La pérdida de la privacidad

El profesor italiano explora el concepto de límite desde el fondo de la historia a la era de internet. El fenómeno del exhibicionismo.

 

Por Umberto Eco

 

El primer efecto de la globalización de la comunicación por internet ha sido la crisis de la noción de límite. El concepto de límite es tan antiguo como la especie humana, incluso como todas las especies animales. La etología nos enseña que hay a su alrededor y en torno a sus semejantes una burbuja de respeto, un área territorial dentro de la cual se sienten seguros, y reconocen como adversario al que sobrepasa dicho límite. La antropología cultural nos ha demostrado que esta burbuja varía según las culturas, y que la proximidad del interlocutor, que para unos pueblos es expresión de confianza, para otros es una intrusión y una agresión.

En el caso de los humanos, esta zona de protección se ha extendido del individuo a la comunidad. El límite —de la ciudad, de la región, del reino— siempre se ha considerado una especie de ampliación colectiva de las burbujas de protección individual. Téngase en cuenta hasta qué punto la mentalidad latina estaba obsesionada por el límite que basó su mito fundacional en una violación del territorio: Rómulo traza una frontera y mata al hermano porque no la respeta.

Julio César, al pasar el Rubicón, es preso de la misma angustia que quizá embargó a Remo antes de violar el límite marcado por su hermano. Sabe que al cruzar aquel río invadirá con las armas el territorio romano. Que luego cierre filas en Rímini, como hace al principio, o marche sobre Roma es irrelevante: el sacrilegio se comete al cruzar el límite y es irreversible. La suerte está echada. Los griegos conocían el confín de la polis, y dicho confín lo marcaba el uso de la misma lengua, o de sus distintos dialectos. Los bárbaros comenzaban allí donde ya no se hablaba griego.

A veces la noción de límite (político) ha sido tan obsesiva que ha llevado a erigir un muro dentro de la propia ciudad, para establecer quién estaba de un lado y quién del otro. Y, al menos los alemanes del Este, al cruzar el límite se exponían a sufrir el mismo castigo que sufrió el mítico Remo. El ejemplo de Berlín Este nos demuestra básicamente algo que en realidad siempre ha caracterizado a toda frontera. El límite no solo protege a la comunidad de un ataque de los de fuera, sino también de su mirada. Los muros y la barrera lingüística pueden servir para que un régimen despótico mantenga a sus súbditos en la ignorancia de lo que sucede fuera de ellos, pero en general garantizan a los ciudadanos que los posibles intrusos no tengan conocimiento de sus costumbres, de sus riquezas, de sus inventos, de sus sistemas de cultivo. La gran muralla china no solo defendía de las invasiones a los súbditos del Imperio Celeste, sino que garantizaba, además, el secreto de la producción de la seda.

Los súbditos, por su parte, siempre han pagado esta privacidad social aceptando la pérdida de la privacidad individual. Inquisiciones de distinta especie, laicas o religiosas, tenían derecho a vigilar los comportamientos y a menudo hasta los pensamientos de sus súbditos,por no hablar de las leyes aduaneras y fiscales, por medio de las cuales siempre se ha considerado justo que el Estado tuviera conocimiento de la riqueza privada de los ciudadanos.

Con internet, lo que entrará poco a poco en crisis es la propia definición de Estado nacional. Internet no es solo el instrumento que permite establecer chat lines internacionales y multilingües. De hecho, hoy día una ciudad de Pomerania puede hermanarse con una población de Extremadura, encontrando intereses comunes on line y comerciando al margen de las autopistas que todavía cruzan fronteras.

Actualmente, en medio de una oleada migratoria imparable, es cada vez más fácil para una comunidad musulmana de Roma establecer vínculos con una comunidad musulmana de Berlín.

