Operación Valkiria (o la verdadera historia de un “duro de matar”: Hitler) Episodio I

“Una exigua camarilla de oficiales ambiciosos, desaprensivos y al mismo tiempo criminales y estúpidos, ha forjado una conjura para eliminarme y para erradicar conmigo a casi toda la jefatura de las fuerzas armadas alemanas.” Hitler, 21 de julio de 1944.

Hacia 1944, el régimen nazi y la estrategia del Eje ya estaban evidentemente liquidados. Hitler ya no se hacía ilusiones sobre el resultado de la guerra, aunque insistía en rechazar y combatir las actitudes pesimistas y mantenía firme el discurso de la victoria final. De cualquier modo, una rendición no estaba en sus planes. “No habría una repetición de 1918. Su ‘misión’ política se había basado desde el principio en esa premisa. Todo el Reich ardería en llamas antes.”-sostiene el historiador inglés Ian Kershaw.

Con el paso de los días, Hitler se volvía cada vez más reservado. A pesar de que su cuerpo daba señales de desgaste, se mostraba más determinado que nunca. Lo que para algunos era un rasgo admirable, era para otros una obstinación que conduciría a Alemania a una catástrofe. Así, algunos estaban decididos a actuar antes de que fuera demasiado tarde para salvar los restos del Reich, “echar los cimientos de un futuro sin Hitler y demostrar al mundo exterior que había ‘otra Alemania’, además de las fuerzas del nazismo.”

A comienzos de julio se celebraron en el Berghof, su residencia en las montañas, unas conferencias para decidir la movilización del ejército. “Asistió a ellas un joven oficial. Llevaba un parche en un ojo, tenía acortado el brazo derecho y le faltaban dos dedos en la mano izquierda, consecuencia todo ello de las graves heridas que había sufrido durante la campaña africana.” Era el coronel Graf Claus Schenk von Stauffenberg, jefe de Estado Mayor del coronel general Friedrich Fromm. claus-von1

El día 20 de julio, Stauffenberg “colocó una bomba de relojería que llevaba metida en la cartera, debajo de la mesa de roble del barracón de madera donde Hitler celebraba la conferencia. Hitler dio comienzo a la sesión media hora antes de lo habitual, a las 12:30. Quince minutos después estalló la bomba.”

Los antecedentes de la conjura que perseguía la muerte de Hitler fueron prolongados y estaban, según Kershaw, fundamentados en principios éticos, idealismo político, códigos de honor, convicciones religiosas, humanas y patrióticas y también de profundas disensiones. Los orígenes de este golpe de estado se remontaban a la crisis de los Sudetes de 1938. La ambición irresponsable de Hitler había acarreado el malestar de personajes en posiciones elevadas del ejército, la diplomacia y la inteligencia alemanas. Por entonces, la actitud acuerdista del primer ministro inglés Chamberlain hizo imposible toda acción.

Los opositores volvieron a intentarlo al año siguiente, pero su falta de unidad era inversamente proporcional al extraordinario éxito de Hitler entre las masas, cuyo apoyo era imprescindible en todo caso. Hitler, por su parte, tenía una suerte endiablada. Ya había escapado de la muerte planeada para él por el carpintero suabo Georg Elser el 8 de noviembre de 1939. Entonces, quedó demostrado que la única posibilidad de derrocar a Hitler era organizar una conspiración al más alto nivel.

Es necesario comprender que para muchos oficiales, educados en los valores prusianos de la obediencia a la autoridad y el servicio al estado y a la vez violentados en sus creencias religiosas y patrióticas por las características del régimen nazi, la participación en el gobierno despertaba sentimientos encontrados.

