Abraham Lincoln por Sarmiento

Leemos en el Diario Crítica del día de hoy, 24 de agosto, que la editorial Claridad reeditó el libro Vida de Abraham Lincoln escrito por Domingo F. Sarmiento y publicado en 1866. A continuación, transcribimos un fragmento del libro publicado por Crítica:

ojos-de-sarmiento“En verdad que nadie puede con propiedad llamarse autor de la biografía de hombres que han llegado entre las agitaciones de la vida pública a puestos tan encumbrados como Lincoln. Son estos personajes como aquellos lienzos transparentes, con letreros legibles desde la distancia, merced a su propia luz interna. Nacido Lincoln a la sombra de los bosques, su vida privada, desde que llega a la edad viril, compónese para el público de discursos en los meetings populares; y su vida pública de oraciones parlamentarias, que más tarde se fijan en decretos y proclamaciones. Su muerte misma es el último acto de vida tan consagrada a la cosa pública.
Una bala criminal, dirigida por las pasiones políticas, lo alcanza, en medio de las felicitaciones del triunfo, y le acuerda los honores del martirio. El Comandante General de los Ejércitos y Marina de los Estados Unidos es el último soldado que muere en aquella guerra colosal.

Su historia ha debido ir quedando como estereotipada en las hojas diarias de la prensa, o en los registros oficiales de documentos públicos. Ni corregir es dado tales pruebas, limitándose, el que quiera darle cuerpo y forma, a compaginarlas por orden de fechas, cuando la Providencia ha puesto el finis coronat opus a este libro escrito día a día en 56 años de vida.

Así es como conservando el tono simple y sin pretensión literaria de las diversas biografías, al hablar de personaje tan sencillo en lenguaje y maneras, esta compilación ha querido evitar el juicio que sobre una de las biografías publicadas en Francia hace un escritor norteamericano. “En la apariencia exterior, dice de este libro, nada hay que lo distinga de las memorias que por millares publica la prensa francesa; pero al abrirlo y leerlo, ¡cuánta extrañeza no debe causar al espíritu de un americano, el encontrarse con esta vida de nuestro tan sencillo Presidente! A veces aquel sentimiento llega a ser tan pronunciado, que uno duda de la identidad de Abraham Lincoln con el héroe del vivaz autor francés. Y no viene esto de alguna palpable inexactitud de los hechos que se refieren a la vida del Presidente Lincoln, o de deducciones u opiniones erradas sobre su carácter, sino simplemente del peculiar color y sabor que da a la historia el folletinista parisiense, que no puede dejar de ser espiritual, aun cuando trata de cosas serias, y que no quiere pasar por pesado aunque guste de filosofar. Y de corazón escribe M. Arnaud, no puede haber duda, puesto que es ardiente partidario de la causa de la libertad y de la verdad, y un sincero admirador del Presidente Lincoln, a su manera espiritual y francesa”.

El nombre de Abraham Lincoln ha llegado a la América del Sur entremezclado con la narración de los acontecimientos sorprendentes de una guerra gigantesca, que ha tenido en suspenso a la humanidad entera. Habíamos asistido desde lejos a este drama, así como la actividad asombrosa de las comunicaciones entre todos los pueblos del mundo nos había hecho seguir de cerca e instruirnos sucesivamente en todos sus pormenores, causas y resultados acerca de la sublevación de los cipayos en la India, la toma de Sebastopol en la antigua Cólchida; y de las batallas de Solferino y de Magenta en Italia, cuando los italiotes volvían a reclamar, por segunda vez, dieciocho siglos después, sus derechos a la ciudadanía romana.

Más de cerca que la del resto del globo, nos interesa comprender las evoluciones que en su desarrollo ejecutan los Estados Unidos de Norteamérica, cuyas instituciones y rápido engrandecimiento son como el itinerario que nos está trazado por la similitud de origen colonial, la comunidad de continente, y hasta de ríos estupendos que fluyen de los Andes, lo mismo de la Sierra Nevada que del Chimborazo o Tupungato; aunque estemos al principio de la jornada y vacilemos y perdamos el camino por no estar bien trazado; si no se pretende todavía que están condenados a vagar sin término los descendientes de los patricios y pueblos del Lacio, que en su dispersión fundaron la serenísima República de Venecia, sentada catorce siglos a orillas del Adriático, Génova, Pisa, Luca y Florencia, que restauraron las letras y las bellas artes antiguas, y crearon el comercio y la industria moderna, hasta que el genio de la raza latina, con Colón y Cabot, salvando mares hasta entonces ignotos, cuales otros Eneas, señaló el nuevo campamento donde habría de terminarse, en cuanto a instituciones libres, el laborioso ensayo principiado a orillas del Tíber, y cuya meta está ya más cerca de lo que se pensaba hace cuatro años.