No obstante, esta desaparición de las fronteras ha provocado dos fenómenos opuestos. Por un lado, ya no hay comunidad nacional que pueda impedir a sus ciudadanos que sepan lo que sucede en otros países, y pronto será imposible impedir que el súbdito de cualquier dictadura conozca en tiempo real lo que ocurre en otros lugares. Por otro lado, el severo control que los estados ejercían sobre las actividades de los ciudadanos ha pasado a otros centros de poder que están técnicamente preparados (aunque no siempre con medios legales) para saber a quién hemos escrito, qué hemos comprado, qué viajes hemos hecho, cuáles son nuestras curiosidades enciclopédicas y hasta nuestras preferencias sexuales. […] El gran problema del ciudadano celoso de su vida privada no es defenderse de los hackers, no más frecuentes ni peligrosos que los salteadores de caminos de antaño que podían robar al comerciante viajero, sino de las cookies, y de todas esas otras maravillas tecnológicas que permiten recoger información sobre cada uno de nosotros.

Un reciente programa de televisión está convenciendo al público de todo el mundo de que la situación del Gran Hermano se produce cuando algunos individuos deciden (por un libre aunque deplorable acto de libertad) dejarse espiar por las multitudes, que están encantadas de espiar. Pero este no es el Big Brother del que hablaba Orwell. El Big Brother orwelliano lo crea una nomenklatura restringida que espía todos los actos personales de cada uno de los miembros de la masa, en contra de los deseos de cada individuo. El Big Brother orwelliano no es la televisión, donde millones de voyeurs miran a un solo exhibicionista. Es el panóptico de Bentham, donde muchos vigilantes observan, no observados ni observables, a un solo condenado. Pero si en el relato orwelliano el Gran Hermano era una alegoría del Padrecito estalinista, el Big Brother que hoy nos observa no tiene rostro ni es uno: es el conjunto de la economía global. Como el Poder de Foucault, no es una entidad reconocible, es el conjunto de una serie de centros que aceptan el juego, se apoyan mutuamente hasta el punto de que, el que por un centro de poder espía a los otros que compran en un supermercado será a su vez espiado cuando paga el hotel con la tarjeta de crédito. Cuando el Poder ya no tiene rostro, se vuelve invencible. O al menos resulta difícil de controlar.

Volvamos a las raíces mismas del concepto de privacidad. En mi ciudad natal se representa todos los años Gelindo, una comedia cómicoreligiosa, que se desarrolla entre los pastores de Belén en la época del nacimiento de Jesús, pero que a la vez parece que sucede en mi tierra, entre campesinos de los pueblos cercanos a Alessandria. De hecho, está hablada en dialecto, y juega con equívocos lingüísticos de gran comicidad, porque los personajes dicen que para llegar a Belén tienen que atravesar el río Tanaro, que obviamente se encuentra en la región, o bien atribuyen al malvado Herodes leyes y reglamentos de nuestros gobiernos actuales. En cuanto a los personajes, la comedia representa con obtusa vivacidad el carácter de los piamonteses, que, por tradición, son muy cerrados, celosos de su vida privada y de sus sentimientos.

En un momento determinado aparecen los Reyes Magos, que se encuentran con Maffeo, uno de los pastores, y le preguntan cuál es el camino para ir a Belén. El pastor, viejo y un poco lerdo, responde que no lo sabe y les invita a dirigirse a su patrón Gelindo, que está a punto de llegar. En ese momento llega Gelindo, se encuentra con los Reyes Magos y uno de ellos le pregunta si él es Gelindo. No tiene interés para el caso el diálogo que mantienen Gelindo y los Magos, sino lo que ocurre después, cuando Gelindo pregunta a sus pastores cómo es que aquel extranjero sabe su nombre, y Maffeo admite que se lo ha dicho él. Gelindo se enfurece y amenaza con golpearlo con el bastón porque, según dice, el nombre de una persona no debe ponerse en circulación como si fuese moneda de cambio. El nombre es una propiedad privada, y al hacerlo público se le quita al portador una parte de su privacidad. Gelindo no podía conocer la palabra «privacidad», pero era justamente ese valor el que estaba defendiendo. Si hubiese poseído un léxico más amplio, nos habría dicho que estaba manifestando cautela o reserva o discreción, o bien que estaba defendiendo su intimidad.

