El Diluvio de Noé, antes que en la Biblia

diluvioEn una oscura salita perdida en el British Museum de Londres, un joven aficionado a las culturas orientales se afanaba copiando antiguos textos asirios cuneiformes de unas tabletas de arcilla encontradas en Nínive, en Turquía. Parece que un día el muchacho, un tal George Smith, se sorprendió al leer una historia sobre una paloma perdida en el mar que, al no encontrar tierra donde posarse, volvía a la barca de la que había salido, que estaba… ¡en la cima de las montañas de Nisir! En su mente sonó una campanita bíblica, y se puso a buscar entre los miles de fragmentos entre los que trabajaba, hasta que fue armando el rompecabezas.

A fin de ese año de 1872, George presentó ante un auditorio calificadísimo de eruditos, teólogos y arqueólogos, lo que James Pritchard llama, en su clásico La Arqueología y el Antiguo Testamento, “uno de los descubrimientos más importantes del siglo”. El hallazgo lo catapultó a la fama mundial y le permitió viajar a la ciudad de sus sueños y comenzar a trabajar como arqueólogo.

Parece increíble, pero una semana después de empezar a cavar en Nínive encontró las tablillas que completaban el relato sobre el cual había estado trabajando. Ni lerdo ni perezoso, consiguió patrocinadores que le financiaron una expedición de unos seiscientos hombres que, a todo vapor, se hicieron con más de tres mil inscripciones antes que el gobierno turco les mostrara la puerta de salida. Dos años más tarde quiso volver, pero ya la suerte le había dado vuelta la cara, y Smith primero perdió a su compañero de viaje entre Constantinopla y Bagdad, después no pudo convencer a los locales de trabajar para él en pleno verano, y por último se pescó una fiebre estomacal que lo llevó a la tumba.

George había descubierto, él solito, parte de la biblioteca del rey asirio Assurbanipal, monarca de Nínive unos setecientos años antes de Cristo. Era la famosa epopeya de Guilgamesh, que contenía aquella historia del Diluvio. Otros arqueólogos completaron luego aquella maravillosa historia, que luego se conoció por la obra colectiva de todos ellos.

“El episodio del Diluvio –dice Pritchard- es solo una escena de la epopeya de Guilgamesh. En él Utnapistim, el héroe del Diluvio, relata cómo se libró de la general destrucción de la humanidad. Los grandes dioses de la antigua ciudad de Surupak decidieron destruir el género humano mediante un diluvio. El dios Ea reveló el decreto divino, permitiendo oír la Utnapistim la siguiente advertencia:

“Hombre de Surupak, hijo de Ubar-Tutu,
derriba esta casa, construye un barco.
Deja tus posesiones, salva tu vida.
Renuncia a los bienes terrenos y mantén con vida tu alma.
En el barco conserva la simiente de todas las cosas vivientes.
Del barco que has de construir
has de tomar las medidas.
Ha de ser igual el largo y el ancho.
Como Apsu has de ponerle cielo raso…”
Después de una conversación entre Utnapistim y Ea, se describe la construcción del barco:
“Los pequeños acarrearon betún,
los mayores trajeron todo lo que además era necesario.
El día quinto puse la armazón.
De un acre íntegro era el espacio del piso,
diez docenas de codos la altura de cada pared,
diez docenas de codos cada borde del techo en cuadro.
Puse los costados y los junté.
Lo proveí de seis cubiertas,
y las dividí en siete partes.
La planta del piso la dividí en nueve partes.
Aseguré tapones en él.
Tuve cuidado de los remos y cargué provisiones…”
Fueron almacenadas cantidades de betún, asfalto y aceite en el barco.
“Bueyes castrados carneé para la gente
y maté ovejas cada día.
A los obreros di a beber
Mosto, vino tinto, aceite y vino blanco,
Como si fuera agua del río,
Para que pudieran banquetear como en Día de Nuevo Año.
El día séptimo estuvo terminado el barco.”
La hora del diluvio ha llegado. El poeta describe los pormenores de la tempestad que se avecina:
“Miré el aspecto del tiempo,
era terrible contemplar el tiempo.
Subí al barco y cerré la entrada.
Con el primer destello de la aurora
apareció una negra nube en el horizonte.
Dentro de ella Adad tronó,
Mientras Shullat y Hanish iban delante,
Moviéndose como heraldos sobre colinas y llanuras.
El terror de Adad llega hasta los cielos,
que convirtieron en tinieblas lo que estaba iluminado.
El vasto país fue destrozado como una olla.
Un día sopló el vendaval del Sur,
ganando velocidad a medida que soplaba, sumergiendo las montañas,
alcanzando a la gente como una batalla.
Ninguno pudo ver a su compañero,
ni pudo la gente ser reconocida desde el cielo.
Los dioses estaban espantados por el diluvio,
retrocedían y subían al cielo de Anu.
Los dioses se acurrucaban como perros
agazapados junto a la pared externa.
Istar gritó como una mujer con dolores de parto,
la señora de los dioses, de la dulce voz, gimió fuerte:
‘los tiempos pasados, ay, se han hecho barro,
porque yo encargué el mal en la asamblea de los dioses.
¡Cómo pude yo encargar el mal en la asamblea de los dioses,
ordenar una batalla para la destrucción de mi pueblo,
siendo yo misma quien dio nacimiento a mi pueblo! …’
Los dioses Anunnaki lloran con ella,
los dioses, todos humillados, se sientan y lloran,
sus labios respiran con dificultad… uno y todos.
Seis días y seis noches
sopla el viento, y el vendaval del Sur barre la tienda.
Al llegar el día séptimo
se apaciguó en la batalla el vendaval del Sur que traía las aguas,
el cual había peleado como un ejército.
El mar se aquietó, la tempestad se calmó, el diluvio cesó.
Miré el tiempo: había vuelto la calma,
Y todos los hombres se habían convertido en barro.
Abrí una escotilla y la luz cayó sobre mi rostro.
Inclinándome me senté y lloré,
lágrimas corrieron sobre mi rostro.
En el Monte Nisir se detuvo el barco.
El Monte Nisir retuvo el barco
y no le permitió moverse.
Un día y otro día el Monte Nisir retuvo el barco
y no le permitió moverse.
Un tercer día y un cuarto día, el Monte Nisir retuvo el barco
y no le permitió moverse.
Un quinto día y un sexto día, el Monte Nisir retuvo el barco
y no le permitió moverse.
Cuando llegó el día séptimo
solté una paloma y la envié lejos.
La paloma partió, pero regresó;
como no había lugar de reposo para ella, volvió.
Entonces solté una golondrina y la envié lejos.
La golondrina partió, pero regresó;
como no había lugar de reposo para ella, volvió.
Entonces envié un cuervo y lo dejé volar.
El cuervo partió y viendo que las aguas habían disminuido,
come, da vueltas, gazna y no vuelve.
Entonces dejé salir a todos hacia los cuatro vientos
y ofrecí un sacrificio.
Levanté siete y siete vasos de culto,
los dioses olieron el olor,
los dioses olieron el suave olor,
los dioses se amontonaron como las moscas alrededor del sacrificio.”


(Traducido de una tablilla grande de arcilla, proveniente de la biblioteca de Assurbanipal en Nínive, con la inscripción de la versión asiria del relato del Diluvio. En: James B. Pritchard, La arqueología y el Antiguo Testamento, Buenos Aires, EUDEBA, 1962.)

Nora V. Iglesias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s