Caretas y falsos ricos de antaño. La mirada sarcástica de Fray Mocho

 

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Por unas décadas a caballo entre los siglos XIX y el XX, la Argentina entera se convirtió en un experimento inédito e impredecible, y Buenos Aires –siempre Buenos Aires- era su criatura más fascinante y temible, el producto metamórfico de aquella aventurada empresa. Ante los ojos aturdidos de los espectadores, en la ciudad brotaban pretenciosos palacios de perfiles foráneos, jardines y paseos habitados por especies exóticas (y también edificios sencillos de clase media y atestadas, insufribles viviendas populares de alquiler); se tendían redes de aguas corrientes, cloacas, electricidad, teléfonos; se erigían suntuosos e innovadores hospitales, teatros, cafés, restaurantes, algunos clubes sofisticados y otros menos selectos; se abrían calles pavimentadas y avenidas señoriales transitadas por insólitos vehículos veloces (y malhechores de toda laya, comerciantes clamorosos, individuos raros de otras latitudes, niños sin hogar).

De ese modo, aquella remota aldea huérfana de riquezas imperiales, modesta a la fuerza, dejó su sencillez, su pampeana monotonía y fue engendrando barrios, tipos sociales, códigos urbanos, complejidades modernas.

Francis Korn ha escrito: “De alguna manera, Buenos Aires comenzó en 1895.” En ese año, la apertura de la Avenida de Mayo se convirtió en el alumbramiento simbólico de la Buenos Aires contemporánea, vertiginosa y babélica.

A aquella prodigiosa ciudad había llegado, hacia fines de la presidencia de Avellaneda, un entrerriano inquieto de mediocre fortuna y con aspiraciones de cronista: José Álvarez, Fray Mocho. Aquel muchacho versátil que ya había tentado el periodismo en fugaces periódicos satíricos o políticos, consiguió de inmediato algunos empleos mal pagos como repórter.

Fray Mocho fue un fino observador y crítico de tipos y costumbres, agudo transcriptor de lenguajes, fotógrafo de un tiempo que se iba y de otro que llegaba, arrasando.

Cuando en octubre de 1898 apareció la notable Caras y Caretas, Álvarez formó parte de lo que se consideró una verdadera revolución tipográfica, publicitaria y literaria. Aquella publicación representaba cabalmente el espíritu de la época: popular, de diseño atractivo, moderno y artístico, humorística, visual y crítica, literaria y actual.

En esa sociedad presuntuosa de fin de siglo, los ricos querían pasar por príncipes y las clases medias por patricias. Quienes podían intercambiaban favores con los políticos a cambio de pensiones, votos o puestos en la administración del Estado. Los parámetros sociales habían cambiado dramáticamente. El terremoto demográfico de la inmigración llevó a una rivalidad despiadada por las mejores ubicaciones en la escala social. Muchos vivían de la falsificación y el fraude. Leopoldo Lugones criticaba el éxito del arte falsificado entre los ignorantes e inseguros nouveaux riches, cuya afición por las copias de obras de arte famosas había creado un auténtico mercado.

Las élites -celosas beneficiarias del sistema político impuesto y de la economía agropecuaria-, se cerraron sobre sí mismas, reivindicaron la gloria excepcional de sus ancestros y proclamaron la finura inalcanzable de sus hábitos. Escapando al temible revoltijo, fueron desplazándose hacia el norte de la ciudad y mientras se alejaban de los lugares que ya no los representaban, erigían las monumentales residencias que los elevaban a las cimas inabordables de sus privilegios. (Blanco principal de todas las prevenciones eran los nuevos ricos, arribistas que intentaban infiltrar aquel áureo patriciado esgrimiendo pedigríes ilegítimos. Los torpes amaneramientos –guaranguerías- de los muchachos vulgares no hacían más que revelar su linaje tosco.)

Las generaciones anteriores habían visto en Europa la comarca sagrada de la iluminación intelectual, la cuna de todo lo admirable y la meca los aspirantes a la gloria imperecedera. Ahora, las clases distinguidas aún sentían fascinación por “allá” e intentaban con más esfuerzo que éxito emular los esplendores de los países adelantados. Pero bien sabían que “acá”, en fin, había tantos que no estaban a la altura de la empresa… Simulaban, pero no eran. Fray Mocho, insobornable retratista de ruindades menudas, los expuso en la vidriera de Caras y Caretas.