Obsérvese que la defensa del nombre no es solamente una costumbre arcaica. Durante las asambleas del 68, los estudiantes que se ponían en pie se presentaban como Pablo, Marcelo, Iván, no con su nombre y apellidos. Puede que entonces estuviera justificado por temor a que hubiera un agente de policía y anotara los nombres de los autores de las distintas intervenciones; pero la mayoría de las veces se trataba de una costumbre, inspirada en el modelo de los partisanos que, para evitar represalias a su familia, eran conocidos solo por su sobrenombre. No obstante, sigue existiendo un oscuro deseo de proteger la identidad en las personas que llaman por teléfono a los programas de televisión o de radio, a veces para expresar opiniones muy lícitas, o para responder en un concurso. Posiblemente una vergüenza instintiva (que se ha convertido ya en un hábito alentado por los presentadores) les induce a presentarse como Marcella de Pavía, Agata de Roma, Spiridione de Termoli.

En ocasiones, la defensa de la identidad tiene algo de temor, de incapacidad para asumir la responsabilidad de los propios actos, de modo que llegamos a envidiar a los países en que, cuando alguien se presenta en público, lo primero que hace es dar su nombre y apellidos.

Si bien puede resultar extraña y escasamente justificada la defensa de la identidad onomástica, desde luego no lo es la de la vida privada, en virtud de la cual —y por tradición ancestral— no solo se lavan en familia los trapos sucios sino también los limpios, y alguien puede desear no dar a conocer su edad, sus enfermedades o sus rentas, a menos que deba rendir cuentas por ley.

¿Quiénes son los que exigen la defensa de la discreción? Por supuesto, los que pretenden mantener secretas las transacciones comerciales, los que no quieren ver violada su correspondencia personal y los que recogen datos de investigación que no quieren hacer públicos todavía. Todo esto lo sabemos muy bien, y se elaboran leyes para proteger a quienes invocan el derecho a la privacidad. Pero ¿cuántos son los que invocan este derecho? Creo que una de las grandes tragedias de la sociedad de masas, la sociedad de la prensa, de la televisión y de internet, es la renuncia voluntaria a la privacidad.

La máxima renuncia a la privacidad (y, por tanto, a la discreción, incluso al pudor) es —en el límite de lo patológico— el exhibicionismo.

Ahora bien, me parece paradójico que alguien tenga que luchar por la defensa de la privacidad en una sociedad de exhibicionistas.

Una de las tragedias sociales de nuestro tiempo ha sido sobre todo la transformación de esa válvula de escape, bastante útil, que era el cotilleo.

El cotilleo clásico, el que se hacía en el pueblo, en la portería o en la taberna, era un elemento de cohesión social. El cotilleo nunca se refería a personas sanas, afortunadas y felices, sino que versaba sobre defectos, errores o desgracias ajenas. No obstante, con ello los cotillas participaban en cierto modo en las desgracias de sus víctimas (porque el cotilleo no siempre implica desprecio, también puede inducir a compasión). Aunque solo funcionaba si las víctimas no estaban presentes e ignoraban su condición de tales (de modo que podían salvar las apariencias haciendo ver que no lo sabían). Cuando la víctima se enteraba del cotilleo y ya no podía fingir que lo ignoraba, armaba una escandalera («Lengua de víbora, ya sé que vas diciendo…»).

Tras la escandalera, el rumor se hacía público. La víctima se exponía al ridículo, o a la condena social, y los verdugos ya no tenían materia para el cotilleo. Por lo tanto, para que el valor de válvula de escape social del cotilleo se mantuviese intacto, todos, verdugos y víctimas, tenían interés en actuar con la mayor discreción posible y en mantener una parte de secreto.

