El diario de San Martín, por Rodolfo Terragno

Ubicándose en la Inglaterra de 1824, el autor descubre un mundo de curiosidades en un contexto histórico que marca una bisagra en la historia sanmartiniana: las gestiones políticas del Libertador en lo que se conoce como su retiro europeo pero que no tiene nada de pasividad ni de desarraigo.

En Revista Noticias.

“Del Libertador se ignora, todavía, más de lo mucho que se sabe”.

El Perú es la clave. El viaje de San Martín nada tiene que ver con la educación de Merceditas. Ni con el perfeccionamiento militar. Ni con la búsqueda de un príncipe. Se vincula con la inconclusa guerra por la independencia del Perú.

Los hechos no se han dado como el ex-Protector imaginó año y medio atrás, luego de la entrevista de Guayaquil.

San Martín le había dejado el campo libre a Bolívar para que éste —convertido en jefe único de un ejército conjunto— bajara de inmediato al Perú. Bolívar no hizo eso. Se quedó demasiado tiempo en la Gran Colombia. Ahora, las fuerzas realistas, que no son pocas ni débiles, pugnan por devolver el territorio peruano a la Corona. Si el Perú cayera, la libertad de toda Sud-América correría peligro. Recuperada la joya de su antiguo imperio, Fernando VII iría por el resto, con la ayuda de la Santa Alianza: esa coalición absolutista que crearon Francisco I de Austria, Federico Guillermo III de Prusia y el Zar Alejandro I de Rusia.

Bolívar regaló victorias a Canterac. El Libertador de Colombia no sólo demoró su descenso al Perú. Hizo servir en bandeja un par victorias al jefe realista, José de Canterac. El Protector le había dicho a Bolívar:

“Las fuerzas realistas montan en Alto y Bajo Perú a más de 19.000 veteranos, que pueden reunirse en el espacio de dos meses. El ejército patriota, diezmado por las enfermedades, no puede poner en línea sino 8.500 hombres, en gran parte reclutas”.

Dos días antes de abandonar Lima, San Martín instruyó al General Alvarado sobre la estrategia a seguir en la marcha hacia los Puertos Intermedios: una operación en la cual mucho confiaba el Protector.

Aun cuando Rivadavia había frustrado la expedición al Alto Perú que debía partir de Salta, destinada a cortar la retirada realista, San Martín presagiaba que la expedición a los Puertos Intermedios marcaría el fin de la Revolución sudamericana. Alvarado se embarcaría en el Callao, iría hasta Arica, subiría para tomar Arequipa y, luego, caería sobre Cuzco. Mientras tanto, Juan Antonio Álvarez de Arenales iniciaría un ataque sobre Huancayo. El ejército del Virrey debía quedar aprisionado. Eso, siempre que Bolívar asumiera la idea como propia. Antes de partir para Chile y el Plata, San Martín le escribió: “Sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por Puertos Intermedios no podrá alcanzar las ventajas que debieran esperarse”. Bolívar no brindó tal apoyo. Al contrario. Ordenó a su delegado militar en el Perú, el general Juan Paz del Castillo, que se abstuviera de destinar fuerzas al Sur. En consecuencia, Castillo opuso a Alvarado “exigencias extemporáneas e improcedentes” para demorar la asistencia, que nunca llegó. Alvarado y Arenales debieron emprender esa campaña sin las fuerzas suficientes. Fue esa conducta la que, a principios del año pasado, obsequió a los realistas los triunfos de Torata y Moquegua.

“Siempre pronto”

Cuando San Martín supo, en Mendoza, del “desgraciado combate padecido por el ejército libertador en Moquegua”, urgió al gobierno de Chile a reparar “sin la menor demora” el “golpe” que había recibido “la causa de la Libertad”. Con ese fin, dijo en una comunicación, enviada desde Mendoza a Santiago del 20 de marzo: “Estaré siempre pronto a cooperar al bien general en cualquier clase que los gobiernos de estas provincias quisieran ocuparme”. En un momento decidió que, si Bolívar seguía en Quito, él volvería al Perú. No estaba dispuesto, sin embargo, a oficiar de aventurero. Exigió que “los gobiernos de estas provincias” (por Chile) se lo encomendaran y, por lo tanto, proveyeran los recursos necesarios. A mediados del año pasado, el chileno José Rivadeneira le escribió a Mendoza: “El Perú todo está perdido, y el Callao, único punto que se conserva, ignoramos al fin cuál sea su suerte”.

El ejército realista había entrado “sin resistencia a Lima el 18 de junio, al mando de Canterac, Caldés y Loriga, en número de más de 7.000 hombres”.

