¡Pobres niños espartanos! (o la triste historia de los pichones de “300”)

leonidasTierna historia contada a los niños espartanos: “Había una vez un niñito espartano que encontró un zorrillo. Para evitar que los mayores lo retaran por tomarlo, la tierna criatura lo escondió bajo su manto. No quería que lo descubrieran, así que soportó que el bicho le desgarrara la barriga hasta la muerte, antes que admitir su falta. Eso es valor.” Tomá.

Muchos saben que los espartanos eran viriles guerreros poseedores de un valor de leyenda. Pero para alcanzar tales cumbres de rudeza y coraje, era necesaria una educación tan dura como las mortales espadas que solían empuñar. Claro que, a veces, se les iba la mano y caminaban al filo del ridículo.

Hacia el siglo –VI, en Esparta se había asentado una serie de normas de educación que se suelen atribuir a un legislador, Licurgo, que de haber existido debió ser un sujeto obsesionado con la guerra y rígido como una estaca. (¿O mejor pensar que los espartanos adoptaron este tipo de entrenamiento porque eran una minoría conquistadora rodeada de pueblos sometidos?)

En fin, lo cierto es que esas leyes crearon un Estado que se entrometía en todo. Y fue así que de acuerdo a tales preceptos, los niñitos espartanos eran criados no por mamá y/o papá, sino por unas nodrizas muy entrenadas que, contra la moda de la época, no los fajaban (es decir, no los rodeaban con fajas), sino que los dejaban andar a su aire desnudos (costumbre que no abandonarían una vez crecidos), aunque no les toleraban caprichitos con las comidas, ni los consolaban ante los clásicos miedos infantiles (la noche, el cuco, etc.).

Pero a los siete añitos se les acababa la alegría, pues eran arrancados de los tiernos brazos de sus… niñeras. (El amigo Freud se habría hecho un banquete con estos chicos.) Entonces, los niños eran tomados por el Estado para siempre. Quedaban así automáticamente afiliados a unas organizaciones premilitares graduadas por edades, y vigilados por el pedónomo (perdón, señor que actuaba como “comisario de la educación nacional”). En los años siguientes pasarían por las categorías de “lobeznos”, “mozos” y efebos o irene.

Como scouts de tiempo completo, los chicos espartanos eran organizados en bandas dirigidas por muchachos más grandes y subdivididas en patrullas comandadas por el más despabilado de todos, el bouagos. Para que no hubiera duda de cuál era el objetivo, estos chicos apenas aprendían a leer y escribir, pues sobre todo interesaba que supieran obedecer sin chistar, marchar y pelear sin desmayar y vencer a sus enemigos.

Andaban por allí rapados, descalzos y desnudos la mayor parte del tiempo. A los doce años, -cuando más lo necesitaban, digo yo-, dejaban de usar la túnica y se les daba un manto que debía durarles todo el año. Dormían sobre jergones de juncos, no se bañaban (¡uac!) más que en las tres festividades más importantes del año y les daban de comer apenas unos mendrugos, para incentivarlos a robar comida y aprender las destrezas de los ladrones (o sea, la intrepidez y la astucia). ¡Ah! Y nada de quejas, que a la primera se ligaban unos buenos azotes.

Pero a los dieciséis años se entraba en la adolescencia, y ahí venía lo bueno. Claro que primero había que sortear una serie de esos ritos de iniciación que harían las delicias de los universitarios norteamericanos: una serie de pruebas de aguante y ceremonias mágicas, con bailes y disfraces. Por ejemplo, competían en equipos para robar quesos y, para hacerlo más divertido, se daban entre ellos unos buenos latigazos. Qué simpáticos.

Ahora sí, que la picardía total era la prueba de la criptia o “escondrijo”: el muchacho en cuestión era obligado a vivir solo y oculto en el campo como si fuera un hombre-lobo, tras lo cual se largaba al campo a cazar esclavos hasta que tenía suerte (el joven, no el esclavo) y mataba uno. Así se convertía en un hombrecito hecho y derecho.

Pero no pensemos que aquellos rudos mozalbetes no podían gozar de las delicadezas del arte: se les enseñaba música, sí señor, para cantar en los coros durante las maniobras de los batallones, faltaba más.

De todos modos, a mí me gusta pensar que algunos, muchos tal vez, se harían un ratito para perderse en sus pensamientos, para silbar una melodía alegre, para soñar con un amor… ¿no?

(Si te interesa el tema, buscá este libro: Robert Flaceliere, La vida cotidiana en Grecia en el siglo de Pericles, Buenos Aires, Hachette, 1967.)

 Nora V. Iglesias

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