¿Y si Hitler hubiera ganado la guerra?

“¡Qué tarea nos espera! Tenemos ante nosotros cien años de jubilosa satisfacción.”

Adolf Hitler

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“La Operación Barbarroja comenzó a primeras horas del 22 de junio de 1941 con el rugido de 6.000 cañones. Hacia el final de la mañana, la Luftwaffe había destruido 890 aviones rusos (…). Más de tres millones de alemanes y tropas del Eje, que incluían finlandeses, rumanos, húngaros, italianos y eslovacos divididos en tres grupos militares (…) cruzaron la frontera en dirección a Leningrado, Moscú y Ucrania respectivamente. El propósito fundamental era aniquilar al Ejército rojo (…). Su avance era tan rápido que ya el 3 de julio Franz Halder, Jefe del Estado Mayor General, anotó en su diario que ‘la campaña de Rusia se ha ganado en el espacio de dos semanas’.

Como es sabido, los acontecimientos sobre el terreno fueron desmintiendo poco a poco la optimista valoración de Halder.”

[Hacia agosto del año siguiente la sombra de la derrota caía sobre los ejércitos del Reich y la Blitzkrieg se había convertido en una larga guerra de desgaste.] “El 19 de febrero, Hitler le dijo a Bormann: ‘Siempre he detestado la nieve, ¿sabe Bormann? Siempre la he odiado. Ahora sé por qué. Era un presentimiento.’

Hitler amortiguó las ofensivas soviéticas de invierno ordenando una resistencia fanática (…).

La invasión alemana de la Unión Soviética tuvo un carácter fundamentalmente diferente al de la campaña de Occidente, tanto desde el punto de vista de un ajuste de cuentas definitivo entre dos sistemas ideológicos antagónicos como del de una cruzada político-biológica contra los judíos y los Untermenschen eslavos. (…) Hitler marcó el tono en su discurso del 30 de marzo ante unos 250 generales: ‘Debemos huir de la perspectiva de una camaradería militar. Un comunista no es en modo alguno un camarada. Esta es una guerra de exterminio… La lucha será muy distinta a la de Occidente. En el Este, la dureza hoy significa suavidad mañana’. Las directivas y ordenanzas, bañadas en ideología nazi (…) , servían para difuminar la línea divisoria entre la guerra convencional y la ideológico-racial, lo que transformaba a la Wehrmacht en un cómplice más o menos complaciente de los estragos de las SS y sus muy diversas cohortes policiales. También demuestran que la criminalidad militar era premeditada. El carácter deliberadamente ideológico de la guerra y la transformación progresiva de los militares en soldados políticos no sólo dio lugar al asesinato en masa sistemático de 2,2 millones de judíos en las zonas tras las líneas alemanas, sino también a la matanza de ‘gitanos’, de internos en los manicomios y, debido al uso latitudinario de conceptos tales como ‘agentes’, ‘bandidos’, ‘partisanos’, ‘saboteadores’, ‘espías’ o ‘resistentes’, de poblaciones enteras que fueron fusiladas, colgadas de palos de telégrafo o quemadas en graneros o iglesias.”

[Imaginar la derrota del Reich ha sido un tema recurrente de novelistas populares, aficionados a la historia militar e historiadores profesionales. Pero, ¿qué imaginaba el propio Hitler para una hipotética victoria?]

“A juzgar por sus Conversaciones de sobremesa, que recogen sus observaciones idiosincráticas sobre un Jesús ario, el vegetarianismo de las legiones del César, los perros prehistóricos y tales obiter dicta como que ‘a los tártaros les encantan los huevos escalfados’, Hitler se sentía simultáneamente atraído y repelido por el ‘Este’. (…)