La primera aparición de lo que llamaremos un cotilleo moderno se produjo con la prensa. Antes había publicaciones especializadas que se dedicaban a cotillear acerca de personas que, debido a su trabajo (actores y actrices, cantantes, monarcas en el exilio, playboys), se exponían voluntariamente a la observación de fotógrafos y cronistas.

El juego era tan claro que los lectores sabían bien que, si tal actor era visto en un restaurante junto a tal actriz, eso no significaba que hubiese surgido necesariamente entre ambos una «afectuosa amistad», sino que quizá todo había sido planificado por sus gabinetes de prensa.

Pero los lectores de estas publicaciones no pedían la verdad, lo único que pedían era justamente entretenimiento.

Para hacer frente, por un lado, a la competencia de la televisión y, por el otro, a la exigencia de llenar un buen número de páginas que le permitieran vivir de la publicidad, la prensa seria, incluida la diaria, también tuvo que ocuparse cada vez más de acontecimientos sociales y de costumbres, de variedades, de cotilleos y, sobre todo, a falta de noticias, se vio obligada a inventarlas. Inventar una noticia no significa informar de un acontecimiento que no se ha producido, sino convertir en noticia aquello que antes no lo era: la frase que se le escapa a un político de vacaciones, los acontecimientos del mundo del espectáculo. De modo que el cotilleo se convirtió en materia de información generalizada y penetró incluso en interioridades, que antes eran patrimonio exclusivo del control curioso de la crónica rosa, sobre monarcas reinantes, líderes políticos y religiosos, presidentes de la república, científicos.

En esta primera fase de transformación, el cotilleo, que antes se susurraba, comenzó a gritarse, y llegó a las víctimas, a los verdugos y a personas que en el fondo no tenían ningún interés en él. Perdió la fascinación y la fuerza del secreto. Pero creó, en cambio, una nueva imagen de la víctima: ya no era una persona a la que compadecer, porque se había convertido en víctima precisamente por ser famosa. Ser objeto de cotilleo (público) se fue convirtiendo en signo de estatus social.

Se pasó a una segunda fase cuando la televisión comenzó a crear programas en los que ya no eran los verdugos los que cotilleaban acerca de las víctimas, sino las víctimas las que se prestaban encantadas a cotillear acerca de sí mismas, deseosas de conquistar así el mismo estatus social que el actor o el político. En el cotilleo televisivo nunca se habla mal de alguien que no está presente: es la víctima la que cotillea hablando de sus propias intimidades. Las personas objeto del cotilleo son las primeras en enterarse, y todo el mundo sabe que lo saben. Ya no son víctimas de ninguna murmuración. Ya no hay secreto. Tampoco es posible ensañarse con las víctimas, porque han tenido el valor de convertirse en verdugos de sí mismas poniendo al descubierto sus debilidades, ni se las puede compadecer, porque de su confesión han obtenido un beneficio envidiable: la exposición pública. El cotilleo ha perdido, por tanto, su naturaleza de válvula de escape social para convertirse en exhibición inútil.

No hacía falta esperar a programas como Gran Hermano, que condena justamente al voyeurismo nacional a personajes que, por la decisión misma que han tomado, figuran ya en la lista de quienes necesitan asistencia de un psicólogo, como está públicamente atestiguado.

Mucho tiempo atrás, y sin que nadie los considerara psicológicamente inestables, ya habían aparecido ante las cámaras personajes que discutían con la suegra, suplicaban desesperadamente al amado o a la amada que les había abandonado, se abofeteaban en público o representaban casos de divorcio en los que se analizaban despiadadamente las incapacidades sexuales personales.

Si tiempo atrás la vida privada era tan secreta que el secreto de los secretos era por definición el del confesor, ahora lo que se ha tergiversado es la noción de confesionario. Pero todavía hay algo peor. Puesto que mediante la exhibición de la vergonzosa intimidad, hombres y mujeres corrientes, por una parte, divertían al público y, por la otra, satisfacían su necesidad de ser vistos, se condenó también a la exposición pública al que antes llamábamos el tonto del pueblo y que ahora —con un eufemismo de sabor bíblico, y por respeto a su desgracia— llamaré el insipiente del pueblo.

