El juicio a la cerda asesina de Falaise

El historiador francés Michel Pastoureau explica, en un libro reciente, que durante la Edad Media se consideraba que los animales eran responsables de sus actos, por lo que podían ser enjuiciados en caso de cometer delitos.
Así le sucedió a la pobre cerda de Falaise, acusada de ¡asesinato! Si no pueden creerlo, lean:


En este maravilloso libro, Pastoureau nos entera de que los animales se han convertido, más o menos recientemente, en un objeto de estudio de los historiadores, como antes lo habían sido para arqueólogos, antropólogos, etnólogos, lingüistas y zoólogos.

En especial, los especialistas en historia medieval llevan en este tema la delantera a sus colegas, acostumbrados como están a investigar temas que desafían los prejuicios de los historiadores “serios” y, sobre todo, porque los documentos medievales que están a su disposición relatan con particular interés las relaciones entre los animales y los hombres, las mujeres y la sociedad de aquella época remota. Han encontrado escritos e imágenes extraordinarias, de gran valor para explicar el origen de los nombres de los lugares, tradiciones populares, proverbios, canciones y hasta maldiciones en los que una y otra vez aparecen animales. Como nunca antes o después, los animales estaban en el centro de la escena.

En una época en la que se enseñoreaba la cultura cristiana, los animales despertaban dos tipos de reacciones aparentemente contrapuestas. De una parte, se enfatizaba la clara oposición entre el animal, imperfecto, impuro, y la criatura humana, cuyo modelo era la imagen de Dios. Pero, al mismo tiempo, algunos autores no dejaban de señalar un vínculo biológico y hasta trascendente entre el hombre y el animal.

Claro que predominaba la primera corriente. Destacar la inferioridad del animal elevaba, por contraste, al hombre. “También –dice Pastoureau- lleva a reprimir con severidad todo comportamiento que pudiese alimentar la confusión entre el ser humano y la especie animal. De allí, por ejemplo, las prohibiciones incesantemente repetidas -pues sin verdadero efecto- de disfrazarse de animal, de imitar el comportamiento animal, de festejar o celebrar al animal y, más aún, de mantener con él relaciones que se juzguen culpables, desde el excesivo afecto hacia determinados individuos domésticos (caballos, perros, halcones) hasta los crímenes más diabólicos e infames, como la brujería o el bestialismo.”

La segunda corriente, menos frecuente, implicaba preguntarse si Jesucristo vino realmente a salvar a todas las criaturas y si, entonces, todos los animales eran realmente “hijos de Dios”. ¿No había nacido el Niño en un establo, rodeado de animales? Entonces, para el siglo XIII, en la universidad de la Sorbona se preguntaban si los animales iban al cielo (como todos los perritos), si resucitarían, si habría un cielo especial para ellos… Pero aún más: ¿debían los animales trabajar el domingo, día reservado al Señor? ¿Tenían que hacer ayuno los días que marcaba la Iglesia? ¡Tantas preguntas! Una cosa llevaba a la otra, y claro, terminaron por preguntarse si los animales tenían moral y, por lo tanto,  eran responsables por sus actos. ¡Nadie había pensado en eso hasta entonces!

Bueno, tanto pensar en estas cuestiones llevó a establecer, desde mediados del siglo XIII hasta por lo menos tres siglos después, juicios para aquellos animales acusados de violar las leyes ¡de los hombres!

Pastoreau encontró unas sesenta causas instruidas en Francia entre 1266 y 1586.

Entre ellas, la de la cerda infanticida de Falaise, de 1386, cuyos detalles narra en el libro.

Falaise era una ciudad de Normandía. A comienzos de 1386 una cerda de unos tres años fue disfrazada con ropas de hombre y llevada por una yegua desde la plaza del castillo local hasta una feria donde se había instalado un cadalso. ¿De qué había sido acusada la infausta cerda? De un crimen horrendo: matar a un bebé. El niñito se llamaba Jean Le Maux y era hijo de un albañil. Durante el juicio, que duró nueve días, se probó que la cerda le había devorado el brazo y parte de la cara, tras lo cual el niño murió. Hay que decir que se le asignó un defensor, aunque no logró que su “clienta” evadiera la terrible pena de recibir las mismas mutilaciones que había infligido a su inocente víctima.

Por suerte la pobre no podía apreciar su ridícula situación, pues la habían vestido con una chaqueta, calzones, calzas en sus patas traseras y guantes en las delanteras.

“Allí, frente a una muchedumbre heterogénea integrada por el vizconde de Falaise y su gente, habitantes de la ciudad, campesinos venidos de los campos de los alrededores y una multitud de cerdos, el verdugo mutiló a la cerda cortándole el morro y practicándole incisiones en un muslo. A continuación, luego de disfrazarla con una suerte de máscara con forma de rostro humano, la colgó por los corvejones traseros de una horca de madera especialmente dispuesta para ese efecto y la abandonó en esa posición hasta que sobrevino su muerte.”

Suponemos que la pobre chancha no tardó mucho en morirse después de semejante carnicería. Pero, ¿querrán creer que, no contentos con eso, se dedicaron a mortificar al cadáver, tras lo cual lo prendieron fuego? Parece que el vizconde de Falaise, Regnaud Rigault, impresionado por los acontecimientos, ordenó más tarde la realización de un gran mural que fue pintado en la iglesia de la Santa Trinidad.

Mientras esperaba el juicio, la porcina fue encarcelada. Pero justo es decir que durante ese tiempo fue alimentada como era debido. Todo el proceso fue bastante costoso: hubo que pagar a su carcelero, al propietario del local que le servía de prisión, al verdugo y a sus asistentes, y también a los carpinteros, albañiles y otros que prepararon el cadalso y los instrumentos de tortura, que después de todo eran gente de trabajo. Los sargentos y los guardias se ocuparon de llevarla desde la prisión hasta su último destino. (Esto es importante para los historiadores, pues todo consta en registros contables que hoy son de gran valor para enterarnos de todo.)

Que fue un acto de gran importancia lo evidencia el hecho de que el mismo vizconde, representante del rey en la región, pronunció la sentencia, presidió la ejecución, y tuvo “la sorprendente idea de invitar a los campesinos a asistir no sólo en familia, sino también acompañados por sus cerdos, a fin de que el espectáculo de la cerda supliciada ‘les sirviese de enseñanza’”. El severo vizconde también ordenó al dueño de la cerda asesina asistir al suplicio, “para avergonzarlo”, y también al papá del bebé, “para castigarlo por no cuidar a su hijo”.

Dicen los documentos que la chancha fue notificada de la sentencia en su calabozo, como si se tratase de un hombre o una mujer.

En Una historia simbólica de la Edad Media (publicado por Editorial Katz).

Nora V. Iglesias

 

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