El esnobismo, antídoto contra el sinsentido

Para ellos la vida es pura forma: la pose es lo esencial. Son imitadores de lo mejor, buscan estar al tanto de lo último en arte. Son los esnobs, que esta nota critica pero también rescata ya que su influencia resulta, en definitiva, civilizatoria.

Por: Daniel Molina, en Revista Ñ.

“En su filme Playtime, Jacques Tati ofrece una visión brutal de lo absurda que es la vida contemporánea. Es una película que el público no tolera. El retrato descarnado con que el cómico francés presenta el sinsentido de la vida cotidiana es despiadado: después de algunas sonrisas, la mueca se congela y se siente hastío. A pesar de la enorme popularidad de Tati, la película fue un fracaso y lo llevó a la bancarrota. En Playtime, los seres humanos aparecen como robots que cumplen –con una sonrisa hueca dibujada en los labios– rituales que no entienden y sobre los cuales no tienen ningún control.

La película muestra que en la vida contemporánea se estimula constantemente el deseo de viajar, pero todas las ciudades a las que se podría ir se han transformado en la misma ciudad, con los mismos edificios y las mismas costumbres. Todo incita a divertirse, pero todos los placeres son convenciones ridículas, que sólo producen más sensación de vacío. Buscando diferenciarse, todo el mundo termina haciendo lo mismo, de la misma forma y con los mismos gestos. De allí que el filme cause rechazo, porque, como dijo Balzac: “nada es tan doloroso como ser como todo el mundo”.

Por suerte, hay un antídoto para que nuestra vida no se parezca del todo a la que pinta Playtime. Ese antídoto es el esnobismo.

Genealogía de la distinción

Hacia mediados del siglo XIX y gracias a Historia de los esnobs de Inglaterra, por uno de ellos –una obra de William Thackeray que fue inmensamente popular–, las palabras esnob y esnobismo obtuvieron carta de ciudadanía en los idiomas modernos. Sin embargo, el esnobismo no es una experiencia nacida en la modernidad. Está bien documentada en todos los grandes momentos culturales de la historia occidental, desde la Roma imperial a la Francia de la monarquía absoluta, pasando por el Renacimiento italiano. Para el diccionario de la Real Academia Española, un esnob es aquella “persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos”. Aún más moralista es la definición del esnobismo, según la Academia Francesa: “vanidad de los que imitan las opiniones, las maneras de ser y de sentir habituales en los medios considerados distinguidos”. Para los diccionarios, el esnob es un imitador. Pero, aun presentado como personaje parasitario, los académicos terminan reconociendo que el esnob imita “lo mejor o lo más distinguido”. Es un parásito inteligente.

El esnobismo es un humanismo. Una forma de dar sentido al sinsentido de la vida. Al igual que el existencialismo sartreano, el esnobismo presupone que “estamos condenados a la libertad”. Es decir: podemos elegir qué imitar; aunque quizá no podamos elegir no imitar. Eso sería la muerte.

Como sostenían los decadentistas británicos, siguiendo a Oscar Wilde, el esnob también cree que la vida es pura forma (no es un qué sino un cómo) y más que hacer cosas, de lo que se trata es de posar. La pose es lo esencial de la actuación social moderna. Cada persona es tomada (y valorada) por cómo se presenta en sociedad.

En su muy interesante (y entretenida) Historia del esnobismo, Frédéric Rouvillois dice que hay dos formas esenciales de ser esnob: practicar el esnobismo mundano (querer ser como los sectores más distinguidos y poderosos) o el esnobismo cultural –que también se llama “esnobismo de la moda” y que consiste en querer estar al tanto de lo último, especialmente en el campo del arte, los estilos y las tendencias. En la época anterior y posterior a la Revolución Francesa, el esnobismo mundano era el dominante, y aunque con el tiempo fue perdiendo terreno todavía era muy importante hasta fines de la Primera Guerra Mundial. La democratización creciente hizo que la imitación de las costumbres de los nobles se fuera tornando menos atractiva y comenzara a ganar partido la imitación de los que están a la vanguardia, en todos los sentidos. La principal aristocracia de nuestra época no es la gente del jet set (cuya vida pública se difunde en revistas que se hojean en la sala de espera de los consultorios, como Hola y Caras) sino los que marcan tendencia (como los artistas y los diseñadores).

