Teatro y fantasmas en recorridos por la historia de la Ciudad

En Revista Ñ

“Un nene que vende caramelos por 5 centavos en Plaza Dorrego se acerca curioso. Dos turistas que cenan en una mesa se quedan congelados, tenedor en alto. Varios veinteañeros que toman cerveza en una escalinata interrumpen su conversación. Todos miran a una mujer de vestido negro y a un hombre de galera y levita, los cicerones de “Los Fantasmas de San Telmo”, una de las visitas guiadas teatralizadas que empezaron anoche y que, organizadas por el Ministerio de Cultura porteño, seguirán durante el año.

“En ciudades como Londres, estas propuestas se hacen con narradores. Yo quise agregar acción y dramatismo”, explicó Marisé Monteiro, creadora del programa. “Estos recorridos teatralizados son un novedoso desarrollo de gran atracción que contribuye a la regeneración y fortalecimiento de un destino como Buenos Aires, que tiene un alto índice de repitencia de visitantes”, explicó el ministro de Cultura, Hernán Lombardi.

Ya en los ensayos, la directora del espectáculo, María del Carmen Sánchez, descubrió que sería toda una experiencia: “Hay una escena donde el fantasma de Esteban Echeverría habla sobre una ventana de la antigua casa del escritor, en la cortada Anselmo Aieta. Mientras, un músico toca el violín. El otro día en la ventana había un borracho dormido, pero ensayamos igual. En un momento el señor se despertó, miró al actor y al violinista y… ¡se volvió a dormir!”.

Los imponderables se repitieron el miércoles, durante un último ensayo que se adelantó al estreno oficial de anoche. Esta vez, mientras Echeverría hablaba sobre su amor platónico con una quinceañera, un espectador se arrimó demasiado a un auto estacionado y empezó a sonar la alarma. El pobre espectro continuó con su libreto como si no la escuchara.

Al “Fantasma del Vómito Negro”, una mujer que aparece corriendo por Humberto Primo, no le fue mejor. Mientras recreaba la epidemia de la fiebre amarilla de 1871, casi la atropella una ambulancia de OSPLAD. Pero siguió declamando, ajena a todo. Desde la puerta del restaurante Sagardi, un mozo la aplaudió con ganas. El recorrido concluyó en la casa más antigua de la Ciudad, de 1729, en Carlos Calvo 319. Allí, el fantasma de Margarita Oliden volvió a encontrarse con su amado Juan Cuello. Pero todo terminó mal. Excepto el paseo, que recupera con originalidad el pasado porteño.”

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