Operación Valkiria. Episodio II

(Continúa del post anterior)

La llegada de Stauffenberg dinamizó el movimiento opositor. Él propuso llevar a cabo el atentado axel-freiherr-von-dem-busscheen noviembre. Entonces se pusieron a buscar un ejecutor. Después de un par de rechazos, contactaron al capitán Axel Freiherr von dem Bussche, acreedor de la Cruz de Hierro al valor, y asqueado del régimen nazi tras presenciar un fusilamiento masivo de judíos ucranianos. Bussche estaba dispuesto a morir en el intento. Pero otra vez los demonios protegerían a Hitler: Bussche fue gravemente herido en una acción militar y tuvo que ser descartado. Hitler volvió a esquivar a la muerte dos veces más antes de que Tresckow encontrara al hombre que creía adecuado para la misión. En julio de 1944, el entonces coronel Stauffenberg fue nombrado segundo de Fromm, con lo que se aseguraba el acceso a Hitler en las reuniones informativas del ejército interior. El mismo ejecutaría al odiado Führer.

El hecho de que también fuera requerido en Berlín para organizar el golpe de estado era un problema serio, pero decidieron arriesgarse. El 6 de julio fue a la primera reunión, armado con explosivos que no pudo utilizar. En los días siguientes hubo otras reuniones, pero siempre faltaba alguien o pasaba algo y el momento no llegaba. El último intento sería el 20 de julio durante la próxima visita de Hitler a la Guarida del Lobo. Esa sería una reunión algo apurada porque se esperaba la llegada del dictador italiano Benito Mussolini.

Después de la reunión preliminar, Stauffenberg se retiró a los baños, según adujo, para cambiarse la camisa y asearse. En un pasillo se encontró con Haeften, y juntos instalaron los detonadores en las dos bombas que llevaría en su cartera. Stauffenberg puso en marcha el mecanismo del primer artefacto. Entre los siguientes 15’ y 30’, podía estallar en cualquier momento. Keitel lo esperaba fuera, impaciente. Entonces recibió una llamada del general Erich Fellgiebel, a cargo del bloqueo de las comunicaciones tras el asesinato de Hitler. Pidió hablar con Stauffenberg para pedirle que se apurara, pero no había tiempo para eso. El sargento mayor Werner Vogel fue enviado a pasarle el mensaje, y encontró a los conspiradores en plena tarea con las bombas. Todos estaban nerviosos y se gritaban mutuamente. Stauffenberg cerró la cartera sin instalar el mecanismo de la segunda bomba. Haeften metió todo en una bolsa y lo tapó con papeles. “Fue un momento decisivo. Si se hubiese metido en la cartera de Stauffenberg el segundo artilugio junto con el primero, -sostiene Kershaw- incluso sin disponer de carga, la explosión de este último lo habría hecho estallar, con lo que el efecto se habría más que duplicado. En ese caso, es casi seguro que no habría sobrevivido nadie.”

Cuando Stauffenberg entró a la cabaña de madera, la reunión ya había comenzado. Hitler estaba en el centro de una mesa larga, cerca de la puerta, y escuchaba atentamente las malas noticias del frente oriental, por lo que apenas si se fijó en él cuando se lo presentaron. Consiguió un sitio al final de la mesa. Freyend entró con la cartera de Stauffenberg y la puso debajo de la mesa sobre una de las patas.

La tensión reinante le permitió al coronel retirarse con una excusa banal sin que nadie le pusiera atención. Se encontró con Freyend y le pidió una comunicación con el general Fellgiebel, pero cuando éste volvió a la reunión, Stauffenberg corrió al edificio de los ayudantes de la Wehrmacht, donde se encontró con aquel general, con Haeften y con el teniente Sander. Mientras tanto, en la reunión pedían por él, aunque nadie sospechó por su ausencia.

Stauffenberg intentaba escapar cuando sonó la alarma. Un oficial conocido, Leonhard von Möllendorf, autorizó su salida. Los conspiradores volaban por la carretera hacia el aeropuerto, donde los esperaba un avión con destino a Berlín. Confiaban en que nadie había sobrevivido a la bomba. ¡Hitler había muerto y Alemania recuperaría su destino!

Cuando estalló el dispositivo, Hitler estaba muy concentrado examinando un mapa bien de cerca. De pronto, en la barraca todo voló por los aires en un estruendo furioso de vidrios, maderas, papeles y llamas. Algunos hombres estaban en el piso, otros gritaban, consumidos por el fuego. Los que podían trataban de salir, arrastrándose o tambaleando por las heridas. En los días siguientes, tres hombres murieron. Pero lo más sorprendente fue que los únicos que no recibieron el impacto directo de la bomba fueron Keitel y Hitler. El indestructible Führer no recibió más que rasguños, algunas quemaduras, golpes en la frente, el brazo derecho golpeado, los tímpanos rotos. Pero seguía vivo.

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Sereno pese al shock, Hitler corrió a refugiarse a su búnker. Sentía una cierta satisfacción por haber sobrevivido y veía a sus mínimas heridas como galardones. Su ayudante de la Luftwaffe, Below, se recompuso después del ataque y ordenó bloquear las comunicaciones. Himmler y Göring fueron llamados al búnker. Había que encontrar al culpable del intento de asesinato y casi inmediatamente Stauffenberg era el sospechoso número 1, aunque aún no se dimensionaba la magnitud del complot y sus objetivos reales. Esa misma tarde se iniciaron las investigaciones. “La cólera de Hitler contra los mandos del ejército de los que siempre había desconfiado, –dice Kershaw- crecía por minutos. Estaba decidido a desencadenar una terrible venganza contra quienes creía que estaban apuñalando por la espalda al Reich en momentos de crisis.”

(Falta poco para el final…)

Si te interesa el tema, date una vuelta por:

Historia Virtual, página del Discovery Channel sobre este tema.

The Valkirie Conspiracy, sitio web dedicado a informar sobre los hechos claves que condujeron al atentado del 20 de julio de 1944 y a presentar a los principales actores de aquel drama. Desafía lo que llama “mitos prevalecientes” sobre el rol dominante de Stauffenberg en la conspiración e intenta hacer justicia con los otros militares que participaron, especialmente con el General Friedrich Olbricht, a quien considera uno de los líderes más consistentes, determinados y efectivos de la Resistencia Alemana.

Nora V. Iglesias

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