En la década de 1890, el suelo antes sagrado de Europa había sido profanado por los rastacueros. Fray Mocho mostraba la pedestre realidad de los famosos viajes. Gomensoro, campechano personaje recién llegado del Viejo Continente, se encuentra con uno que le pregunta por el viaje. Y él, con irreprochable sinceridad, le cuenta: “-!…Yo ni me he movido de París, porque los viajes, sobre ser carísimos, son incómodos y aburridos… ¿Adónde va uno, resultando como resulta, que el español que se habla casi no lo entienden los españoles ni los americanos de otras repúblicas y que el francés o el inglés que nos enseñan y que llevamos como orito en polvo, no es el que se habla en las calles sino el que sirve para escribir libros?…” Más aún, se atreve a confesarle: “-¡Mire, compañero, créame lo que le digo!… A mí, le aseguro, no me vuelven a agarrar en otra… todo eso que se escribe sobre los argentinos en Europa, no son sino un tejido de mentiras, urdido por algunos locos pillos para darse corte… Aquello es un aburrimiento vivito…”

Álvarez le hace decir a Gomensoro que los argentinos que viajan a París mienten sobre sus aventuras inexistentes para “figurar en los diarios”. “Allá”, ni Pellegrini, ni Unzué, ni Quirno Costa, ni Roca son más que “rastacueros”, como cualquier otro anónimo americano del Sur, “excepción hecha de los brasileros”.

El precepto modernizador también exigía a la clase media lujos que si no estaban al alcance de su fortuna, exigían un heroico esfuerzo de imaginación: viajes a Europa, sirvientes, recepciones, palcos, vacaciones en Mar del Plata… En el microcosmos de Fray Mocho, las gentes pasaban apuros para hacer alarde de sus derroches novelescos, sin imaginar que detrás de todas las puertas se cocinaban los mismos rústicos pucheros.

Algunos hacían mil esfuerzos para figurar, sólo para ser objeto del más rotundo desprecio. Como las de Colombini, que hicieron todo lo esperable para ganarse un lugar en las crónicas sociales: tomaron un carruaje para pasear por Palermo y un abono en la Ópera (que les costó “un sentido”) y no faltaron ni una noche. Pero al final los arteros periodistas que publicaron la lista de los asistentes al teatro ni se acordaron de ellas, y ¡las pusieron “entre las ecéteras”! La pobre doña Rosaura Gutiérrez de Colombini no se resigna a la mísera verdad que su amiga le revela: “A mí me dij’una vez un cronista con quien hablab’en un baile d’estas cosas, que no valía la pena poner en la crónic’a las gentes que tenían apellidos criollos, españoles o italianos… Qu’era una vulgaridá… porque resultaban listas como las de los vapores llenas de erres y de inis y que se agitaba la idea, entre los cronistas, de cambiar los apellidos, ainglesándoselós o afrancesándoselós, según los casos, a las familias pudientes que no podían dejarse afuera y qu’ellos no comprendían cómo había gente conocida que se avenía con semejantes nombres…”.

Mientras Buenos Aires se poblaba de gentes extrañas y se convertía en una urbe cosmopolita, la élite porteña se encerraba en alejadas quintas, chacras y estancias. Sin embargo, pasar el verano en las quintas fue una costumbre tomada de los comerciantes británicos, quienes preferían vivir alejados de sus lugares de trabajo, y comenzaron por construir sus residencias en los suburbios: Belgrano, San José de Flores, San Isidro, San Fernando, Tigre, Lomas de Zamora, Quilmes y Adrogué. Desde 1886, el tren a Mar del Plata facilitó el veraneo de las clases pudientes.

Y así aumentaron también las penurias de los simuladores, forzados a absurdas contorsiones para fabular sus vacaciones inexistentes. Un amante ansioso gasta una fortuna en seguir a la negada muchacha de sus sueños, de San Isidro a Mar del Plata, sólo para descubrir “…que era de esas que veranean de engaña pichanga y que quiere más a su vanidad que a mí, cuando prefiere esconderse a dejar que yo la vea!…” Pero al fin, resignado, admite: “…¿para qué enojarse si todas hacen lo mismo? Ahí están, sin ir más lejos, las chinitas de Rodríguez que amagaron con su viaje a Necochea… y se quedaron en su casa…, y las de Pérez, que enfundaron el farolito del zaguán y hasta un sofacito cojo que tienen en la salita… y están pasando por caseras, como las de González que hasta han despedido a la cocinera, che, y tienen a los novios como maletas de locos, de un lado para otro.”

Fray Mocho tiene menos piedad con aquella chica iletrada que le cuenta a su amiga sus vacaciones en Lomas de Zamora, donde se cruzó con “las de Garcia que dijieron los diarios que se iban a Mar del Plata. Bibian en una casita de las orilla alquilaban una piesa para todos y decian que eran sobrinas del presidente y que no podian quedarse sino hasta el gueves después del entiero, porque tenian que ir a resibir a Marselo de Albiar. Que te parece lo que son la notisia de los diarios, ya no se puede crer las noticias que dan sobre la bida social con las mentiras que disen.”

Fábulas, cuentos, mentiras. Álvarez ve una sociedad en la que todos, de algún modo, creen que sus tretas forzarán la realidad: una comedia viva.

Nora V. Iglesias

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