Usos y abusos de la patria

Las acciones humanas, motor principal de la Historia, están motivadas por un alto contenido emocional. No se trata entonces de descartar los sentimientos, sino de estar atentos a la forma en que éstos influyen sobre la razón, la política y la ideología.

 

 

Federico Lorenz HISTORIADOR

 

En 1817, un niño de ocho años presenció un funeral militar: “Es sorprendente —escribió ya anciano— lo claro que veo aún el caballo con las botas vacías, la carabina del soldado colgando de la silla de montar y las salvas sobre la tumba. Esta escena despertó profundamente toda la fantasía poética que había en mí”. En la sorpresa de Charles Darwin ante la fuerza de su recuerdo, aparece el alto componente emotivo de muchas de nuestras conductas.
En esa fantasía poética están algunos de los motivos que precipitaron y precipitan las acciones humanas, materia prima de la Historia. Ese irreductible espacio está alimentado por las tradiciones y por la apelación a sentimientos y pertenencias construidos durante siglos. Se trata de figuras latentes que reviven una y otra vez y bajo signos diferentes y hasta opuestos.
No es banal prestar atención a la apelación a estos elementos en el
actual contexto mundial, caracterizado por explicaciones simplistas de una realidad compleja
. Tampoco en el plano local, si tenemos en cuenta las quejas por el vacío de contenidos de la reciente campaña electoral porteña —la apelación a las “convicciones” sin definirlas— o la puja por la presidencia.
En un libro reciente, el historiador británico Paul Cartledge nos ofrece un minucioso estudio acerca de la batalla de Termópilas, el combate heroico que en agosto de 480 AC libraron un reducido número de guerreros espartanos y algunos aliados encabezados por el rey Leónidas contra el imperio persa. Al leerlo, la imagen del niño Darwin viendo las botas del dragón regresa de inmediato a la mente. Hay mucha fantasía poética en el sacrificio del rey y sus hoplitas en ese desfiladero; tanta como belleza en los versos de Simónides que lo evocan: “Caminante, ve a Esparta y di a los espartanos/ que aquí yacemos por obedecer sus leyes”.
Para Cartledge, la matriz conceptual que exaltó el sacrificio por la patria como el máximo deber de un ciudadano tuvo su cuna en Termópilas. Las matanzas del siglo XX no parecen haber reducido la eficacia simbólica de estas imágenes, y por eso el análisis que Cartledge hace de la instalación del mito de las Termópilas desde la Revolución Francesa hasta nuestros días es brillante. En Occidente, un hilo invisible une a esos guerreros con el argentino Falucho.
Pero subyace en él la voluntad de trazar otro linealidad: aquella que define a esa batalla como el primer episodio decisivo de un milenario enfrentamiento entre Occidente y Oriente. De allí que Cartledge diferencia el “suicidio homicida” del terrorismo islámico, que no se realiza “en nombre de ningún organismo estatal o gubernamental legítimo” del sacrificio espartano, motivado por “una entrega y una lealtad totales al bien y a los dictados del Estado (…) así como el convencimiento de que el enemigo encarna, de un modo u otro, una fuerza maléfica hasta lo sumo, contra lo cual se hace por entero legítimo, y en efecto heroico, recurrir a tácticas desesperadas, incluido el sacrificio supremo de la propia vida”.
Si bien afirma que habría escrito lo mismo aunque no hubiera sufrido esa pérdida, no es menor el hecho de que el autor dedique Termópilas a su hermana, muerta en los atentados de Londres de julio de 2005.
Frente al horror y al “asesinato homicida” que no avala ningún Estado, la bella imagen del sacrificio por la polis (Occidente). El niño de ocho años frente a las botas vacías versión tercer milenio. Un modelo cultural de Occidente releído en la clave de la lucha contra el mal.
No se trata de descalificar el poder galvánico de los símbolos patrióticos, sino de estar alerta a sus utilizaciones. No debe descuidarse su eficacia.
En 1941 George Orwell, un intelectual en las antípodas del nacionalismo, sostuvo sin embargo que “la energía que da hoy forma al mundo surge de las emociones” y fulminó tanto a los intelectuales liberales que las “describen mecánicamente como anacronismos” como a los intelectuales de izquierda, cuyo “principal propósito fue romper ese sentimiento”. De no ser por la apelación a esas emociones “atávicas”, escribió el autor de 1984, “estaríamos viendo a las patrullas de las SS por las calles de Londres”.
Aunque hoy no patrullan los nazis, análisis como el de Cartledge pueden transformar un heroico símbolo republicano en la justificación de la opresión en nombre de la libertad; convertir la fuerza poética de un recuerdo infantil en la mueca macabra de una tangible pesadilla.

 

 

La Nación, 27-8-2006

 

 

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