Rouvillois recuerda que ya en el Satiricón, de Petronio, hay personajes esnobs. El ejemplo más claro es Trimalción, el liberto que ha heredado a un amo riquísimo y que ahora se vincula con los sectores más adinerados de la Roma imperial. La conducta de Trimalción (que usa un escarbadientes de plata y organiza banquetes descomunales con los más sofisticados productos) es considerada muy distinguida por los esclavos que sirven en su mansión. Aunque pertenece a un mundo que desconoce la palabra esnob, Trimalción ya lo es con todo derecho. No sólo porque imita escrupulosamente la conducta de los sectores más ricos y poderosos de Roma (a los que está desesperado por pertenecer), sino porque desprecia y humilla a los que no alcanzaron su estatus social o a los que desconocen las formas distinguidas. Como bien dice Rouvillois: “El esnobismo no es simplemente la actitud que consiste en querer parecerse, por su nombre o su apariencia, sus gustos, sus opiniones o su comportamiento a los miembros de un grupo al que se considera superior; es también, subsidiariamente, el hecho de permitirse despreciar a todos aquellos que no pertenecen al clan y a los que se puede juzgar, por lo tanto, como gente común, atrasada, inferior”.

Mundanos y argentinos

En la época moderna, y a contramano del fin de las monarquías absolutas, los apellidos prestigiosos siguen teniendo su encanto. En los muy republicanos Estados Unidos, los apellidos de las dinastías de la riqueza ilimitada (los Vanderbilt, los Morgan o los Rockefeller) siguen despertando respeto y admiración. Algo similar sucede en la Argentina, que Rouvillois ubica en su pequeño grupo de países fascinados por el esnobismo. De aquí cita a los Pereyra Iraola (aunque escribe mal el apellido), los Pereda y los Anchorena. Dice que, al menos hasta mediados del siglo XX (pero continúa, agregamos nosotros) había una cierta fascinación por las grandes estancias y por sus cascos espléndidos (que imitan castillos europeos y están rodeados de parques de diseño). De allí que la vida del esnobismo mundano argentino gire en torno a las actividades campestres: desde el polo a la cría de toros.

La imagen que tiene Rouvillois de las familias argentinas que son el modelo distinguido del esnobismo mundano vernáculo es, por cierto, simétrica y opuesta a la de Sarmiento, quien poco antes de morir se lamentó de “haberme pasado la vida defendiendo a una clase incapaz de mirar más allá de su nariz, y que tiene una nariz que sólo percibe el olor de la bosta de sus vacas”.

El verdadero esnob no es ni el miserable ni el ignorante (aunque pueda haber miserables e ignorantes que tengan su espíritu esnob). Esnob mundano no es cualquiera: hay que tener bastante dinero si uno pretende pertenecer a un círculo de gente que no se priva de nada (y si uno no lo tiene, no hace otra cosa que el ridículo). Algo parecido sucede con los esnobs culturales: deben poseer un mínimo de inteligencia y de formación para poder detectar y acompañar las últimas tendencias. Nada muestra más la hilacha del advenedizo que su incapacidad para seguirle el ritmo (material o cultural) a los que marcan tendencia.

En muchos momentos de la historia, ambos esnobismos (el mundano y el cultural) coincidieron en una misma línea. Ya en Grecia los más ricos atenienses se rodeaban de los pensadores y artistas más grandes de su época, como lo revelan los textos de Platón o Jenofonte. Y así, los nobles y aristócratas compartían gustos y formas de actuar con los artistas. El ejemplo fue seguido en la Roma imperial, con Mecenas (el amigo más cercano a Augusto) que convocaba a los poetas, arquitectos y escultores a formar parte de la corte: en ese clima fue que Virgilio compuso La Eneida. Luego, la Edad Media cristiana separó a los bandos: los nobles eran, por lo general, analfabetos y amantes de la violencia guerrera. Salvo durante la breve época de Carlomagno, no era raro que los aristócratas despreciaran a los artistas (en las raras ocasiones en las que les prestaban alguna atención). La Florencia de los Médici fue la que impuso el cambio, volviendo al espíritu de la Antigüedad. Gracias a Lorenzo el Magnífico, Miguel Angel pudo educarse en una corte espléndida, en la que era habitual encontrarse con pensadores de la talla de Marsilio Ficino o Pico della Mirandola. Al comienzo de la época moderna surgieron los salones en las mansiones más distinguidas de Francia, Alemania, Italia, España e Inglaterra. Las condesas y marquesas solían rodearse de los artistas que iban a marcar la época, de Molière a Proust.