Los reveses militares estaban desatando las iras políticas. San Martín —después de delegar el Ejecutivo en una Junta Gubernativa, y convocado a un Congreso— se retiró del Perú en 1822, dejando a Lima en orden.

Cumplida con éxito la misión a Intermedios —imaginó—, aquel edificio institucional se consolidaría. No fue así. La misión fracasó y el Congreso designó Presidente de la República a José de la Riva Agüero. A partir de entonces, se sucedieron los hechos que Rivadeneira fue reseñando para San Martín:

• Cuando el ejército realista se aproximaba a Lima, Riva Agüero y el Congreso se establecieron en el Callao.

• Los representantes pidieron a Bolívar que se hiciera cargo del Perú.

• Bolívar no bajó al territorio peruano; envió al general Antonio José de Sucre, con plenos poderes.

• Casi al mismo tiempo, partió la segunda expedición a Intermedios: 5.000 soldados peruanos, argentinos y chilenos, liderados por el general Andrés de Santa Cruz.

• El Congreso designó trasladar la capital del Perú a Trujillo, en el noroeste, y confirió la suma del poder militar a Sucre hasta tanto llegara Bolívar.

• Como Riva Agüero no aceptó a Sucre (y en definitiva al propio Bolívar), el Congreso lo destituyó o, como lo dijo con agraciado eufemismo, lo “eximió del poder”.

• Valdivieso quedó provisionalmente a cargo del mando político.

• Dos diputados fueron enviados a Guayaquil, “a pedirle a Bolívar que viniera”. El problema es que “Bolívar no viene” y “todo se halla en una anarquía completa”. Muchos juzgan “dudoso” que el Libertador de Colombia quiera bajar a Lima.

• Mientras tanto, Riva Agüero se constituyó en Trujillo, con 20 diputados más una fuerza militar, y “sigue dictando órdenes desde allá”.

San Martín sabe que Riva Agüero pretenderá seguir al frente del Perú, aun arriesgando una guerra civil: el 22 de agosto, desde Trujillo, el cacique peruano le pidió su apoyo militar para pelear contra quienes lo habían destituido. Se sentía víctima de Bolívar e imaginaba que el antiguo Protector se regodearía con la posibilidad de derrotar al hombre que lo defraudara en Guayaquil. La indignación de San Martín fue formidable: “Es incomprensible su osadía grosera al hacerme la propuesta de emplear mi sable con una guerra civil. ¡Malvado! ¿Sabe usted si éste se ha teñido jamás en sangre americana?”.

El ex-Protector acusó a Riva Agüero de haber “hecho desgraciado” al Perú. Lo trató de “canalla” y no dudó en afirmar que estaba “cargado de crímenes”. Todo parecía ir de mal en peor. En el lugar de Riva Agüero, Sucre puso a Torre Tagle, pero “este hombre, loco y ambicioso por mandar, está haciendo los mayores males que pueden darse, impidiendo la salida del ejército del centro, interceptando todas las comunicaciones que van al norte. No deja pasar un solo gramo de alimentos”, todo para hacer “la guerra a Lima”. Es un “bribón”. “Ha robado con descaro y la mayor desvergüenza”. Es “odiado del pueblo hasta maldecirlo públicamente”.

“El Perú se pierde”

El 14 de septiembre Rivadeneira le envió a San Martín una carta angustiosa: “En mi juicio, todo está perdido, porque Santa Cruz sostiene a Riva Agüero y no obedece a Sucre; éste se marcha y Bolívar descubre el campo que deseaba para cultivarlo como suyo”; pero “ha tardado demasiado” y, entonces, la posesión que pudo haber tomado “en abril o mayo” ahora se le hace difícil: la anarquía “refluye en favor de los godos”.

Esto movió a San Martín a hacer un gran esfuerzo y dirigir, después de su tremendo enojo, una exhortación a Torres Agüero. Olvidó su indignación e ignoró algo que Rivadeneira no deja de recordarle: “Riva Agüero es un enemigo suyo, y ha sido la causa de su separación de Lima”. El chileno sostiene que San Martín debió dejar su cargo a causa de un complot, organizado ya antes de su viaje a Guayaquil; pero el General hace caso omiso de esa historia, sin importarle que sea falsa o verdadera.

