“Hubo otra década del 70 en la que pudo cambiar la historia argentina”. Entrevista a E. Gallo

Para el historiador Ezequiel Gallo, en los años 70 del siglo XIX las ideas sobre el liberalismo y el federalismo que encarnaban Carlos Pellegrini y Leandro Alem proponían un modelo de país distinto al que terminó plasmando la Generación del 80.

por Fabián Bosoer, en Clarín

Histórica foto de setiembre de 1891, en ocasiónde la visita de Leandro Alem a Tucumán. De izquierda a derecha; Marcelo T. de Alvear, Alem Francisco Barroetaveña y Juan Posse.


Ezequiel Gallo, doctor de la Universidad de Oxford, profesor emérito de la Universidad Di Tella y autor entre otras obras de “La pampa gringa”, “La formación de la Argentina moderna” (junto con Roberto Cortés Conde) y “De la República posible a la República verdadera”, con Natalio Botana, acompaña la invitación con un aporte inesperado. Se trata del redescubrimiento de la figura de Leandro Alem, la vida y las ideas de “un político brillante y honesto”, dice, en quien no sólo puede verse al implacable crítico del orden conservador y la república oligárquica sino también al auténtico liberal, defensor del federalismo como límite a la concentración del poder. Estas ideas, según el historiador, tienen hoy una renovada vigencia, frente al centralismo desmedido del poder en manos del Gobierno nacional. Dice también que el modo en que gobiernan los Kirchner es la consecuencia antes que la causa de los problemas: “Ellos utilizan un aparato que no inventaron, que viene de antes en este país, de bastante antes”. Lo bueno, en todo caso, es que esos problemas están más a la vista.

País federal en la letra, la Argentina es un ejemplo de macrocefalia unitaria en su estructura de poder y centralismo porteño que no se ha modificado desde la recuperación democrática. ¿Tiene esto algo que ver con que todos los presidentes hayan sido dirigentes del interior instalados en la Capital?

Esta es una cuestión que viene de muy atrás. Podemos remontarla al momento en que se desarma la provincia de Buenos Aires con la federalización de 1880, lo que produce un cambio muy importante en la vida política argentina. Está, es cierto, el hecho llamativo, que va más allá de la anécdota, de que la provincia de Buenos Aires, siendo la más fuerte del país, no elegirá nunca a un gobernador bonaerense como presidente de la República -salvo el caso de Duhalde, que es muy sui generis ya que no fue elegido por las urnas-. La última tentativa fuerte fue la de Dardo Rocha que muere precisamente en el 80. Desde entonces ningún gobernador de la provincia de Buenos Aires, salvo Duhalde, pudo llegar a la presidencia. Ese hecho, la división entre la capital y la provincia, generará una centralización del poder cuyos efectos seguimos recibiendo y padeciendo en la actualidad.

¿Quiénes entrevieron en aquel entonces los problemas que traería ese modelo de organización nacional?

Precisamente fueron dos porteños, Carlos Pellegrini y Leandro Alem, que militaban al principio ambos en el autonomismo de Alsina y después tendrían posiciones antagónicas, pero en cuyas fuertes discusiones no sólo nos describen la vida política de esa época, los años 70 y 80, sino un debate de ideas, los dos con una visión crítica sobre la federalización de Buenos Aires. Pellegrini tendrá una posición más nacionalista, en el sentido decimonónico del término; Alem, en particular, será el último federalista clásico que hubo en Argentina.

¿Qué tipo de federalismo defendía Alem?

Él representa la herencia de la tradición federal de Dorrego, que también es una dirección federal porteña. Es un autonomismo y un federalismo “de la región fuerte”. Al mismo tiempo, es un liberal clásico obsesionado con la concentración del poder. Su preocupación es esa centralización desde el poder nacional central que se estaba produciendo y cómo limitarla. Después todo se complica y aparece el Alem que se compromete en la creación de la Unión Cívica Radical, tras la revolución del Parque, el Alem más democrático y al mismo tiempo más intransigente. Él toma esa posición cuando se da cuenta de que los gobernadores de provincias están siendo manejados por el presidente de la República; entonces dice que “además de ser federalista, hay que ser democrático” para poder combatir esa tendencia a la manipulación que hace el poder central con los gobernadores. Los gobernadores ya no eran más garantía de federalismo. Esto es interesante porque él, ya en el 80, observaba los peligros de esa excesiva dependencia del poder central.

¿Cuál es el contrapunto que protagoniza con Pellegrini?

