Historia de un mal alumno (a propósito de Mal de Escuela, de Daniel Pennac)

gafa_estudiarUn señor ya pasa los 60, profesor por un cuarto de siglo, escritor de nota traducido a varios idiomas, reconocido en su país, que ha llegado al status de artículo-de-revista-especializada-y-suplemento-dominical, y aún más, protagonista de programas especiales de t.v. y hasta glosa de diccionario -en fin, alguien a todas luces exitoso dentro de los parámetros generales. Pero su mamá aún sufre por él. “-¿Tú crees que lo logrará algún día?” –pregunta angustiada al hermano de aquel hijo que aún la desvela.

Es que ese hijo fue un niño difícil: Daniel fue un mal alumno y a pesar de sus visibles logros, para su madre nunca se recuperó por completo de esa condición que lo colocó, a sus ojos, en un estado de precariedad perpetua, en un ser sin futuro. Daniel Pennac es un popular escritor francés de origen marroquí que ha abordado con éxito diversos géneros, desde el ensayo a la novela infantil y policial. Pero en su última obra, Mal de escuela, se sumerge de manera descarnada en una experiencia autobiográfica y reveladora: “De modo que yo era un mal alumno. (…) Siempre he oído decir que yo había necesitado todo un año para aprender la letra a. La letra a, en un año. El desierto de mi ignorancia comenzaba a partir de la infranqueable b.”

Desde el refugio tibio de la ironía y de un humor tierno y también despiadado, Pennac mira al niño que fue sin indulgencia, pero con la calma que otorga la seguridad del final feliz (a pesar de la tozuda negación de mami). No se abraza a los habituales subterfugios psicologistas y libera de toda responsabilidad a su familia, calificándose a sí mismo como “Un zoquete sin fundamento histórico, sin razón sociológica, sin desamor: un zoquete en sí. Un zoquete arquetipo.” Pennac se recuerda como un chico sociable, alegre y vital (demasiado para el gusto de sus profesores), y revive con dramática sinceridad la “vergüenza solitaria” a la que su rol de zoquete indiscreto y locuaz lo arrojaba.

Narra así su experiencia de mal alumno, sus trampas y sus miedos y cómo éstos cimentaron su perfil de profesor que buscó, sobre todo, abrir las mentes de los malos alumnos que a su turno fue encontrando, “para que el saber tuviera una oportunidad de pasar”. Mal de escuela es de a ratos un diario personal con carácter retroactivo en el que muchos chicos se podrán encontrar en las anécdotas de las inmortales y universales trapisondas de zoquetes de toda laya tironeados entre el odio y la necesidad del afecto de los adultos irritados, condescendientes, insensibles o desanimados por ellos.

Desde su experiencia docente, Pennac también propone algunos salvavidas para progenitores desesperados por esos niños: “Sin porvenir. Niños que no llegarán a nada. Niños desesperantes.” Chicos a los que el futuro les estaba prohibido y que, si nadie se paraba a convencerlos de lo contrario, iban derecho al fracaso. Muestra con irrefutable sentido común cómo también los ejecutivos y los primeros ministros y los capitanes de la industria son infelices y se arrojan por las ventanas de su desesperación. Y entonces vislumbra, desde su doble balcón de alumno y profesor, algunas luces de esperanza. Exhorta a los profesores a no rendirse frente a esos chicos difíciles que ocultan una esperanza, sin eludir los clichés a los que acudimos para justificar nuestra impotencia y sin desconocer la realidad desalentadora de sociedades en las que la pobreza y la marginación incuban jóvenes insatisfechos, crueles e iracundos.

Pennac nos recuerda que, más allá de los métodos y de la didáctica, no lograremos nada si no nos rendimos a la evidencia de que la clave de todo está, hoy como ayer, en una palabra que ha huido del vocabulario pedagógico: el amor.

(A propósito de Mal de escuela, de Daniel Pennac, publicado por Ed. Mondadori, Barcelona, 2008.)

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