Los asesinos de Lincoln cayeron bajo la cuchilla de un tribunal militar, y el hábeas corpus fue negado en favor de una señora por el Presidente, que, siendo diputado, propuso al Congreso el bill de reparación de una injusticia con Jackson; salvando la prerrogativa del Ejecutivo en tiempo de guerra.

La trágica muerte de Lincoln, elevándolo a la categoría de los mártires, y colocando uno al frente de la emancipación, como si, para levantar la parcial maldición de Noé, hubiese sido necesaria una víctima expiatoria, ha adelantado el dominio de la historia y la acción de la posteridad hasta la puerta de su fresca tumba. Lincoln ha completado a los Estados Unidos como gobierno, sometido a la prueba del conflicto intestino, y sacándolo ileso; como asociación, ha borrado la tacha que empañaba sus libertades con la abolición de la esclavitud; como pueblo llegando al poder por sólo el influjo de la palabra, del convencimiento, y trayendo consigo a la Presidencia al pueblo trabajador con ásperas y honradas manos, pero con inteligencia cultivada; mostrando al mundo completa ya la revolución democrática a que marcha fatalmente, en el hecho de ser gobernado por el pueblo, para el pueblo, con el pueblo: bien es verdad que ese pueblo, por la difusión de la enseñanza, por los raudales de luz que derrama la prensa, por los debates del jurado, el speech del meeting, el discurso de la Legislatura, el mensaje y la proclamación razonada del Presidente, se llama Franklin, Webster, Clay, Chase, Grant, Douglas, Jackson, Lincoln, Johnson, todos del pueblo llano, enérgico, instruido y capaz de elevarse con el trabajo, con la paciencia, con el talento, con el patriotismo, como móviles, hasta la altura de los más grandes próceres que honran a la humanidad.

Detrás de Washington viene al espíritu invenciblemente el nombre de Lincoln, el que termina la obra liberatriz que el señor aristócrata del Sur no se atrevió a acometer; el que realiza sus previsiones de grandeza futura, y lanza a los Estados Unidos en el mar proceloso de la historia contemporánea, como veíamos lanzar ayer al Dunderberg en las olas del Hudson, la mayor de las simbólicas naves, encorazada, tripulada por cuarenta millones de marinos que pueden ser pilotos, con todas las máquinas e invenciones que encierra aún el gigantesco cerebro de la República; porque esta gran fuerza intelectual y material la ha acumulado en sólo ochenta años, y la presenta hoy a las miradas del mundo, como muestra de su poder creador, y no como coerción, como ejemplo y modelo, y no como fuerza compulsiva.

Por los Estados Unidos ha quedado probado lo que Lincoln, en presencia de las tumbas de los millares de muertos en Gettysburg, ponía como un problema de la historia. “Si un Estado, concebido en libertad, y consagrado a la proposición de que todos los hombres han nacido iguales, podría subsistir”. Este Estado subsiste aun después de la guerra, habiendo ensanchado durante ella el círculo de las libertades humanas; mientras que con mano fuerte mantuvo el gobierno, sin dejarse arrastrar por las corrientes de opinión que a derecha o izquierda querían desviarlo; ya transando con la rebelión, para que la hidra hiciese renacer luego la cabeza cortada; ya exagerando las garantías individuales, en presencia de la cuestión de ser o no ser, que los romanos sabían ponerse y resolver con frente serena, y que la experiencia y sobriedad de la libertad inglesa no esquivó, dejando al alcance de la corona el resorte que en tiempos turbados suspende la garantía del recurso al hábeas corpus.