Para esquematizar un poco, Alem es un liberal radical en el sentido clásico del término, una posición tajante y no evolucionista. Pellegrini es un liberal conservador, evolucionista y más proteccionista. Pudo haber estado cerca de haber sido el jefe de un partido conservador moderno. Cuando muere Pellegrini, hay un discurso de Estanislao Zeballos, que dice que los amigos de Pellegrini lo que tienen que hacer es algo que no se hizo: el partido conservador moderno. Los dos tendrán una común nostalgia por la política de los años 70, de la que resaltaban el aspecto de virtud cívica y el debate de las ideas que luego se perdería en los valores de las elites dirigentes de los 80 y 90.

¿Podríamos pensar que, en esa discusión se encuentra reflejado, a través de estos dos eslabones perdidos del conservadorismo y el liberalismo, el límite del proyecto del 80 frente al desafío de la democracia?

Uno podría verlo así; es que hubo otra década del 70, la del siglo XIX, en la que pudo cambiar la historia argentina. Los conservadores han sido evidentemente una tradición frustrada, así lo reconocerá al final de su vida un dirigente como Emilio Hardoy, que en su despedida le dice adiós al partido conservador. Los radicales, por su parte, dejarán bastante de lado el legado del federalismo, porque en esa materia Hipólito Yrigoyen será un centralista, mucho más parecido a Roca que a Alem.

¿Cuál es la vigencia que encuentra hoy en las ideas de Alem?

En primer lugar, hay un rescate de una tradición olvidada. El radicalismo ha tendido a considerarse un partido que en sus orígenes no tenía una ideología definida, más allá de la lucha por el sufragio, contra el fraude del régimen conservador, y una suerte de ética de la intransigencia retratada en aquel “que se rompa, pero no se doble” que terminaría llevando a Alem al suicidio. Sin embargo su fundador, que fue un excelente legislador y orador pero un mediocre jefe partidario, tuvo una vida política e intelectual cuyo ideario, creo yo, conserva aún hoy su actualidad; principalmente en el tema del federalismo.

¿Qué tiene para decirnos hoy ese conjunto de ideas?

Primero, está siempre el costado negativo, que vuelve a evidenciar que uno de los problemas que tienen que superar los argentinos es el de una centralización desmedida del gobierno nacional. El país ha cambiado mucho, entonces es más difícil pasar a la parte más propositiva, pero me parece que el mensaje debería llevarnos, por lo pronto, a posiciones con respecto a cómo se distribuyen los recursos que recauda el Estado, cómo se reparten el IVA y la cantidad de impuestos en donde la parte del león se la lleva el gobierno central, de qué manera participan las provincias, y cómo devolverles a éstas el poder que han ido perdiendo hasta convertir a los gobernadores en peones del poder central. Esto debería ser llevado a los otros planos, al de la representación política y también al plano de la justicia, que es muy importante, el de la descentralización de la justicia, por ejemplo el Consejo de la Magistratura y la administración judicial.

Existe la idea, explícita o implícita, de que una Argentina federal es un país ingobernable.

¿Acaso ha sido tan gobernable el sistema que tenemos? Esa sería la pregunta. Creo que no se puede presentar como un éxito la trayectoria de este país. Tengo la impresión de que, independientemente de la discusión de los años 80 del siglo XIX, cuando esa posición era mucho más entendible, porque se salía de una guerra civil, ahora este avance centralista se ha ido de madre, porque inclusive volver a una posición de centralismo civilizado, moderado y más limitado, sería una buena base.

¿Eso significa en la Argentina actual limitar a los Kirchner?

Yo creo que es limitar a quien tiene el poder, y sobre todo si lo ejerce con rasgos autoritarios. A mí me da la impresión de que los Kirchner utilizan un aparato que no inventaron ellos, que viene de mucho antes en este país. Hay un estilo que lo hace más irritativo, y eso produce más temores, lo cual es negativo. En este sentido, tengo la impresión de que a veces se descuida la importancia que tienen los estilos políticos en la generación de una comunidad civilizada. Desde ese punto de vista, creo que ha habido una extralimitación en el uso del poder que tiene que ser revisada, y al mismo tiempo me parece que es importante una corrección en los estilos. Una de las cosas importantes para la solidez de un sistema democrático es tener una buena minoría. Y a mí me parece que acá se desprecia eso, a nadie le interesa seriamente. Ahora, para que haya una buena minoría, no hay que estar insultándola todo el tiempo.”

Ver también otra entrevista sobre el tema realizada por Alejandro Eujanian, en el sitio Pampa Gringa.

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