La derecha que supimos conseguir

Tres libros recientes analizan la relación entre los intelectuales de derecha y la violencia política en la Argentina, desde Leopoldo Lugones hasta el anticomunismo obsesivo de la Guerra Fría.

por Fabián Bosoer, en Revistaenie.com

Los escritores, intelectuales y publicistas de extrema derecha han tenido, en todas partes y en su mayoría, un destino trágico u oscuro. Desde Charles Maurrás y Louis Ferdinand Céline a Ezra Pound, José Antonio Primo de Rivera o Carl Schmitt, ellos entrevieron la decadencia del mundo que los rodeaba, contribuyeron a alimentar las hogueras en las que ardieron sus contemporáneos y a edificar los pedestales y escaleras sobre las que treparon los déspotas y camarillas del “nuevo orden”. Acaso por una cierta fascinación por el olor a pólvora, el ruido de metralla y las tormentas de acero descargado sobre las poblaciones terminaron, las más de las veces, envueltos en las vorágines sangrientas, o aislados y absortos, como desencantados aprendices de brujo, acometiendo la “valentía” de poner fin a sus días o como cruzados finiseculares, improbables Quijotes emprendiendo contra los molinos de viento de una modernidad siempre abominable. Fueron, en fin, víctimas y victimarios de un universo de ideas que exaltó los valores de la muerte, la guerra justa o inevitable “para salvar a la Nación en peligro”, la justificación del exterminio del enemigo, la violencia purificadora y la regeneración por medio del sacrificio y el sufrimiento infligido a los más débiles y a los infieles, la idolatría del superhombre encarnado en el caudillo salvador o el dictador necesario.

Un destino trágico que signó sus obras y sus vidas personales, o que se entreveró con las grandes tragedias colectivas: la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, los genocidios, el derrumbe de experiencias democráticas y el ascenso de regímenes totalitarios y dictaduras en Europa y América Latina. Su influencia en la violencia política en la Argentina del siglo XX, en su interpretación y su exaltación, ha sido también fundamental aunque menos estudiada.

Tres libros recientes abordan este andarivel poco transitado de nuestra historia contemporánea, en una suerte de tren fantasma que nos lleva a encontrarnos con personajes tenebrosos y situaciones macabras, pero también con arcones y tesoros, escritos y biografías atrapantes; con la fascinación que puede ejercer para un entomólogo el trabajo de disección sobre especies extinguidas y descubrir incluso aspectos no reconocidos y rasgos que siguen presentes hasta nuestros días en nuestra cultura y reflexión políticas, en particular la de los grupos más influyentes.

Poder y elites

Tres registros diferentes sobre un mismo objeto de estudio: Fascismo y nazismo en las letras argentinas, de Leonardo Senkman y Saúl Sosnowski (Lumière), Símbolos y fantasmas. Las víctimas de la guerrilla: de la amnistía a la ‘justicia para todos’, de Germán Ferrari (Sudamericana) y La caída de Illia. La trama oculta del poder mediático, de Miguel Angel Taroncher (Vergara). Abordajes desde distintos enfoques y propósitos que encuentran respuestas e hilos conductores a dos tópicos recurrentes: el de la alta influencia de las ideas de derecha extrema –la derecha antiliberal, reaccionaria y autoritaria– en las elites de poder y su incidencia en los derroteros políticos a lo largo del siglo XX, particularmente a partir del golpe del 30 y hasta la recuperación democrática de 1983.

Hay algunos antecedentes insoslayables en esta historiografía de las derechas autóctonas; entre las que cabe anotar el libro de Fernando Devoto, Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna (Siglo XXI Argentina, 2002), la compilación de David Rock, La derecha argentina. Nacionalistas, neoliberales, militares y clericales (Vergara, 2001) y la investigación de Federico Finchelstein, La Argentina fascista: los orígenes ideológicos de la dictadura (Sudamericana, 2008).

Algunos personajes y textos emblemáticos componen esta saga: Leopoldo Lugones, considerado un padre intelectual del fascismo argentino, en su vuelco de madurez plasmado en La grande Argentina y La patria fuerte, anunciando la llegada de La hora de la espada; Gustavo Martínez Zuviría que escondió bajo el seudónimo de Hugo Wast su pluma cargada de antisemitismo; la misma orientación que insufló el catolicismo integrista de los sacerdotes Julio Meinvielle y Leonardo Castellani, el revisionismo de los historiadores Julio y Roberto Irazusta, Federico Ibarguren y Ernesto Palacio y el nacionalismo ultramontano de Jordán Bruno Genta; la admiración confesa u oculta hacia las dictaduras europeas –el fascismo y el franquismo– de Mario Amadeo y Marcelo Sánchez Sorondo hasta el anticomunismo obsesivo de la Guerra Fría que arrima a algunos de ellos a divulgadores y periodistas que ejercieron de nexo directo con la opinión pública y los factores de poder, como fue el caso del periodista Bernardo Neustadt.

Allí estaban disponibles las ideas con las que se cargaban de explicaciones y argumentos las conspiraciones y levantamientos castrenses, las plumas que escribían las proclamas y discursos inflamados de coroneles, generales, brigadieres o almirantes de una u otra facción.

El caldo de cultivo: un modo de entender el compromiso político como una misión patriótica inapelable, la de torcer el curso de la historia convenciendo a los jefes militares de alzarse en armas, las prédicas sobre el desafío existencial de matar o morir para restaurar un orden subvertido, la vivencia de un alcázar o ciudadela constantemente asediada por enemigos de una amplísima gama: marxistas, socialdemócratas o liberales; banqueros o proletarios; judíos, masones, católicos tercermundistas o agnósticos; peronistas o radicales, guerrilleros, abogados, profesores universitarios o dirigentes gremiales.

