La crisis de 1890 y la obra de Pellegrini

Por Manuel Fernández López. Profesor Titular e Investigador de la UB, en Diario Clarín.

Recordemos el entorno socioeconómico en que se gestó la crisis del 90. Desde 1886, al comenzar la desafortunada gestión de Miguel Juárez Celman, no hubo fraude o especulación que no se intentase: un gobierno obsesionado por privatizar servicios públicos a cualquier precio; un Congreso corrupto, ocupado en obtener sobornos por concesiones ferroviarias y obras de salubridad; un sistema bancario de “bancos garantidos” embarcado en un festival de emisiones clandestinas; y una burguesía encandilada por la plata dulce de la especulación bursátil.

En lo económico, la burbuja alcanzó su volumen máximo en 1889, cuando Inglaterra canalizó hacia Argentina entre 40 y 50 % de todas sus inversiones mundiales. Según Gerhart von Schulze-Gaevernitz, “la Argentina se halla en una situación tal de dependencia financiera con respecto a Londres, que se la puede casi calificar de colonia inglesa” (Imperialismo británico y librecambio inglés“, 1906).

A fines del 89 la burbuja se tensó al máximo y estalló. Un observador privilegiado, José A. Terry, advirtió que en la crisis los precios se detienen y se estabilizan, quiebran sociedades y bancos, hay crack de títulos en la Bolsa, suspensión de pagos, pánico, retiro acelerado de depósitos bancarios, escasez de dinero, alto interés, desaparición del crédito y caída del consumo, las importaciones y los ingresos públicos.

En la crisis del 89-90, decía Terry, “la desconfianza había cundido y degeneraba en pánico, y el rico como el pobre, ocultaban su dinero retirándolo de la circulación. El sálvese quien pueda, transformaba al hombre en enemigo del hombre (…) El presente era malo, el porvenir peor” (La crisis, 1893).

Un alzamiento civil armado obligó a Celman a dimitir. Y asumió el vicepresidente Carlos Pellegrini, con su ex maestro Vicente Fidel López en el Ministerio de Hacienda.

Con pulso firme, el tándem recompuso economía y finanzas. La deuda externa, que se había vuelto inmanejable por la recesión misma, al caer la recaudación tributaria, fue afrontada en 1890-91 por Pellegrini: implantó los impuestos internos y, siguiendo el principio alberdiano de requerir aportes donde hay capacidad contributiva, convocó a las personas más adineradas del país para reunir un fondo patriótico.

Pellegrini dió marcha atrás con algunas privatizaciones apresuradas, como la de obras de salubridad (allí nació Obras Sanitarias de la Nación) y revisó una a una las concesiones ferroviarias. Ante el fracaso de la banca privada en dar crédito a la producción, Pellegrini y López crearon el Banco Nación; y ante el festival de emisiones clandestinas de dinero por los bancos garantidos, se creó la Caja de Conversión, con la única función de sanear la circulación monetaria, retirando las emisiones de dinero trucho o cuasi bonos. La Caja no levantó la inconversión, decretada en 1885 por Roca. Ni un minuto necesitó convertibilidad “la gran muñeca” —como se llamó a la conducción de Pellegrini— ni las presidencias posteriores de Luis Sáenz Peña y José E. Uriburu. Recién se establecería en la segunda presidencia de Roca.

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