El insipiente del pueblo de antes era aquel individuo que, poco dotado por la madre naturaleza tanto en sentido físico como intelectual, frecuentaba la taberna del pueblo, donde sus crueles paisanos le pagaban la bebida para que se emborrachara y se comportara de forma impropia y vergonzosa. Obsérvese que en esos pueblos el insipiente tenía una vaga idea de que lo estaban tratando de insipiente, pero aceptaba el juego porque era una manera de que le pagaran la bebida, y porque cierto deseo de exhibicionismo formaba parte de su ignorancia.

El insipiente moderno de la aldea global televisiva no es una persona de tipo medio, como el marido que aparece en la pantalla acusando de infidelidad a su mujer. Está por debajo de la media. Se le invita a los talk show, a los concursos, precisamente porque es insipiente. El insipiente televisivo no es necesariamente un retrasado.

Puede ser un extravagante (como el descubridor del Arca Perdida, o el inventor de un nuevo sistema para el movimiento perpetuo, que durante años ha llamado en vano a todas las puertas de los periódicos o de todas las oficinas de patentes, y finalmente encuentra a alguien que lo toma en serio); puede ser incluso un escritor dominguero rechazado por todos los editores que ha comprendido que, en vez de obstinarse en escribir una obra maestra, puede triunfar bajándose los pantalones delante de las cámaras y diciendo palabrotas en el transcurso de un debate cultural; puede ser la marisabidilla de provincias que por fin se siente escuchada mientras pronuncia palabras difíciles y explica que ha tenido experiencias extrasensoriales.

Antes, cuando los amigos de la taberna se habían pasado de la raya con el insipiente del pueblo incitándolo a exhibiciones inaceptables, intervenían el alcalde, el farmacéutico o un amigo de la familia, que cogían al infeliz por el brazo y lo acompañaban a casa. En cambio, nadie acompaña a casa ni protege al insipiente de la aldea global televisiva, cuya función resulta similar a la del gladiador, condenado a muerte para complacer al populacho. La sociedad, que protege al suicida de su trágica decisión o al drogadicto del deseo que lo llevará a la muerte, no protege en cambio al insipiente televisivo sino que lo anima, como antes animaba a los enanos y a las mujeres barbudas a exhibirse en los parques de atracciones.

Es evidente que se trata de un crimen, pero no es la protección del insipiente lo que me preocupa (aunque sí deberían ocuparse de ello las autoridades competentes, puesto que se trata de inducción de un incapaz al delito), sino el hecho de que, una vez ensalzado por su aparición en la pantalla, el insipiente se convierte en modelo universal.

Si se ha de exhibir él, cualquiera puede hacerlo. La exibición del insipiente convence al público de que nada, ni siquiera la desgracia más vergonzosa, tiene derecho a permanecer oculto, y que exhibir la propia deformidad recompensa. La dinámica de la audiencia hace que en cuanto el insipiente aparece ante las cámaras, se convierta en un insipiente famoso, y esta fama se mide en contratos publicitarios, invitaciones a reuniones y fiestas, a veces incluso en ofertas de prestaciones sexuales (por otra parte,Victor Hugo nos había enseñado que una mujer hermosa puede enloquecer por el Hombre que Ríe). En definitiva, se deforma el concepto mismo de deformidad y todo se vuelve bello, incluso la malformación, con tal de que sea llevada a la gloria de la telepantalla.

¿Recuerdan la Biblia? Dixit insipiens in corde suo: Deus non est. El insipiente televisivo afirma con orgullo: Ego sum.

Un fenómeno análogo se está produciendo también en internet.

Tras haber explorado muchas home page, se llega a la conclusión de que a menudo la creación de una página obedece tan solo al deseo de exhibir la propia normalidad, o más bien anormalidad, sórdida.

 

 

Revista Noticias, N° 1619

 

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