Para la reconstrucción de la Unión, después de sofocada la rebelión, tiene su máxima favorita: “La Unión como era”. Grave riesgo había en efecto de que la deslealtad de los Gobiernos del Sur, la exageración misma de sus interpretaciones de la Constitución por un lado, y por el otro la tendencia de todo poder triunfante a absorber autoridad, trajesen una modificación esencial en esta organización federal que, salida del acaso, ha dado, sin embargo, un nuevo mecanismo al gobierno; pudiendo la República dilatarse, sin traer, por su propia dilatación, la necesidad de tendones de hierro para mover tan poderosa masa. Roma sucumbió ante esta dificultad que los Estados Unidos salvaron, dejando a samnitas y griegos su vida propia, y sólo conservando la Nación el poder exterior, y los medios de conservar las formas republicanas. En la cuestión de la esclavitud, Lincoln estaba contra los abolicionistas y los dueños de esclavos. En la reconstrucción se tuvo, en el terreno de la tradición constitucional, lo que los curiales entienden por reponer al estado en que las cosas se encontraban, antes del caso apelado; y lo siguió Johnson, cuando, muerto Lincoln, debió poner la firma en el decreto de restauración, encargándose, sólo por acefalía, de darle una forma republicana de gobierno.

Al anunciarle su reelección, emitió un profundo pensamiento político de cuya ignorancia ha sufrido muchas veces la América del Sur. Atribuyéndolo a un viejo y experimentado labrador dijo que nunca era bueno cambiar de caballos en medio del río. Su reelección era sólo, según él, hasta pasar, como la prudencia lo aconseja, el conflicto en que el país se hallaba envuelto.

La apreciación de las consecuencias de los acontecimientos que se han desenvuelto durante la administración Lincoln no entran en su biografía. Necesítase, para la contemplación de los grandes cuadros históricos, colocarse a la mayor distancia posible de tiempo, a fin de poder abarcar el conjunto, y estudiar sus armonías, descubriendo detalles que completan la escena, o bien quitando su relieve excesivo a las figuras del primer plano.

Así también la vida de Lincoln está por sí sola destinada a ser de un grande beneficio como enseñanza para los pueblos. No es la violencia del bárbaro, abriéndose paso con el mazo que descarga sobre sus semejantes más débiles: no es el demagogo que, a trueque de tomar la delantera, dejará tras de sí una brecha irreparable. Es el labrador honrado que estudia las leyes de su país, y conociendo los signos de los tiempos, se propone encabezar al pueblo y lo consigue como San Bernardo, Cobden, como todos los que con la palabra han dirigido los impulsos generosos del pueblo hacia la libertad, el progreso, la igualdad moral. Es la historia política de la titánica guerra civil, sus antecedentes y su fin. Es, al mismo tiempo, el registro oficial de los actos gubernativos que la dirigieron y llevaron a buen fin; pero sobre todo es una escuela de buen Gobierno republicano, cuyas lecciones no serán desoídas por los hombres honrados, que andamos, hace años, con escándalo y disgusto invencible del mundo, dándonos contra las paredes, por no acertar a encontrar el camino que habremos de seguir. La América del Sur carece de antecedentes de gobierno en su propia historia colonial, pues que no ha de ir a pedirle luces a Felipe II, o Fernando VII, sobre el arte de gobernar. No nos las daría mejores la Francia, cuyos publicistas sólo pueden ser perdonados, como la Magdalena, por lo mucho que han amado.

La escuela política de la América del Sur está en Estados Unidos como copartícipes de las libertades inglesas, como creadores de un gobierno libre absolutamente, y fortísimo por excepción, que en la paz ha creado la más próspera nación de la Tierra; y que en la guerra ha desplegado recursos, reunido ejércitos, inventado armas y obtenido laureles, que abren una nueva página en la historia de la guerra moderna, dejando pequeñas las antiguas.

La difusión que este libro tuviese será estímulo o rémora para que otros lo sigan, sobre aquellas materias que las prensas de Bélgica, Francia y España no acostumbran mandar en libros a la América del Sur, y proveerían con facilidad de envío, y en cantidades sin límites, las colosales empresas de librería de Nueva York y Boston, las más perfectas y poderosas en medios de ejecución, y cuyos productos son los más acabados. La América del Norte cuenta con veinticinco millones de lectores asiduos. La del Sur con veinticinco millones de seres que hablan una lengua. ¿Cuántos saben leer y cuántos, sabiendo leer, leerán? Acaso si la cifra nos fuese conocida, hallaríamos el secreto de la sempiterna guerra, y de la posibilidad de conjurarla.”

Ver nota en Diario Crítica.

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