Don José de San Martín: de héroes, mestizos y locos

Fuente: Pacífico Otero, José, Historia del Libertador Don José de San Martín, Tomo 4. Buenos Aires, Ed. Círculo Militar, 1978, p. 193.
San Martín ecuestre, grabado de Géricault. Fuente: Pacífico Otero, José, Historia del Libertador Don José de San Martín, Tomo 4. Buenos Aires, Ed. Círculo Militar, 1978, p. 193.

En diciembre de 1816 el general San Martín le envió al mariscal de los ejércitos realistas, Francisco Marcó del Pont, una copia del Acta de la Independencia de las Provincias Unidas en Sud América. Marcó dio al emisario, Alvarez Condarco, una recepción tan fría que éste apenas salvó el cuello y luego ordenó al verdugo quemar el documento en la plaza de Santiago. El soberbio mariscal, después de advertirle al edecán de San Martín que no sería tan condescendiente con el próximo enviado de los “insurgentes” que llegara, le firmó de malhumor un pasaporte, y para ofenderlo le dijo:

-Yo firmo con mano blanca, no como la de su general, que es negra.

El hidalgo ironizaba sobre el color de la piel de San Martín, a quien los realistas llamaban El cholo de Misiones, pues lo suponían mestizo, y “cholo” significaba indio. San Martín conoció la anécdota por boca de Alvarez Condarco.

Tiempo después, el capitán general de Chile debió huir de Santiago ante el avance de las patrullas patriotas. Un anciano campesino lo delató y así fue apresado y enviado de vuelta a la capital. Durante siete lentos días, Marcó y sus hombres desandaron el largo camino de su huida, cargando con el temor a ser fusilados por aquellos cuyas cabezas habían tasado cuando no imaginaban la derrota. Apenas llegado a Santiago, Marcó del Pont fue conducido ante el general vencedor. San Martín, vestido con el sencillo uniforme de campaña, avanzó mirando fijamente al prisionero con gesto adusto. Cuando estuvo frente a él le soltó, sonriendo:

-¡Venga esa mano blanca, mi general!

La crónica no refiere la reacción del prisionero, pero podemos imaginarla. Lo cierto es que más tarde los realistas fueron enviados a San Luis. Años después ensayaron una fuga de la prisión, pero otra vez fueron delatados por un preso riojano que purgaba allí delitos políticos y se llamaba Juan Facundo Quiroga.

Cuántas anécdotas alimentan la leyenda del Gran Capitán… Cuántos se han encargado de forjar la imagen de un hombre sencillo, un pequeño hombre enfrentado a un gran desafío en las peores condiciones, un hombre sensato embarcado en una epopeya fantástica…

San Martín no luchó por un caudillo, no luchó por un político, ni siquiera luchó por la Argentina. Es que Argentina aún no existía en los términos de la época. San Martín y Bolívar combatieron por la patria grande, la patria americana. Ha dicho un historiador: “…San Martín volaba alto: quería emancipar a Hispanoamérica, o quizás a América del Sur. Pero era necesario manejarse con las pequeñas realidades.” Primero, consiguió lo que pudo en Cuyo; luego con el apoyo del Director Pueyrredón exprimió a fondo a las provincias para solventar su ardua empresa. En tercer lugar, obtuvo el apoyo de Chile y de los chilenos. Así organizó él mismo la campaña de los Andes: instruyendo a los reclutas inexpertos, formando en un rígido entrenamiento a los oficiales, fabricando la pólvora y los cañones, consiguiendo desde los calzoncillos de la tropa hasta el charqui que engañara el hambre. Se le ocurrió así ejecutar un complejo plan que pretendía trasladar un ejército numeroso a través de la temible cordillera. El mismo historiador escribió: “Parecía la obra de un coreógrafo. El resultado en Chacabuco fue impecable. San Martín se graduó de general con todos los honores. Sólo Bolívar estaba a su altura.”

Durante los festejos que se hicieron en la plaza de Mendoza por el inicio de la campaña libertadora, el general, al ver a sus oficiales arremeter temerarios contra los toros,  había dicho: –La patria necesita de estos locos. Cinco mil cuatrocientos locos que resistieron el intenso frío de las altas cimas y el apunamiento, y sorprendieron a América con su audacia y su cohesión. El mismo San Martín sufría intensamente por sus múltiples dolencias crónicas y su vieja úlcera lo atormentaba tanto que en muchos tramos debieron llevarlo en una camilla. Veinticinco largos días tardó todo ese ejército en llegar a Chile cruzando las cumbres hostiles, con ayuda de las fuertes mulas. ¿No es esta imagen más heroica que la del imperturbable jinete del caballo blanco, que nunca existió? No es difícil imaginar el indecible esfuerzo físico de esos hombres humildes fatigando sus perseverantes mulas por esas inmensidades solitarias y desconocidas.

Seguramente es mucho más arduo reproducir hoy en nuestros corazones esa fuerza movilizadora, esa pasión patriótica que los condujo a un triunfo atronador sin reparar en los costos. Pero personalmente creo que en esta época de ídolos con pies de barro debemos permitirnos sentir orgullo por quienes merecen nuestra admiración genuina, verdadera. Sí, hay hombres que son más dignos, más elevados, que pueden servir de ejemplo.

¿Por qué no admirar al hombre que, como gobernador intendente de Cuyo, rechazó del cabildo mendocino una casa y sólo cobraba la mitad de su sueldo asignado? ¿Qué otra cosa sino respeto inspira saber que San Martín, celebrado por su magnífica victoria, rechazó del gobierno chileno diez mil pesos fuertes y los destinó a fundar una biblioteca? ¿No es maravillosa para todos la existencia de un hombre que engendraba la ciega adhesión de sus conciudadanos ante el ejemplo de su vida severa, seguros de que “velaba sin desmayo por la educación, la familia, la economía y la cultura en todas sus manifestaciones, al margen de intereses partidistas y sin más afán que alcanzar la felicidad y el progreso en la libertad”? Sí, hombres así son posibles y es a ellos a quienes debemos dirigir nuestra mirada. Hombres así son una influencia positiva para sus contemporáneos y para sus descendientes. El desafío es buscarlos y darles su lugar en la sociedad. El heroísmo de San Martín radica esencialmente en no ser excepcional, en ser un hombre normal. Y cada uno de nosotros puede ser, también, un pequeño héroe en su vida cotidiana.

En 1843, Juan Bautista Alberdi visitó a San Martín en su residencia de París, y luego relató así aquel encuentro: “Entró por fin, con su sombrero en la mano, con la modestia y apocamiento de un hombre común. ¡Qué diferencia le hallé del tipo que yo me había formado, oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores en América! Por ejemplo: yo le esperaba más alto, y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado; y no es más que un hombre de color moreno…; yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne; pero lo hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha, aunque más grave, desnuda de todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal de voz, notablemente gruesa y varonil. Habla con toda la llaneza de un hombre común. Al ver el modo cómo se considera él mismo, se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así.”

Saludemos la memoria de nuestro héroe y crucemos nuestra propia cordillera.

Nora V. Iglesias


¿Te interesa?

Leé más sobre San Martín en:

Suplemento Especial de Clarín Digital: San Martín. Los documentos del cruce.

También en el site del Instituto Nacional Sanmartiniano.

Y más en Historia Extrema, un reality histórico emitido en 2008 para toda Latinoamérica por The History Channel, en el que el historiador Jorge Núñez conduce una investigación sobre el cruce de los Andes.


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