“Cualquier ataque contra el jefe del estado constituía, claro está, alta traición.”, dice Kershaw. A pesar de todo, los oficiales más jóvenes estaban más dispuestos que los generales a participar en el derrocamiento de Hitler. El terror a las tremendas consecuencias de una conjura descubierta disuadía a muchos simpatizantes del golpe. Y aún había algo más: los conspiradores tenían bien claro que no conseguirían el apoyo del pueblo alemán, cuya fanática adoración por el Führer seguía intacta aún ante la adversidad. Para otros, era un acto despreciable de deslealtad patriótica ocasionar una crisis política en medio de una guerra. Por eso proclamó Stauffenberg su trágica disyuntiva: “Ya es hora de que se haga algo. Pero el hombre que tiene el valor de hacer algo debe hacerlo sabiendo que pasará a la historia alemana como un traidor. Aunque si no lo hace, será un traidor a su propia conciencia.”

Era claro que no bastaba con eliminar a Hitler: había que pensar en un nuevo gobierno y también buscar condiciones de paz. Por estos motivos, los conspiradores habían estado esperando desde 1938 el momento justo para asestar el golpe, y éste no llegaba nunca. Recordemos que si entonces Hitler era considerado un héroe nacional que había conseguido para la patria triunfos resonantes, en la hora de la derrota parecía aún menos ético acabar con él. Cuando por fin decidieron que había llegado el momento, la suerte de Alemania en la guerra ya estaba echada. Pero el propósito era otro. “No se trata ya del objetivo práctico, sino de mostrar al mundo y a la historia que el movimiento de resistencia alemán se ha atrevido, arriesgando la vida, a dar el golpe decisivo. Todo lo demás es indiferente al lado de eso.”, sostuvo el comandante general Henning von Tresckow.

Este militar profesional, firme exponente del espíritu prusiano, pasó de la admiración temprana a la reprobación implacable de un régimen que juzgaba ilegal e inhumano. Aportó a la conspiración un grupo de militares de su ejército, aunque no consiguió convencer al mariscal von Bock. El desastre de Stalingrado fue el punto de ruptura de su ira reprimida. El salvajismo del frente oriental y el liderazgo suicida de Hitler revitalizaron la oposición civil y militar. En marzo de 1942, una reunión de oficiales otorgó el liderazgo de la conspiración al antiguo jefe de Estado Mayor Ludwig Beck. Se tendieron lazos con otros oficiales opositores, entre ellos el general Friedrich Olbricht, general-friedrich-olbrichtsegundo de Fromm pero al mismo tiempo persistente enemigo de Hitler, cuyo papel sería el de planificar el golpe de estado que habría de suceder al asesinato.

Luego de Stalingrado, Tresckow presionó para ejecutar el plan. Se ensayaron dispositivos hasta que se decidieron por una pequeña mina adhesiva (clam). Los conspiradores fueron alertados y sus posiciones, asignadas. La conducta impredecible de Hitler hacía muy difícil acercarse a él lo suficiente como para matarlo. Tenía por costumbre alterar su agenda con planes de última hora, lo cual le había permitido escapar a un intento de fusilamiento planeado en 1943 por dos oficiales, el general Hubert Lanz y el comandante general Hans Speidel. Ante este fracaso, Tresckow decidió que había que usar una bomba.

El 13 de marzo de 1943, le entregó un paquete que parecía contener dos botellas de cognac a uno de los miembros del séquito del Führer, pidiéndole que lo entregara al coronel Hellmuth Stieff. El paquete –que contenía una bomba de lapa inglesa- subió al Condor en el que viajaba Hitler. Habían activado un mecanismo de detonación que debía actuar a los 30 minutos y acabar con el dictador en pleno vuelo. Pero una falla en el mecanismo volvió a salvarle la vida al abominable dictador.

Pronto volvieron a intentarlo: el 21 de marzo se celebraría el “día de los héroes” en Berlín. Un militar profesional, Rudolph von Gersdorff, estaba dispuesto a convertirse en hombre-bomba. El momento elegido sería el de la inspección del botín de guerra soviético. Gersdorff se ubicó a la entrada del recinto y saludó a Hitler mientras pulsaba el detonador, que estallaría en media hora. Pero Hitler ¡sólo estuvo allí dos minutos! El militar no tuvo más remedio que desactivar la bomba. Habían fracasado otra vez.

