“La prensa obrera hizo un gran aporte a la libertad de expresión en la Argentina”, sostiene Mirta Z. Lobato

Publicado en el diario Clarín del día domingo 25 de octubre de 2009:

A comienzos del siglo XX, coexistían en Buenos Aires los diarios tradicionales con una gran variedad de periódicos que se dirigían a otros públicos, agitaban el debate público e interpelaban a los gobiernos.

por Fabián Bosoer.

mural-detalleA lo largo del siglo XX hubo distintas formas de coartar la libertad de expresión, y en el centro de la escena estaban siempre los periódicos editados por las grandes empresas comerciales, sobre todo cuando eran críticos u opositores del gobierno de turno. En nombre de la seguridad pública se avasallaban o se modificaban las libertades de todos, pero la prensa de las organizaciones sindicales era la primera en caer cuando era incluida en cláusulas restrictivas. Sobrevenían entonces las dificultades para circular, la persecución de redactores y directores y, cuando se organizaron las bandas armadas (como durante la Semana Trágica, el gobierno de Isabel Perón con la acción de la Triple A o el imperio de la última dictadura militar), la destrucción de locales, la violencia física y hasta la muerte.

Pero hay otras formas de recuperar esa historia, la de un país en el que existía una gran variedad de diarios y periódicos populares que difundían información, opinión y cultura. Detrás de esas experiencias fue la historiadora Mirta Zaida Lobato, profesora e investigadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y nos cuenta cómo era aquella “prensa obrera” de un siglo atrás.

Se suele asociar la lucha por la libertad de prensa y la aparición de los primeros periódicos a la burguesía y los sectores ilustrados de la sociedad. Usted muestra que no estuvieron solos en esas batallas.

Así es. En 1853, los legisladores que sancionaron la Constitución Nacional incluyeron un reconocimiento explícito de la libertad de expresión para todos los habitantes. En ese momento no podían imaginar que los derechos reconocidos constitucionalmente serían una y otra vez limitados a lo largo de la historia por diferentes gobiernos. Tampoco podían imaginar que las transformaciones económicas, sociales, culturales y políticas darían lugar a la emergencia de nuevos actores sociales, los que, a su vez, incidirían de diferente modo para hacer uso no sólo de los derechos establecidos sino también para crear otros nuevos. Los trabajadores, las clases populares, reclamaron el derecho a expresar sus ideas libremente e impulsaron a partir de entonces otros derechos como los relacionados con la seguridad social y el bienestar. Este proceso se hizo visible en diferentes ciudades latinoamericanas al comenzar el siglo XX con la circulación de una gran cantidad de publicaciones periódicas de distintas organizaciones destinadas a los trabajadores.

¿Qué lugar tenía el periódico para esas organizaciones?

Podría decirse que la libertad de imprenta y de expresión fue de la mano con las primeras organizaciones gremiales y éstas dieron origen también a un periodismo de la disidencia social que fue un factor relevante en la construcción de identidades sociales y de derechos. Así, por ejemplo, cuando la unidad de la República apenas se esbozaba, a mediados del siglo XIX, apareció el periódico El Proletario, expresión de la “clase de color”, es decir los negros de la ciudad de Buenos Aires, quienes reclamaban la ampliación de las instituciones que garantizaran la libertad. A esa experiencia periodística le siguieron otras publicaciones como La Juventud, que se distribuía entre los estibadores y trabajadores negros y mulatos del puerto. La prensa obrera hizo un gran aporte a la libertad de expresión en la Argentina. El obrero ferroviario, El obrero del puerto, El obrero textil, El dependiente, El mecánico por mencionar sólo algunos de esos periódicos proliferaron, junto a la prensa anarquista, socialista, sindicalista y comunista.

¿Cuál era la principal diferencia que tenían respecto de la prensa de información general?

Esos periódicos gremiales se diferenciaban de la prensa comercial en que trataban de educar, de “iluminar”, de concientizar a los trabajadores. Esas palabras aparecen como común denominador de todos estos periódicos. Al mismo tiempo, la prensa tradicional de partido, cuando ya se convierte en una empresa más comercial que se autonomiza de lo que sería la suscripción de los gobiernos de turno, trata de captar un público más amplio, que no es solamente el público de los notables, o de las clases medias o de las clases trabajadoras. De hecho, hacia principios del siglo XX hay ya una segmentación del mercado, porque hay periódicos y diarios generales, revistas y publicaciones de diverso tipo destinadas a las mujeres, a los niños; todo el proyecto de Constancio Vigil, por ejemplo, donde uno encuentra revistas para mujeres, para el hogar, para los niños o deportivas, como la revista El Gráfico. Esto está relacionado con la capacidad de lectura, está inscripto en un trasfondo social en el que había un gran proyecto pedagógico por parte del Estado. Desde mi punto de vista, las luchas de los trabajadores se expresaban también en su ejercicio del derecho a publicar sus ideas y a la extensión de la educación. Por eso la demanda por la palabra libre está tan relacionada con la demanda de ciudadanía y de dignidad.