El 20 de noviembre, “con el coche a la puerta para marchar a Buenos Aires”, le escribió al rebelde peruano este desesperado mensaje: “El Perú se pierde, sí, se pierde irremediablemente, y tal vez la causa general de América”. Ante ese peligro, San Martín lanzó su exhortación al propio Riva Agüero y a los demás actores del drama patriota: Jorge Martín Guise, Salvador Soyer y Santa Cruz: “Cedan de las quejas, o de los resentimientos que puedan tener; reconozcan la autoridad del Congreso, malo o bueno, o como sea, porque los pueblos lo han jurado. Únanse como es necesario y, con este paso, desaparezcan los españoles del Perú, y después matémonos unos contra otros, si éste es el desgraciado destino que espera a los patriotas. Muramos, pero no como viles esclavos de los despreciables y estúpidos españoles, que es lo que irremediablemente va a suceder”.

“Dispuesto a sacrificar la vida privada”

Al concluir aquella carta, San Martín volvió a insinuar que —si Bolívar no se hacía cargo de la situación— él estaba dispuesto a reasumir el mando. No fue, por cierto, un ofrecimiento incondicional. Era necesario que las distintas facciones se unieran bajo su liderazgo. Con típica perífrasis dijo: “Venga sin pérdida de un solo momento la contestación de haberse reconocido la autoridad del Congreso, pues la espero para decidir mi destino”. Luego, para que no quedaran dudas, añadió: “Estoy dispuesto a sacrificar mi vida privada”. La posibilidad de tal sacrificio también la aceptó en otra carta, subordinándola sólo a un pedido de las autoridades del Perú. Cuando Guido le hizo saber que era urgente su retorno a Lima, San Martín respondió: “¿Cómo y de qué modo me presentaría en ésa sin ser llamado por el Gobierno?”.

Está muy claro. No volverá como un líder faccioso, pero lo hará si, decepcionados los patriotas peruanos por el desinterés o la morosidad de Bolívar, le piden que vaya a hacerse cargo. Esto no ha sido necesario, al menos por ahora. Ni necesario ni posible: las camarillas siguen anteponiendo ambiciones y odios al interés general del país.

Una situación caótica

Cuando San Martín dejó Mendoza rumbo a Buenos Aires, no había recibido la nueva transmitida desde Lima, en septiembre, por el Capitán Salvador Iglesias: “Bolívar ha llegado a ésta el 1° del presente”.

Fue aquí donde se hizo de la carta, con la noticia ya vieja. El Libertador de Colombia había llegado, por fin, a Lima. Un año, dos meses y cinco días: ése era el tiempo que había demorado Bolívar, desde la entrevista de Guayaquil, para hacer su entrada en la capital peruana. Pese a la tardanza, si aún podía dominar la situación, ¡enhorabuena! Pero Iglesias dice en su carta que el pueblo limeño “no le demostró en sus vivas muchas alegrías”. Advierte, también, que Bolívar impuso al comercio un gravamen, que los comerciantes se rehúsan a pagar, y ya se anuncia que habría otro, éste para todo habitante de Lima. “Si el primero no tiene efecto”, dice Iglesias, “yo creo que menos el segundo”.

Por su parte, la prensa de Buenos Aires comunica que, apenas fue nombrado Presidente del Congreso de Lima, Bolívar salió hacia el Cuzco “con 8.000 hombres” a enfrentarse con una fuerza realista a la que “se le calcula de 10 a 11.000 ”. El Libertador de Colombia no sólo tiene que luchar contra los españoles. También contra Riva Agüero, quien sigue desconociéndole autoridad, y a quien ha hecho llegar esta conminación: o remite a Lima todas las tropas que tiene, o “lo pasará por las armas”.

Se sabe que Bolívar ha sido proclamado Dictador del Perú, pero la suya será una curiosa dictadura. El país está partido en zonas. En el norte, Riva Agüero se afianza en su territorio, y ha entrado en conversaciones con los realistas. En el centro hay bandas desorganizadas, que oscilan entre apoyar a Bolívar y a Riva Agüero. En el sur, dominan los españoles.

En el Alto Perú, el ejército de Santa Cruz se desintegró el año pasado en las pampas de Sora Sora, cera de Oruro. Fue al ver cómo se acercaba una fuerza realista, encabezada por el Virrey de la Serna. Pese a que los patriotas eran más (4.800 hombres), Santa Cruz ordenó una inexplicable retirada. “Unos huyeron por Desaguadero, otros por el Joya, algunos por Huancaroma, otros por Chilahuala y Nasacara y por todos los puntos que podían pasar.” Así fue como el enemigo se adjudicó una victoria “sin un tiro de fusil”. Hay quienes sospechan traición, dado que Santa Cruz peleó hasta hace cuatro años del lado realista, y se pasó después de haber caído prisionero, primero de Güemes y luego de Juan Lavalle.

por Rodolfo Terragno.


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