Como era propio de él, tenía las ideas mucho más claras sobre los aspectos negativos de esta visión, sobre todo del deseo de someter a los ‘nativos’ a una versión especialmente bárbara y cruda del dominio colonial, tan inhumana que parece que hubiera leído en un libro espeluznante. (…) Se proponía poblar ‘el espacio’ con solados-campesinos alemanes, es decir, veteranos con doce años de servicio militar, aunque también había sitio en el Báltico para pobladores daneses, holandeses, noruegos y suecos (…). La sociedad colonial alemana sería una ‘fortaleza’ literal y metafórica, cerrada a los intrusos, puesto que ‘nuestro mozo de cuadra más ínfimo debe ser superior a cualquier nativo’. (…) La salud y la higiene serían cosa del pasado: ‘No habrá vacunas para los rusos ni jabón para quitarles la sociedad… Pero dejémosles que tengan todos los licores y el tabaco que quieran’. El 17 de octubre de 1941 dijo con su proverbial dureza:

‘No vamos a jugar a las niñeras; por lo que respecta a esta gente, no tenemos ninguna obligación en absoluto. Acabar con los tugurios, ahuyentar a las pulgas, proporcionar maestros alemanes, sacar periódicos… -esto es muy poco para nosotros-. Por lo demás, dejemos que sepan los suficiente para comprender nuestras señales de tráfico y no dejarse atropellar por nuestros vehículos’.

Si los rusos se rebelaran, ‘sólo tendremos que tirar algunas bombas sobre sus ciudades, y asunto liquidado’. (…)

Sentimientos como éstos –que la mayoría de sus generales compartían- marcaban el tono de la política de ocupación alemana en Rusia, desbaratando cualquier expectativa de sacar partido al desprestigio generalizado del régimen bolchevique (…), o de explotar las profundas diferencias étnicas y religiosas latentes dentro del imperio soviético. Simplemente, Hitler no estaba dispuesto a dejar a un lado sus imperativos ideológicos en beneficio del apoyo local. Su sentido de la superioridad racial germánica excluía, en efecto, conceder una autonomía nacional (…).

[Por otra parte, los planes del Reichsführer-SS Heinrich Himmler, cuyas prioridades eran raciales antes que económicas,] nos dan la imagen más fiable de cómo habrían gobernado los alemanes si hubiesen ganado la guerra.

Himmler creía que el Este ‘era propiedad’ de las SS, quienes asumirían el control de la deportación, repatriación y exterminio de poblaciones enteras. Este predominio comenzó mucho antes de la Operación Barbarroja, en el contexto de la Polonia ocupada.”

“En mayo de 1940, Himmler esbozó el destino de la población nativa polaca en un documento clave titulado ‘Algunos pensamientos sobre el tratamiento de las poblaciones extranjeras en el Este’. Polonia se dividiría en sus componentes étnicos reales o imaginarios. Los que se juzgaran no aptos para la regermanización (…) se relegarían a la condición de ilota [esclavo], siempre que, observaba ominosa y tajantemente, ‘se rechace como imposible y fundamentalmente antigermánico el método bolchevique de exterminio físico de un pueblo’. Los ilotas recibirían una educación rudimentaria, aritmética sencilla (…), cómo escribir su nombre y que obedecer a los alemanes y ser honrado, trabajar duro y portarse bien son mandamientos de Dios. Considero que no es necesario enseñarles a leer.’ Este ‘residuo inferior’ subsistiría en el Gobierno General como una clase trabajadora sin dirigentes que proporcionaría a Alemania los recursos humanos para los proyectos de mayor inversión tales como canteras, edificios públicos y carreteras. (…) No habría confraternización entre alemanes y polacos, entre los que ‘no hay más conexión que entre nosotros y los negros’. Los polacos que tuvieran relaciones sexuales con mujeres alemanes ‘sufrirían la horca’; las mujeres y los hombres alemanes que se casaran con polacos serían enviados a los campos de concentración. (…)

El 22 de octubre de 1940, Himmler dio una conferencia en Madrid y anunció que el reasentamiento en Polonia estaba teniendo lugar ‘en base a los últimos descubrimientos de la investigación y traerá consecuencias revolucionarias’. [(…) Hacia finales de ese año, se habían trasladado unas 725.000 personas. Por su lado, los rusos hacían lo mismo. Durante el año siguiente, se realizó el reasentamiento experimental de otros pueblos.] Aquel otoño (de 1942), las SS fijaron los criterios para ‘seleccionar’ a la población. Había cuatro categorías: Los grupos I y II comprendían un 5% de la población considerada de linaje alemán. El grupo III constaba de polacos de 14 a 60 años que iban a ser deportados al Reich como mano de obra forzosa, en tanto que a sus familiares jóvenes y ancianos, ‘apéndices inútiles para el trabajo’, se los concentraría en los pueblos que hacía poco habían dejado vacíos los judíos y en donde morirían lentamente. El grupo IV (…) iría derecho a Auschwitz. (…) [Entre noviembre de 1942 y agosto de 1943, más de 100.000 polacos sufrieron la aplicación de esta política. Los alemanes comprendieron que su plan era complicado e imperfecto, pero que la limpieza étnica era posible.]

