aquella aventurada empresa. Ante los ojos aturdidos de los espectadores, en la ciudad brotaban pretenciosos palacios de perfiles foráneos, jardines y paseos habitados por especies exóticas (y también edificios sencillos de clase media y atestadas, insufribles viviendas populares de alquiler); se tendían redes de aguas corrientes, cloacas, electricidad, teléfonos; se erigían suntuosos e innovadores hospitales, teatros, cafés, restaurantes, algunos clubes sofisticados y otros menos selectos; se abrían calles pavimentadas y avenidas señoriales transitadas por insólitos vehículos veloces (y malhechores de toda laya, comerciantes clamorosos, individuos raros de otras latitudes, niños sin hogar).
De ese modo, aquella remota aldea huérfana de riquezas imperiales, modesta a la fuerza, dejó su sencillez, su pampeana monotonía y fue engendrando barrios, tipos sociales, códigos urbanos, complejidades modernas.
Francis Korn ha escrito: “De alguna manera, Buenos Aires comenzó en 1895.” En ese año, la apertura de la Avenida de Mayo se convirtió en el alumbramiento simbólico de la Buenos Aires contemporánea, vertiginosa y babélica.
A aquella prodigiosa ciudad había llegado, hacia fines de la presidencia de Avellaneda, un entrerriano inquieto de mediocre fortuna y con aspiraciones de cronista: José Álvarez, Fray Mocho. Aquel muchacho versátil que ya había tentado el periodismo en fugaces periódicos satíricos o políticos, consiguió de inmediato algunos empleos mal pagos como repórter.
Fray Mocho fue un fino observador y crítico de tipos y costumbres, agudo transcriptor de lenguajes, fotógrafo de un tiempo que se iba y de otro que llegaba, arrasando.
Cuando en octubre de 1898 apareció la notable Caras y Caretas, Álvarez formó parte de lo que se consideró una verdadera revolución tipográfica, publicitaria y literaria. Aquella publicación representaba cabalmente el espíritu de la época: popular, de diseño atractivo, moderno y artístico, humorística, visual y crítica, literaria y actual.
En esa sociedad presuntuosa de fin de siglo, los ricos querían pasar por príncipes y las clases medias por patricias. Quienes podían intercambiaban favores con los políticos a cambio de pensiones, votos o puestos en la administración del Estado. Los parámetros sociales habían cambiado dramáticamente. El terremoto demográfico de la inmigración llevó a una rivalidad despiadada por las mejores ubicaciones en la escala social. Muchos vivían de la falsificación y el fraude. Leopoldo Lugones criticaba el éxito del arte falsificado entre los ignorantes e inseguros nouveaux riches, cuya afición por las copias de obras de arte famosas había creado un auténtico mercado.
Las élites -celosas beneficiarias del sistema político impuesto y de la economía agropecuaria-, se cerraron sobre sí mismas, reivindicaron la gloria excepcional de sus ancestros y proclamaron la finura inalcanzable de sus hábitos. Escapando al temible revoltijo, fueron desplazándose hacia el norte de la ciudad y mientras se alejaban de los lugares que ya no los representaban, erigían las monumentales residencias que los elevaban a las cimas inabordables de sus privilegios. (Blanco principal de todas las prevenciones eran los nuevos ricos, arribistas que intentaban infiltrar aquel áureo patriciado esgrimiendo pedigríes ilegítimos. Los torpes amaneramientos –guaranguerías- de los muchachos vulgares no hacían más que revelar su linaje tosco.) Leer el resto de esta entrada »
C.S.I. en Argentina, 1892
El 30 de junio de 1892, dos niñitos fueron encontrados asesinados en sus camas en la pequeña ciudad bonaerense de Necochea. El dolor imposible de su madre, una mujer pobre llamada Francisca Rojas, despertó de inmediato la piedad de las autoridades y de toda la sociedad pueblerina.
Los días pasaban, y la investigación no daba resultados. La madre acusaba a un vecino, Ramón Velázquez, pero éste, a pesar de haber sido torturado por la policía, se negaba a confesar. El misterio acosaba al detective a cargo del caso, Eduardo Alvarez.
Mientras repasaba la escena del crimen, Alvarez notó un par de huellas digitales impresas en sangre y no dudó que debía pertenecer al verdadero asesino. Entonces llevó al acusado Velázquez y a la señora Rojas a la capital de la provincia, La Plata, donde el jefe de Policía Nunes había instalado desde hacía muy poco una Oficina Antropométrica. Allí trabajaba el inmigrante croata Juan Vucetich, encargado del área de Estadística.
“En la cuarta circunscripción electoral, que comprendía el barrio obrero de La Boca, fue donde tuvo más intensidad la campaña electoral.






