Es interesante observar la manera en que esa intensidad, devoción o fanatismo se reflejó en las propias biografías de muchos de estos personajes “malditos”. Marginales, excéntricos o esotéricos, singulares en su visibilidad como personajes públicos o anónimas caras de personalidades fóbicas que desataban su otro yo y transmutaban en sus escritos fragorosos y estentóreos. De uno u otro modo, tuvieron en común una influencia insospechada en la interpretación de grandes acontecimientos y en muchos casos también en que estos acontecimientos sucedieran, creando el clima, dando letra con las frases justas a las personas claves en los momentos decisivos.

Obsesión compartida

Los tres libros antes aludidos marcan una parábola en tres tiempos. De la impronta de esta derecha extrema en la literatura y el campo intelectual, tratada por Senkman y Sosnowski, a su intervención en la prensa y los círculos de influencia, que Taroncher describe en la construcción del clima ideológico que contribuyó al derrocamiento del presidente Arturo Illia en 1966, y de allí a su inmersión en la violencia política de los años 70, explicada por Ferrari como última ratio de un discurso autoritario que venía de muy atrás.

Este hilo conductor muestra, por ejemplo, de qué modo el anticomunismo de la derecha liberal se tornó cada vez más violento a medida que fue adoptando la doctrina de las fuerzas armadas para enfrentar la amenaza de una “guerra comunista revolucionaria”.

Esta era una obsesión compartida con la extrema derecha radical y con fracciones militares que imaginaban a la subversión medrando en forma solapada en todos los órdenes de la vida nacional: los partidos, los sindicatos, las universidades, la cultura popular. Antes del golpe militar que coloca al general Juan Carlos Onganía en la presidencia, la percepción del peligro en acecho operó como catalizador para que aquella derecha liberal aceptara la inminencia de un “estado de excepción” y consintiera las metodologías de la represión ilegal.

Ello ocurre bastante antes de que la violencia armada de las organizaciones guerrilleras representen un desafío real; antes de los asesinatos adjudicados o reconocidos por esas organizaciones. Una nueva vuelta de tuerca ocurriría diez años más tarde, con el golpe del 76, cuando la doctrina de la seguridad nacional deviene en terrorismo de Estado y el “enemigo interno” se difumina a toda la sociedad.

La biografía de Jordán Bruno Genta refleja acabadamente y con rasgos recargados esta simbiosis entre la tinta y la sangre. Ideólogo de todos los levantamientos e insurrecciones de militares nacionalistas desde la revolución del GOU en 1943, fue uno de los predicadores más exacerbados contra la democracia, obsesionado por combatir tanto a la izquierda como al liberalismo e instaurar en la Argentina un modelo en que la Iglesia y las Fuerzas Armadas fueran sus pilares. Fue autor de los primeros manuales de instrucción del Ejército y la Fuerza Aérea sobre “guerra contrarrevolucionaria” en la década del 60 y a lo largo de los siguientes años escribiría una y otra vez cosas como ésta: “Nos estamos acercando rápidamente al borde del abismo y no hay signos de reacción, pero hemos llegado al límite y el tiempo apremia. Hasta los más prevenidos contra los excesos de autoridad se aterran ante la anarquía, la inseguridad y la inquietud que van configurando el caos.

Se siente la necesidad perentoria de una mano fuerte y vigorosa que empuñe el timón de esta nave a la deriva, sin control y sacudida cada vez con mayor violencia por el oleaje subversivo”. Genta, un huraño profesor que no participó en ninguna batalla ni se le conoció haber empuñado un arma en su vida, murió asesinado, presumiblemente por un comando del ERP-22 de Agosto, en 1974, aunque ningún grupo armado reivindicó el atentado como propio.

El crimen fue asumido por los sectores afines como un martirologio en medio de una guerra civil entre el materialismo ateo y la Nación católica, aunque el hecho nunca terminó de esclarecerse y no faltaron allegados que responsabilizaron del mismo a la temible Triple A dirigida por José López Rega en su propósito de alimentar el fuego en el que se consumó la masacre.

Estas lecturas nos permiten encontrar una línea de interpretación diferente a la de la matriz partisana amigo-enemigo y el intento de explicar la violencia “de ambos lados” o de uno sólo de ellos, dando por sentada la existencia clara de dicha dicotomía. Al fin y al cabo, como recuerda Ferrari, desde Georges Sorel con su “sindicalismo revolucionario” a fines del siglo XIX hasta Franz Fanon con Los condenados de la tierra, publicado en 1961, por citar sólo dos nombres, las prédicas violentas para destruir el orden establecido estuvieron enraizadas en vastas corrientes políticas y fueron admitidas por no pocos estamentos de la sociedad.

Parafraseando a los fiscales o cultores de la meneada “teoría de los dos demonios”, y hablando en términos estrictamente secularizados, no hubo aquí “dos demonios”: hubo uno sólo, el militarismo mesiánico, que en todo caso alimentó, por acción o reacción, la espiral de la tragedia argentina del siglo XX sobre la que aún seguimos preguntándonos.

2 comentarios en “La derecha que supimos conseguir

  1. Un apunte bibliográfico para abundar sobre el tema de élites y poder: “Corporaciones en el poder. Institutos económicos y acción política en Brasil y Argentina: IPÊS, FIEL y Fundación Mediterránea”, de Hernán Ramírez, publicado en 2007 por Lenguaje claro Editora.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s