La historia sale a escena

Cada vez más obras de teatro se ocupan de hechos y personajes históricos. Cómo y por qué el pasado nacional se volvió taquillero. El fenómeno, analizado por Mario Diament, Pacho O´Donnell y otros dramaturgos y directores.

Por Natalia Blanc
De la Redacción de LA NACION

historia teatroA un año del Bicentenario de la Revolución de Mayo, la historia argentina cobró protagonismo en los escenarios locales. En las obras en cartel y en futuros estrenos, predominan los temas y personajes históricos. Ya sea con un enfoque revisionista, una mirada irreverente o un tono didáctico, varios dramaturgos argentinos coincidieron en contar, cada uno a su manera y con diversos estilos y resultados, qué pasó en el país en los últimos doscientos años. Esta temática, reflejada en Mueva la Patria, Del aceite a la cacerola, Mirá lo que hay que escuchar y Lovely Revolution, entre otras, atrae al público tanto como los conflictos de las familias disfuncionales y las parejas en crisis, tan recurrentes en la cartelera porteña.

¿A qué se debe que la relectura de la historia se haya convertido en el eje temático de varios espectáculos nacionales? ¿Se trata de una simple moda o es un intento de trasladar al teatro el éxito de los libros de Felipe Pigna y Jorge Lanata sobre la historia nacional?

Responde Mauricio Kartun, autor y director de El niño argentino, obra en la que describe con ironía las costumbres de la clase alta local de principios del siglo XX: “La historia es una fuente formidable de material dramático, si se dejan de lado las rutinarias versiones oficiales. Tiene metáforas, paradojas y conflictos, que son el motor del drama. También, héroes, que acá abundan, y traidores, que sobran. Es el paraíso de cualquier autor. La distancia temporal, además, permite jugar con el lenguaje con una libertad literaria extrema. Así entendida, la historia es poesía pura”.

Contra el manual escolar

En la lista de obras sobre el tema se destacan dos grupos: las que hacen una revisión de ciertos hechos políticos y sociales del pasado reciente y las que parten de las biografías de algunos personajes históricos clave para contar una época. Al estilo de Salsa criolla (estrenada en 1985) y Candombe nacional (2002), de Enrique Pinti, Mueva la Patria, Del aceite a la cacerola, Mirá lo que hay que escuchar, El fulgor argentino, Ay la Patrie! y Argentina improvisada proponen un recorrido histórico por medio del humor y la ironía.

Mueva la Patria, creación colectiva de cuatro de los fundadores de la revista Barcelona (Pablo Marchetti, Fernando Sánchez, Javier Aguirre y Eduardo Blanco), se presenta como la “primera ópera cumbia sobre la historia argentina”. Esta comedia musical, dirigida por Valeria Ambrosio, está narrada por Romina de Caballito y el Negro Cabeza, dos personajes que viven un romance imposible desde que se conocen frente al Cabildo en 1810, justo cuando el pueblo quiere saber lo que pasa. A los protagonistas los acompañan un “coro de garcas” (un militar, un cura, un estanciero y una señora de alta sociedad) y un cuerpo de actores-bailarines que representan a próceres y ex presidentes: San Martín, Belgrano, Rosas, Sarmiento, Roca, Rivadavia y Perón, entre muchos otros. Estrenada en La Trastienda en enero, la de esta noche es la última función de la actual temporada.

Sánchez, uno de los autores de las canciones y los textos, contó a adncultura que la idea de montar una “ópera cumbia” para repasar la historia nacional surgió a partir de un pedido del Centro Cultural Caras y Caretas. Sobre las fuentes utilizadas para recrear los hechos históricos, menciona en primer lugar Wikipedia, la enciclopedia on-line creada por usuarios de Internet. También, la memoria escolar. “Jugamos con los lugares comunes del manual que aprendimos a repetir de memoria en el colegio -explica-. Los personajes históricos que aparecen caricaturizados en la obra son como los contó la historia oficial escolar, con algunas características subrayadas y algunas contradicciones más expuestas.”

Cuando se le pregunta si el objetivo de la obra es dar una versión propia de la historia o sólo divertir al público, Sánchez contesta: “Es una relectura de la historia según Billiken, hecha por el Negro Cabeza, que relata su versión con él como protagonista. ¿Qué buscamos? Primero, hacer algo serio y prolijo, por eso trabajamos con Valeria Ambrosio, que conoce el género del musical a la perfección; con un músico talentoso como Martín Telechanski; y un elenco profesional de cantantes y bailarines. Después sí, buscamos la complicidad del espectador, para que pueda reírse de la historia y de sí mismo, pensar de nuevo y sin tanto almidón lo que nos contaron cuando éramos chicos”.