Que la libertad de prensa fuera una realidad y que no hubiera obstáculos en su circulación, ¿era también un reclamo de autonomía frente al Estado?

Ya en los años ’20, un periódico de los trabajadores navales denunciaba al funcionario del correo de La Boca porque les imponía un precio a la circulación de los impresos que era más alto, y entonces, con eso hacía difícil la circulación del periódico obrero. A principios de siglo los trabajadores que se organizaban tenían que lograr un reconocimiento de su legitimidad. Esto no le pasaba a las otras organizaciones, como la Sociedad Rural, o la Unión Industrial. A través de los periódicos hay una demanda constante de reconocimiento; a través de la visibilidad de su voz buscaban lograr el respeto, derechos, un estatus y legitimidad, lo que no excluye los vaivenes y conflictos dentro de las propias organizaciones obreras que, sin duda, crecieron sin el amparo del aparato estatal.

¿Cómo eran esos periódicos?

La gran mayoría era inicialmente un periódico con pocas páginas editado en mimeógrafos, dos o tres hojitas, entre 500 y cinco mil ejemplares. Lo interesante es que una vez por semana, cada quince días, o una vez por mes, un trabajador o trabajadora recibía un diario que era diferente al que podía leer habitualmente. Algunos de ellos ganaron más presencia y tuvieron una factura más profesional, que incluía fotografías y grabados. Allí se reflejaba no sólo la realidad del gremio o los reclamos de los trabajadores sino toda una realidad social y cultural.

¿Qué tan difícil fue para ellos sobrevivir a la censura y resistir las persecuciones?

El poder de la prensa, en este caso de la disidencia social, se consideraba peligroso por la influencia que podía ejercer sobre las “clases más numerosas”, los trabajadores. Esto tiene una larga continuidad en la historia argentina. Muchas veces la aplicación del estado de sitio en determinadas coyunturas políticas hacía que dejaran de aparecer no sólo los periódicos obreros sino también los diarios de las grandes empresas, porque eran opositores políticos. En el caso de los periódicos gremiales o de los periódicos que estaban dirigidos a los obreros, como La Vanguardia o La Protesta, también hubo momentos donde el gobierno de turno los acalló. Con un agravante, que cuando se formaron bandas armadas como las de la Liga Patriótica, acabaron con los periódicos obreros de manera violenta.

¿Qué pasó luego?

Los cambios ya se empiezan a ver en la década del ´30, cuando ese discurso más pedagógico, generador de conciencia y de identidad, que tenían los periódicos gremiales, sobre todo los de las ideologías revolucionarias, va alimentándose más de un discurso de realizaciones. Los trabajadores empiezan a obtener conquistas y eso se refleja en un discurso que podemos denominar “utilitario-estatista” porque tienen más expectativa en el rol del Estado, las inauguraciones de un hospital, de un sanatorio, de un lugar de recreación, las jubilaciones, etc. Este discurso de las realizaciones se acentúa, por cierto, con la llegada del peronismo y el apoyo de los sindicatos a Perón.

Esto es curioso, ¿con el peronismo hay más periódicos sindicales pero hay menos pluralidad de ideas?

Hay un gran debate ahí, porque una vez que el sindicato se transformó en peronista, y eso lo ilustra por ejemplo la trayectoria de El trabajador de la carne, allí se ve la subordinación a la doctrina justicialista y el lugar marginal en el que quedan los que no son peronistas. Algunos de ellos, como El obrero calderero por ejemplo, denuncian al gobierno porque consideran que todas las medidas que toman van en contra de la libertad de prensa y de opinión. El peronismo siempre se ubica en un lugar que genera ciertas contradicciones y, en el caso específico de los trabajadores, o apoyabas al gobierno o te transformabas en “contrera”. El trabajador de la carne sacó una historieta que se llamó “Julián Contreras”, que representaba al opositor. Así se va ocluyendo la posibilidad de diálogo implícito en el debate político. Y se hace más fuerte la escisión con las otras ideologías: socialistas, comunistas, lo que quedaba del anarquismo y del propio peronismo que todavía no se había subordinado totalmente a su líder.


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