La peste, Poe y ¡viva México!

muerte-roja“La Muerte Roja había despoblado durante largo tiempo la comarca. Jamás hubo peste tan fatal, tan horrorosa. Su avatar era la sangre, lo rojo y la fealdad de la sangre. (…)

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios estuvieron medio despoblados, reunió un millar de amigos vigorosos y alegres de corazón, elegidos entre los caballeros y las damas de su Corte y se arregló con ellos un retiro impenetrable en una de sus abadías fortificadas. (…) Un ancho y elevado muro la rodeaba. Este muro tenía unas puertas de hierro. Los cortesanos, una vez que entraron, se sirvieron de hornillos y de sólidas mazas para soldar los cerrojos. Decidieron fortificarse contra los impulsos de la desesperación exterior y cerrar toda salida a los frenesís de la interior. La abadía fue abastecida con largueza. Gracias a estas precauciones, los cortesanos podían desafiar el contagio. El mundo exterior ya se arreglaría como pudiese. (…)”

Edgar Allan Poe, La máscara de la Muerte Roja. (En: Obras completas, Buenos Aires, Editorial Claridad, 1997.)

Parece que últimamente las alarmas mundiales han activado entre los seres humanos la producción de las glándulas de la idiotez.

Por todas las ofensas cometidas contra ellos, desde este humilde rincón, un abrazo fraternal sin barbijo para todo mexicano salpicado por la ola de mezquindad y brutal impiedad que cubre el planeta.

¡Ah! Y para los inclementes nabos de por ahí, les decimos: ¿se acuerdan cómo terminaba ese cuento de Poe?

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