Del aceite a la cacerola ( www.delaceitealacacerola.com ), de Roberto Cortizo Petraglia, lleva como subtítulo La cocina de la historia argentina y también propone una versión “delirante” de los hechos reales. Lo de la cocina es literal, ya que la obra está contada por dos cocineras que transitan por varias épocas: desde la de la Colonia hasta tiempos cercanos al actual. Mientras cocinan, los personajes son testigos de importantes sucesos políticos. El rumbo del país y las comidas que preparan cambian según el gobierno de turno. Así, aparecen en escena paté de foie para el virrey Liniers, puchero para Hipólito Yrigoyen y otros platos, cuyos destinarios los espectadores reconocen enseguida: pizza con champán, sushi y cordero patagónico. En una ventana se proyectan imágenes de distintos momentos históricos, mientras se escuchan sonidos de la época. Interpretada por la Compañía de Teatro Juglares, especializada en obras históricas, continúa sus funciones en la sala Andamio 90 durante el mes de agosto.

Otro grupo que se dedica a contar el pasado por medio del teatro es el Museo Viajero ( www.elmuseoviajero.com.ar ), creadores de espectáculos destinados al público infantil, como Mondongo para Manuel, La pequeña aldea y Manuel Belgrano, ensayo ¡General!, entre otras. Fue fundado en 1995 por Héctor López Girondo (titiritero, actor y director), Raquel Prestigiacomo (semióloga y docente universitaria) y Fabián Uccello (historiador y actor). En Mondongo para Manuel, un musical con actores y títeres, también hay en escena una cocina que usan para explicar las costumbres culinarias en tiempos de la Revolución de Mayo. Si bien los textos tienen una intención pedagógica, las comedias históricas del grupo (con funciones en el teatro del Museo Saavedra y en una sala propia) están basadas en un humor apto para todo público.

Así como Belgrano es el protagonista de dos obras infantiles, Mariano Moreno es el personaje central de Lovely Revolution, un musical sobre la Revolución de Mayo escrito por Enrique Papatino y dirigido por Enrique Dacal, que se estrenó a fines de julio en el Celcit. Presentada como una “vertiginosa tertulia”, está construida a partir de datos surgidos de biografías y también con “lo que sospechamos que pudo haber sucedido en aquel misterioso y último viaje de Moreno”, según sostienen los creadores, quienes reconocen haber trabajado “con el menor respeto posible por la historia académica y con gran respeto por esa profunda continencia que postula la épica del teatro brechtiano”. En la obra también tiene protagonismo Guadalupe Cuenca, la mujer de Moreno.

Otro personaje femenino rescatado por el teatro es Camila O’Gorman, que aparece en Ay la Patrie!, de Cristina Escofet. En esta “trastienda de la historia”, como indica el subtítulo, O´Gorman relata su fusilamiento, ordenado por Rosas. También hay alusiones a Eva Perón (una mucama sueña que es Evita) y a la masacre de Ezeiza.

Por todo el país

Cornelio Saavedra, Juan José Castelli, Manuel Belgrano, José de San Martín, Mariquita Sánchez de Thompson, Encarnación Ezcurra y Juan Manuel de Rosas, entre otros, aparecen en las veintitrés obras del ciclo “El Teatro y la Historia…hacia el Bicentenario”, organizado por la Comedia de la Provincia de Buenos Aires, que dirige Lito Cruz. Presentadas en museos, escuelas y teatros, con entrada gratuita, cuentan con el asesoramiento de Pacho O?Donnell, Felipe Pigna y Osvaldo Bayer y tienen una versión radial y una televisiva, que incluyen entrevistas con dramaturgos, directores e historiadores.

Lito Cruz y Rubén Stella son los protagonistas de El encuentro de Guayaquil, pieza de O’Donnell sobre San Martín y Bolívar que se presenta los jueves en la sala Carlos Carella y sale de gira por el país los fines de semana. Man in chat, de Jorge Villegas, también trama un encuentro entre San Martín y Bolívar, como el texto de O’Donnell, pero con una gran diferencia: en este caso, la reunión es virtual. En tiempos de Internet, los próceres se comunican por chat.

“Teatro e historia mantienen relaciones peligrosas. Se nutren recíprocamente, porque la historia dota de temas a las obras teatrales y el teatro es imprescindible para contar una época -reflexiona José Miguel Onaindia-. Pero el teatro tiene un código de verosimilitud propio y diverso según sus estilos, a los que la precisión histórica puede desfavorecer. Creo que el teatro es un método para permitir la comprensión de acontecimientos y personajes, pero no para acercarnos a la precisión de la ciencia de la historia, porque en ese supuesto cae en lo pedagógico y pierde interés como expresión artística. El teatro recrea con sus propios instrumentos la atmósfera de una época y permite que el espectador la aprehenda, sin necesidad de datos y documentos. Un guapo del 900 (Samuel Eichelbaum), El reñidero (Sergio de Cecco), La malasangre (Griselda Gambaro) o la versión teatral de la novela El beso de la mujer araña (Manuel Puig) son sólo algunos ejemplos de cómo se puede contar un tiempo y darle actualidad, sin recurrir a la didáctica.”