En esta parte de América, esa unión entre las dos corrientes del esnobismo se produjo masivamente durante el siglo XIX y comienzos del XX, marcando su punto máximo durante el predominio político y cultural de la generación del 80, varios de cuyos miembros eran, además de políticos, artistas y, encima, dandys, como Lucio V. Mansilla. Tanto como descendiente de una familia patricia, escritora y promotora del arte, Victoria Ocampo es uno de los últimos ejemplos felices de esa corriente. Desde hace medio siglo y salvo excepciones (como los Di Tella o Costantini; no casualmente familias no aristocráticas), los más ricos de la Argentina ya no conviven con los que marcan tendencia, sino que se han retrotraído a una especie de purgatorio reaccionario (al que invitan a algunos escritores o pintores que nadie toma en serio, tratando vanamente de imitar un pasado ilusorio).

Sin embargo, la alianza entre el esnobismo mundano y el cultural sigue firme en los Estados Unidos y en Brasil. En ambos países los sectores más distinguidos son los sostenes materiales e, incluso, políticos, de la vanguardia cultural. En Brasil, los Matarazzo y los Chateubriand interpretaron un papel semejante al de los Rockefeller y los Whitney en los Estados Unidos: crearon las principales colecciones de arte moderno y fundaron los más influyentes museos.

El gran drama del esnob irredento es que todo –hasta lo más caro, hasta lo más exquisito, hasta lo más sofisticado– termina haciéndose popular (y por lo tanto, deja de ser una meta para el cazador de la tendencia). Descubrir constantemente nuevas prácticas, nuevos sabores, nuevos ritmos, nuevos colores, nuevos diseños, nuevos olores, nuevas formas de ser es extenuante. El esnob no se toma vacaciones. Pero ese agotamiento en pos de lo imposible tiene premio: le permite al esnob encontrar algo de sentido en la selva del absurdo (aunque ese sentido sea tan resbaladizo como un matiz y tan poco sólido como una opinión momentánea). Esa búsqueda insaciable ha generado nuevas tendencias dentro del esnobismo.

Los antiesnobs

A comienzos del siglo pasado surgió (al mismo tiempo que se iba popularizando el esnobismo) una fuerte corriente antiesnob. Esa corriente, con el correr del tiempo, se transformó en un esnobismo de nuevo tipo, muy difundido en la actualidad: se propone invertir la escala de valores de los esnobs tradicionales (ver positivo lo que ellos consideran negativo, y a la inversa), y así se acaba creando una elite que se piensa más selecta, más sutil, más refinada que la de los esnobs “comunes”. Por último, desde hace dos décadas existe el esnob geek: preocupado casi exclusivamente por las nuevas tendencias en el campo de la técnica (en especial, en el universo electrónico). El esnob geek no concibe la vida fuera de la Web y las únicas tendencias que le interesan son las que se manifiestan en los espacios virtuales.

Sin esnobs el mundo se parecería mucho más de lo que ya se parece al que Tati pintó en Playtime. El esnobismo es una de las principales corrientes civilizatorias de nuestra época porque el esnob tiende siempre a reverenciar lo mejor. Sin su intermediación, muchas de las creaciones más originales (de Warhol a Beckett, de Borges a Wagner) no hubieran logrado sobrevivir al pequeño círculo de los enterados.

A la manera de los insectos (que sólo desean alimentarse, pero terminan llevando el polen de una planta a la otra), los esnobs “polinizan” la cultura. Su deseo es causar impacto y distinguirse de la masa.

Pero para conseguir sus objetivos están condenados a difundir sus secretos, a masificar sus hallazgos, a enriquecer nuestra cultura.”

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