El final de “Valkiria”: la tormenta de la venganza nazi

(continuación y final-final)

Como es sabido, los momentos siguientes fueron de gran confusión. Stauffenberg, que había logrado huir hacia Berlín, ignoraba que no había alcanzado su objetivo. Los conspiradores, por su parte, dudaban sobre cómo proseguir. Las informaciones eran contradictorias, confusas. No esperaban que Fromm apoyara el golpe sin la confirmación de la muerte de Hitler.  Olbricht pensaba que si actuaba exponía a todos al desastre. Algunos juzgaron esta reserva como una total incompetencia.

Cuando Stauffenberg llegó a Berlín, nadie lo esperaba, no conseguía llegar al cuartel general de la conspiración. El creía que Hitler estaba muerto, había visto la terrible explosión, vio correr a los médicos… Pero nadie estaba dispuesto a actuar sin el apoyo de Fromm. Y Fromm había recibido de Keitel la confirmación de que el Führer estaba perfectamente vivo. Ya se sospechaba de Stauffenberg y lo estaban buscando.

Mientras Fromm resistía las presiones de Olbricht, el coronel Mertz von Quirnheim, amigo de Stauffenberg, se arriesgó a iniciar las operaciones y regó la noticia de la muerte de Hitler. Fromm fue arrestado. Los conspiradores fueron llegando a la Bendlerstrasse: Beck, el mariscal de campo Erwin von Witzleben, el general Hoepner…

Pero allí todo era un caos. Saltaron a la vista la improvisación, la imprevisión, la falta de coordinación. No se cortaron las comunicaciones, no se controlaron las emisoras de radio, los golpistas no se dieron a conocer, no pudieron detener a los dirigentes del partido y de las SS. El terror, la lealtad al régimen, la vacilación, hicieron su trabajo.

A medida que pasaban las horas, mientras los conspiradores iban asumiendo la realidad de su fracaso, en el cuartel general del Führer comprendían que había una real insurrección detrás de aquel intento de asesinato. La conjura estaba siendo acorralada y agonizaba mientras el peso del Reich le caía encima.

complot-contra-hitler1Hacia la noche, los escasos confabulados que quedaban aún en el Bendlerblock, el edificio del alto mando de la Wehrmacht en la Bendlerstrasse, estaban perdidos. El ejército rodeaba el edificio, mientras que oficiales superiores, ya fuera por lealtad, ya por el pánico a las represalias, se amotinaron. Liberaron a Fromm y capturaron a los líderes de la insurrección.

Fromm sólo pensaba en salvar su propio pellejo. Beck le pidió una pistola para acabar con su miseria, con tan mala suerte que disparó tres veces y sólo consiguió malherirse en la cabeza. Pronto llegaría Himmler y Fromm no quería perder más tiempo. Inventó un consejo de guerra en nombre del Führer y transmitió a Metz, Olbricht, Haeften y al innombrable Stauffenberg la sentencia de muerte. Este intentó cargar sobre sí toda la responsabilidad, pero Fromm no estaba dispuesto a oírlo.

Beck fue rematado por orden de Fromm. Los condenados fueron conducidos al patio donde, en un lóbrego escenario iluminado por los faros de los vehículos estacionados allí, fueron fusilados frente a una pila de arena.  Haeften tuvo el gesto tan heroico como inútil de interponerse a las balas que iban a Stauffenberg. Enseguida le tocó al joven coronel, que antes de morir gritó: “¡Viva la sagrada Alemania!”.

Para las 12:30 de la noche, el resto de los implicados había sido arreatado. Apenas quedaban algunos restos de la fallida conjura en París, Praga y Viena.

Para Hitler, su milagrosa salvación era el claro indicio del triunfo de su causa mesiánica. Lleno de ira gozosa, se dirigió al pueblo alemán para comunicar la extinción de la intentona golpista y su supervivencia, por obra de la Providencia.

A medida que iba conociendo los detalles de la conspiración, quedaba cada vez más claro para Hitler que los reveses militares sufridos por Alemania eran producto de la traición de los oficiales del ejército: “Ahora ya sé por qué tenían que fracasar todos mis grandes planes en Rusia estos últimos años. ¡Era todo traición! Si no hubiese sido por esos traidores, hace mucho que habríamos triunfado. Esa es mi justificación ante la historia”.

Hitler había decidido, convenientemente, adoptar la posición de atribuir a esta conspiración todos los fracasos recientes y, por lo tanto, su total exterminio actuaría como un tratamiento de purificación que allanaría por fin el camino hacia la salvación de Alemania.  La venganza era prioritaria y no habría piedad para aquellos “viles traidores”. Una furia incendiaria y de dimensiones históricas arrasaría con todos los implicados. De pronto, comenzaba a elogiar las purgas de su archienemigo Stalin.

Fromm quedó en evidencia y fue fusilado en marzo de 1945. En los días siguientes al día del golpe, se  sucedieron las detenciones de altos oficiales implicados. Henning von Tresckow, Hans Ulrich von Oertzen y el general Wagner se suicidaron. La Gestapo se hizo cargo del resto. Las torturas permitieron extender las detenciones y la lista fue creciendo con la cólera de Hitler. Himmler estuvo encantado de aplicar a las familias de los conspiradores el principio de la “venganza de sangre” del antiguo derecho germánico. Toda la familia de Stauffenberg fue detenida y también las de los otros, y sólo el fin de la guerra impidió que Himmler ejecutara su plan macabro. Una operación policial -tan gigantesca que fue denominada “acción tormenta” (Gewitteraktion)- llevó a los calabozos a unas cinco mil personas.

juicio-a-los-conspiradoresEl 7 de agosto comenzaron los jucios del llamado “Tribunal del Pueblo” de Berlín, presidido por el fanático y sanguinario Roland Freisler, ataviado con una toga roja que era todo un emblema. Ante él debieron presentarse los acusados, esposados, andrajosos y estragados por la tortura. Apenas pudieron alegar sus razones frente a la catarata de insultos lanzados por el presidente del tribunal. Todo fue filmado para ser exhibido en un “documental”: “Traidores ante el Tribunal del Pueblo”. El mariscal de campo von Witzleben apenas alcanzó a decir: “Puede entregarnos usted al verdugo. En tres meses, el pueblo furioso y atormentado le pedirá cuentas y le arrastrará por el arroyo.”

Hitler dio orden expresa de que, en lugar de la decapitación que era de práctica para delitos capitales, los condenados fueran colgados como vacas en el matadero. Se instalaron ganchos en un rail instalado en el techo de una sala de ejecución. Las primeras muertes fueron filmadas y fotografiadas. Las víctimas eran ahorcadas y su agonía solía ser lenta. Mientras morían, los verdugos aún los mortificaban en su dignidad. Alrededor de 200 personas murieron de ese modo.

Hitler siguió padecidendo fuertes dolores por las secuelas de la explosión, pérdida de la audición, trastornos del equilibrio, mareos, paranoia. Había escapado, otra vez, gracias a sus demonios protectores. Aunque sólo por poco tiempo.

Nora V. Iglesias

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