Sucesos argentinos

Kartun, que escribió en la década de 1970 las obras Civilización… ¿o barbarie? y Agua de Colonia , considera que la historia se instala en el teatro nacional “por oleadas”. En aquella época, explica, “hubo un auge de la temática y la sustentaba cierto modelo bretchtiano. Durante la dictadura, en cambio, era más seguro cerrar la boca y entonces hubo menos obras históricas y políticas. Con la vuelta a la democracia, cierta recurrencia de aquel tipo de teatro, algún didactismo irritante y la aparición de una nueva generación de dramaturgos más inquietos por hablar del presente desde el presente mismo terminaron por volverla menos habitual”. Sin embargo, agrega, “algunos fanáticos del género volvemos a él cada tanto: mi última producción, Ala de criados, que estreno este mes en el Teatro del Pueblo, es justamente una mirada y una opinión sobre la Semana Trágica de 1919”.

Para Bernardo Carey, autor de Titulares (La voz del pueblo), sobre Natalio Botana y Salvadora Medina Onrubia, los autores de su generación tienen una mirada distinta de la de los más jóvenes frente al hecho teatral: “En los textos de los dramaturgos nuevos predominan los conflictos personales y las autobiografías, fuentes muy atractivas que se trabajan actualmente en las escuelas y cursos de dramaturgia. A mí, en cambio, me genera interés todo material que se me aparece como una metáfora de la historia o de algún mito -dice-. Mi primera obra, El sillico de alivio, trataba sobre la Buenos Aires de 1627, donde los gobernantes eran contrabandistas. Y mis otras piezas, como Discepolín y yo, también están relacionadas con el pasado reciente. Pero no me estimulan los tiempos políticos ni me preocupa la fidelidad histórica. Me interesan las pasiones de los hombres. En especial, de aquellos que se juegan la vida”.

Carey y otros autores, como Eduardo Rovner, integran la Fundación Somigliana y el Teatro del Pueblo, heredero de Teatro Abierto, que funcionó entre 1981 y 1985. Su primera sede, en el Teatro del Picadero, fue incendiada una semana después de la inauguración. A partir del atentado, el grupo adquirió una connotación política que trascendió las fronteras del país.

Un fenómeno similar se dio con Teatro por la Identidad, ciclo organizado por las Abuelas de Plaza de Mayo, centrado en obras que reflexionan sobre la memoria. En ese marco temático se inscribe Ausencia, de Adrián Canale, estrenada recientemente en Puerta Roja. “La armé a partir de La Orestíada, de Esquilo, y usé como disparador la serie de fotografías sobre desaparecidos que hizo Gustavo Germano, llamada Ausencias. El espectáculo tiene conexiones con la década de 1970 en la Argentina y la espiral infinita de violencia de la época”, cuenta el autor.

Entre los próximos estrenos figura la obra Illia, ¿quién va a pagar todo esto?, con dirección de Alberto Lecchi, que Rovner escribió hace diez años. “Las motivaciones fueron tanto ideológicas como éticas y personales -comenta el autor-. Vivíamos una época, la del menemismo, en la que la corrupción, la ostentación y la frivolidad eran moneda corriente. La política era de entrega del país a los capitales financieros globalizados. Por otra parte, soy un admirador de Illia, no sólo por su honradez y austeridad, sino porque quiso, en todas sus medidas de gobierno, hacer de nuestro país una nación independiente. La obra cuenta la vida del ex presidente y la evolución del movimiento que terminó en el golpe militar, que muchos apoyaron. También intenta desmitificar la imagen pública que se había creado. Muestro a un político honesto, sensible, que defendió los derechos del país y de la clase trabajadora.” Lecchi, que debuta con esta obra como director teatral, define la pieza de Rovner como “un documental teatralizado, que habla sobre el país, la política y la historia.”

Illia y otros ex presidentes son personajes de El fulgor argentino, un clásico del repertorio del grupo de teatro comunitario Catalinas Sur, cuya acción comienza en 1930 y culmina en la actualidad. Representada en el Galpón del Sur, en la obra se suceden golpes de Estado, manifestaciones, enfrentamientos políticos y cruces verbales. Muchas de las frases que se dicen en escena son reales, algo que también ocurre en Mirá lo que hay que escuchar, de Patricio Orozco, un espectáculo que refleja las luchas de poder en el país por medio de los discursos políticos, las declaraciones en la prensa, las frases célebres y algunas canciones populares. El recorrido abarca desde la primera Invasión Inglesa en 1806 hasta el presente. El autor actualiza el final, al ritmo de los acontecimientos políticos y sociales. Por eso incluyó una referencia a la gripe A y cambió el afiche original. Ahora, las caras de los gobernantes aparecen cubiertas por barbijos.

“En tiempos de inquietud por el futuro empezamos a mirar el pasado buscando respuestas, explicaciones y salidas -concluye Kartun-. Pero creo que para desarrollarse como género, el tema requiere de ciertas condiciones: entre ellas, autores singulares que estén preocupados por el futuro y el pasado; que sean capaces de rastrear en ese pasado, de convivir con sus claves, de reproducirlo con una verosimilitud muy exigente. Si las nuevas generaciones de creadores le pierden prejuicio y le encuentran el filón, habrá sobre el escenario historia para rato”.

© LA NACION

Nota completa en el Diario La Nación, día 4-8-2009.

Podés leer también otra nota sobre el tema, en el mismo diario: “Reinventar sin destruir”.

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