Aquí hay que señalar algo interesante: los aliados occidentales habían rechazado sistemáticamente todas las propuestas de los grupos alemanes opositores, e incluso los consideraban una molestia. Es que si el golpe de estado triunfaba, se arriesgaría la alianza con la U.R.S.S. y complicaría el orden de posguerra en Alemania. Los políticos occidentales no veían qué podían obtener de todo eso. Tampoco hacían mucha diferencia entre los nazis y esos militares prusianos que aún esperaban conservar algunos de los territorios conquistados por Hitler. Era claro: estos odiaban a Hitler y a  su régimen brutal, pero deseaban que Alemania conservara su papel de gran potencia y aún de líder de una Europa de posguerra.

Durante el verano y el otoño de 1943, mientras la oposición navegaba en la indecisión, la Gestapo detuvo e interrogó a algunos opositores del más alto nivel. Treskow, por su parte, no cejaba en sus planes mortales. Entonces se decidió atentar contra Hitler desde el ejército de reserva de Berlín. Allí sabían que tenían un asesino al alcance de la mano.

Claus Schenk Graf von Stauffenberg, joven de la nobleza suaba, había aceptado al principio algunos aspectos del nacionalsocialismo (en cuanto militarista y anti-Versalles), pero rechazaba su antisemitismo y criticaba cada vez más su proyecto bélico. Esto no le habia impedido festejar la conquista de Polonia y despreciar al pueblo polaco. Los éxitos iniciales de la guerra lo hicieron dudar sobre su rechazo de Hitler. “Pero –sostiene Kershaw- la creciente barbarie del régimen le sobrecogió.” Se volvió cada vez más hostil a medida que eran insoslayables los testimonios de las matanzas de judíos por parte de las SS.

A principios de septiembre de 1943 von Stauffenberg fue presentado a los principales miembros de la oposición. Estudió con Tresckow el asesinato de Hitler y el golpe de estado subsiguiente. Se les ocurrió reformar un antiguo operativo militar de Hitler para sofocar un posible levantamiento interno, cuyo nombre en clave era “Valkiria”. El objetivo de ese plan había sido salvar al régimen nazi, ahora lo transformarían en una maniobra para su destrucción.

(Continuará…)

Nora V. Iglesias

3 comentarios en “Operación Valkiria (o la verdadera historia de un “duro de matar”: Hitler) Episodio I

  1. Que hermoso era Stauffenberg. El artículo me parece un poquito ingenuo… es como que le quieren atribuir a estos aristócratas sentimientos antinazis contemporaneos que obviamente no tenían. Es obvio que despeciaban a los polacos y eslavos en general, también encontraban despreciables a los judios como máxima expresión de todo lo plebeyo y vulgar (la mayoría eran bolches marxistas que querian hacer la revolucion en Alemania). Hasta ese sentimiento antinazi tenia esa connotacion de clase: tambien Hitler y su partido era demasiado “populachero” para esta elite.

  2. Hola, Viviana! Muchas gracias por tu comentario. La información del artículo -y me temo que también el enfoque- proviene del libro de Ian Kershaw. En un punto coincido con vos: buena parte del desprecio que sentían algunos sectores hacia Hitler -y muy probablemente Stauffenberg y sus acólitos, en especial- era producto de un sentimiento de superioridad aristocrático o intelectual -hecho que llevó a la izquierda, por ejemplo, a subestimar al futuro dictador. Sin embargo, no sería lógico descartar que haya habido una indignación patriótica, humanística o incluso religiosa, en vistas de las atrocidades que los nazis estaban cometiendo no sólo contra el pueblo alemán. Qué bueno que hayas dejado tu opinión, y sobre todo, ¡viva el debate! Saludos!

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