Qué pena, la pena de muerte

horcaCada tanto el malhumor social, los dramas de la violencia, el oportunismo mediático o una combinación de todos estos factores y otros más ponen sobre el tapete la discusión sobre la pena de muerte en Argentina.

Años atrás, en una clase de adolescentes en la que se discutiera sobre el tema, la mayoría de los chicos rechazaban fuertemente su existencia y se horrorizaban ante la sola mención de una hipotética instauración en nuestro país. Si algún despistado se animaba a sugerir algún argumento a favor, se lo aplastaba con una andanada entusiasta de invocaciones a los éxitos de la evolución de la Humanidad, a las promesas de la redención de los hombres, a la inhumanidad de los castigos; le revoleaban con tanto catecismo, poesía y esperanza que el pobre terminaba pensando lo peor de sí mismo.

Qué se puede decir sobre este tema en las aulas de hoy. Sólo que escuchar a chicos tiernos, niños grandes, muchos de ellos  encantadores en otros aspectos, defender con esa vehemencia tan de su edad unos principios que llenarían de emoción al más trasnochado fascista, llena de pena. Ahora no hay poema que valga, no hay humanismo, ni versículo ni venerable apóstol o santo o beato que conmueva sus corazoncitos de adoquín.

Entonces, como aconsejan los sabios pedagogos, nos  adaptamos a los saberes previos de los educandos y a las olas de la realidad y empezamos a desparramar estadísticas y datos. Ayer, el diario Crítica nos tiró una manito.

Señores, ya que no podemos decir que estamos contra la pena de muerte porque es salvaje y bárbara, cruel y horrorosa, injusta, irreversible, un fracaso para la civilización y un atentado a los más elementales principios de la dignidad humana y de la caridad cristiana, diremos que:

Los gastos derivados de los juicios de este tipo son el doble de los que generan aplicar al reo la cadena perpetua. (Argumento económico.)

Las estadísticas demuestran una gran influencia de prejuicios raciales y sociales al momento de dictar las sentencias de muerte (es decir, que los acusados pertenecientes a minorías étnicas y sectores marginales o pobres tienen más posibilidades de resultar condenados). (¿Eso significa que los ricos y blancos no cometen crímenes horrendos?)

Desde la aparición de los exámenes de ADN, se produjeron numerosas exoneraciones de reclusos que estaban cumpliendo condenas. (Escaparon por un pelito…)

En Estados Unidos, sólo tomando en cuenta el período 1990- 1991, 416 inocentes fueron sentenciados a muerte. (¡Ay, nos equivocamos! ¿Y ahora qué hacemos?)

En Estados Unidos (otra vez), si bien la mayoría de los Estados mantiene la pena capital, cada vez se aplica menos y muchos otros han optado por la moratoria o la abolición. Esto sería el resultado de años de debate público, acciones civiles y de la divulgación de información seria.

Contra el argumento de que “la sociedad lo pide”, se puede decir que a lo largo de la Historia las sociedades han considerado como aceptables, habituales y hasta respetables algunas prácticas que hoy juzgamos aberrantes, como la esclavitud.

El incremento de las penas no produce una reducción de los delitos. En ningún Estado se han reducido los delitos gracias a la amenaza de la pena de muerte. Ej.: Según una estadística del FBI, la tasa de homicidios a principios de los años 70 en Estados con la pena capital era de 7,9 cada 100 mil habitantes. En aquellos que la habían abolido era de 5,1.

Y por si esto fuera poco: ¿a nadie le parecen espeluznantes los métodos de eliminación (silla eléctrica, gases venenosos, ahorcamiento, etc.)? ¿A nadie le resulta inhumano que los procesos judiciales que involucran la pena capital duren unos 10 años promedio? ¿Diez años esperando la muerte?

(Y por otro lado, ¿alguien piensa decir que en la Argentina rige el Pacto de San José de Costa Rica, cuyo artículo 4° prohíbe la instauración de la pena de muerte en aquellos países que al momento de suscribir el tratado la hubieran abolido? ¿Y que este Pacto tiene rango constitucional?)

Para más detalles, no se pierden el artículo “El debate capital”, en Diario Crítica del 22 de marzo de 2009, pp. 24-25.

Nora V. Iglesias

Un comentario en “Qué pena, la pena de muerte

  1. muy bueno, nori. está para pensar.
    cada tanto en la facu sale alguien pro pena de muerte y los profesores se quieren matar. ahi nos dicen que ya no podemos hablar como Doña Rosa y dan alguna explicación que los deja callados.
    hablando de la facultad, el otro día leía un libro para introducción al derecho bastante interesante. en una parte hablaba de la evolución del derecho.. decía que antes se consideraban justas y totalmente lícitas prácticas que ahora no las consideramos asi (según el libro): como la esclavitud, la pena de muerte, la condena a menores, etc. me puse a pensar: lo único que falta es que vuelva la esclavitud (que la hagan legal en realidad) y ya estamos en la punta de la involución!
    con respecto a los métodos, la verdad es una hipocresía y una frivolidad.
    la pena de muerte es totalmente amoral. ¿no era que cada vida humana es preciosa y por eso debe ser respetada? Creo que fue Kant el que dijo que una acción era correcta cuando su universalidad podia ser usada para escribir un código universal sin contradicciones. ¿no es una contradicción por un lado defender la vida de la persona humana y por el otro lado despreciarla de esta manera tan horrible, y encima procurar que el ejecutado no sufra mucho?
    Por suerte existe el pacto. Me da un poco más de seguridad. Pero yo no se como puede haber gente que con tanta ligereza salga a contradecir un principio con jerarquía constitucional, hablando por los canales de televisión… y peor aún los famosos irresponsables que no tienen en cuenta la influencia de sus palabras, opinando totalmente a priori y movidos por los sentimientos.
    para terminar te cuento que el jueves en mi facultad hay una charla sobre este tema, a las 19.

    cariños,
    Guille

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