[¿Y cuáles eran los planes de Hitler para el resto del mundo?]

‘Después de la creación de un imperio europeo continental reforzado por la conquista de Rusia, seguiría una segunda etapa de expansión imperial con la conquista de territorios complementarios en Africa Central y un conjunto de bases para apoyar a una potente flota de superficie en el Atlántico y en el Océano Indico. Alemania, en alianza con Japón y, si fuera posible, también con Gran Bretaña, aislaría primero a los Estados Unidos y los confinaría al continente americano. Luego, en una etapa posterior, habría una ‘batalla de los continentes’ en la que el ‘imperio germánico de la nación alemana’ lucharía contra América por la supremacía mundial.’ (…)

Tras las desastrosas consecuencias de una victoria en el Frente Oriental, Hitler hubiera estado en posición de dictar las condiciones a Gran Bretaña. (…) Unicamente la recuperación rusa detrás de los Urales y una intervención americana con armas atómicas habría evitado la consolidación del dominio nazi en todo el continente europeo y en las regiones conquistadas de la Unión Soviética (…).

¿Cuánto tiempo habría durado un imperio nazi si al menos una parte del programa de Hitler, la derrota de la Unión Soviética, hubiera tenido éxito? ¿Cien años, como él mismo preveía? (…) [Su delirante plan había imaginado una Alemania grandiosa de monumentos imperecederos:]

‘Nada será demasiado hermoso para embellecer Berlín… Se llegará por amplias avenidas que tendrán el Arco de Triunfo, el Panteón del Ejército, la Plaza del Pueblo, cosas para quedarse sin aliento. Sólo así podremos eclipsar a nuestro único rival en el mundo: Roma. Construyámosla de tales proporciones que en comparación San Pedro y su plaza parezcan juguetes.’

Por supuesto, los historiadores que subrayan el carácter caótico y finalmente autodestructivo del Tercer Reich quisieran hacernos creer que todos estos planes eran meras fantasías: el Tercer Reich estaba programado de antemano para derrumbarse en 1945. (…) Indudablemente, muchos aspectos de la planificación nazi nos parecen tan estrafalarios que es difícil imaginar que alguna vez se hubieran realizado. Pero no todos. Mientras Himmler planeaba su revolución étnica y Hitler construía sus modelos arquitectónicos, otros organismos diseñaban escenarios de futuro para los alemanes corrientes cuya concepción estaba lejos de ser poco realista. El gigantesco aparato del Frente Laborista Alemán (DAF) de Robert Ley era el brazo socialmente ‘progresista’ de un régimen más conocido por la represión y el terror. (…) el Instituto Científico Laboral del DAF elaboró planes minuciosos para la dotación de una cobertura sanitaria y de pensiones global, y de esa forma generar y al mismo tiempo responder a las expectativas de una recompensa en el período de postguerra por las privaciones actuales. (…)

Este habría sido un Estado del bienestar sólo para aquellos alemanes no encarcelados o esterilizados o ejecutados por ‘lastres’, ‘antisociales’ o ‘alienígenas’ raciales. Tal vez este aspecto del contrafactual de una victoria alemana sea el más espeluznante de todos, precisamente porque en su aparente ‘modernidad’ es muy fácil imaginárselo convertido en realidad.”

Michael Burleigh, LA EUROPA NAZI, ¿Qué hubiera sucedido si la Alemania nazi hubiese derrotado a la Unión Soviética?. En: Niall Ferguson (Dir.), Historia virtual. ¿Qué hibiera pasado si…?, Madrid, Taurus, 1998.

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