Las elites en la Argentina, por Leandro Losada

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Desfile. Niñas del Colegio Maria Auxiliadora de San Isidro, en la conmemoracion de la obra de Don Bosco. Octubre 1924. El concepto “clase” tiene contornos controvertidos porque no ha habido definiciones consensuadas sobre su sentido y alcance en la tradición marxista, que es la que con más frecuencia ha acudido a él al momento del estudio de la sociedad. Están claras, no obstante, sus principales connotaciones: la clase es un actor colectivo con conciencia de sí mismo cuyo carácter dominante descansa fundamentalmente en su relación de propiedad con los medios de producción (es decir, en la dimensión económica) y que, en rasgos generales, posee un nivel de tensión interna menor al de los conflictos que la enfrentan con las restantes clases sociales.

El concepto “elite”, en cambio, surgió en el campo de la ciencia política, desde una perspectiva “realista” de análisis de la política (también denominada “neomaquiavelista”). Los nombres referentes son los italianos Gaetano Mosca y Vilfredo Pareto,“padres fundadores” de la teoría de las elites en el cambio del siglo XIX al XX con estudios como “Elementos de ciencia política” (de Mosca) o “Tratado de sociología general” y “El ascenso y la caída de las elites” (de Pareto). Estos trabajos marcaron un contrapunto con el marxismo, al postular que la clave para explicar y entender el cambio y el equilibrio social se encuentra en las elites. Mosca postuló que en toda sociedad con cierto grado de desarrollo y complejidad, la dirección política se halla en manos de una minoría organizada. A ésta la denominó clase política. Si bien tendió a utilizar la noción “política” en un sentido relativamente amplio (incluyendo la dirección administrativa, militar, religiosa, económica y moral) sus planteos se distanciaron del marxismo, debido a que la dirección política incluía la gravitación económica pero no se derivaba o supeditaba necesariamente a esta. A su turno, Pareto fue quien utilizó sistemáticamente el concepto “elite”. Continuando algunos argumentos de Mosca sobre las tendencias de formación de las “clases políticas” (las democráticas o abiertas y las aristocráticas o de cierre), Pareto formuló una teoría sobre la circulación de las elites, abriendo así una senda para un estudio de corte más social que político. Remarcó la alternancia de momentos de innovación o apertura (el “instinto de combinación”) con momentos de consolidación o clausura (la “preservación de los agregados”): mientras los primeros aseguraban un grado de renovación necesario para que las elites no se anquilosaran, los ciclos de preservación, predominantes en los momentos de consolidación de una elite en el poder, podían dar lugar a un cierre excesivo que le quitaba legitimidad y la precipitaba en la crisis.

Una de las mayores potencialidades del concepto “elite”, paradójicamente si se quiere, es la de haber estado revestido de distintas connotaciones. En las formulaciones clásicas de Mosca y de Pareto, la elite es una minoría rectora del conjunto de la sociedad. En este plano es similar en sus implicancias a la idea marxista de clase dominante, en tanto se postula la existencia de un elenco organizado, bien delimitado, en la cúspide de la sociedad (si bien a diferencia de la tradición marxista, recordemos, se plantea que las bases de la dominación social son de naturaleza principalmente política, no económica). No obstante, también se ha utilizado la idea de elites en plural (algo que hunde sus raíces en la obra de Pareto). Esto es, que existen tantas elites como dimensiones en la sociedad: elites políticas, económicas, intelectuales, etc. De este modo, puede existir mayor o menor grado de afinidad entre ellas así como bases y capitales singulares, específicos, para cada una, de lo cual se deriva que el conflicto y no sólo la coincidencia puede signar a las relaciones recíprocas entre los sectores que ocupan lugares y posiciones gravitantes en la conducción de la sociedad.

Esta noción de elites, en plural y no en singular, se consolidó en distintas vertientes del estudio elitista de la política (por ejemplo en el “pluralismo” norteamericano) así como influyó en estudios de corte más sociológico que indagaron en la composición y estructuración de las elites en las sociedades occidentales contemporáneas (anclados en distintos enfoques, desde el estructural funcionalismo hasta el constructivismo sociológico). Finalmente, y esto es fundamental para nuestra elección, la voz “elite” (y “elites”), la atención a los matices existentes entre quienes controlan la política, se destacan en el mundo de las ideas o animan la economía, ha ganado consenso historiográfico, siendo las perspectivas elegidas por investigaciones señeras en la renovación del estudio histórico de los sectores encumbrados en nuestro país.

Primeras elites.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, el funcionamiento elitista de la política, un contexto económico y social a grandes rasgos favorable para las elites, y la homogeneidad social en la composición de las mismas, hicieron que el pulso de la sociedad pasara por ellas y permitieron que sus disensos y sus conflictos se resolvieran puertas adentro. En los años de entreguerras, con la emergencia de una sociedad de masas y el divorcio entre las elites y las familias tradicionales, ese estado de cosas terminó.

La Argentina tuvo desde temprano al sufragio universal como base de legitimidad política. Ello hizo que las elites decimonónicas debieran afrontar un desafío singular: diseñar un funcionamiento de la política que lograra el orden y la vigencia de jerarquías en un escenario incipientemente democrático e igualitario. Gracias a la no obligatoriedad del voto y a la inexistencia de padrones permanentes (así como a las secuelas del control de los sectores populares alcanzado por el rosismo), esto se resolvió produciendo el sufragio “desde arriba”, a través de distintos artilugios fraudulentos y de la capacidad de las elites para movilizar electores o adherentes mediante los recursos que dispusieran para ello (entre los cuales sobresalieron los del propio Estado). Los “gobiernos electores”, cuya máxima encarnación estuvo en el orden político extendido entre 1880 y 1916, fueron la respuesta más acabada al respecto. Este estado de situación es el que desapareció luego de 1912. Con la sanción del sufragio secreto y obligatorio, las bases de sustentación y de legitimidad se ampliaron notoriamente. A partir de entonces, las elites políticas no pudieron dar la espalda a las mayorías sociales. Esto generó tensiones hasta entonces inexistentes, sobre todo con las elites económicas, cuyo lugar debía menos a la voluntad popular. De ello dan muestra las oscilantes relaciones que mantuvieron con los gobiernos radicales de 1916-1930.

Los ensayos desplegados entre 1930 y 1943, a su turno, expresaron justamente la búsqueda de revertir las nuevas coordenadas. Y su fracaso, la imposibilidad de alcanzar semejantes cometidos, pues en última instancia implicaban revertir aquello en lo que la Argentina se había convertido. La democracia, en suma, estrechó los márgenes de autonomía de las elites en comparación con el pasado y reposicionó su lugar en la sociedad, generando consecuentes dificultades de adaptación y propiciando fuentes de conflicto entre ellas que antes de ese momento habían sido más fácilmente procesables, incluso en un país democrático desde sus comienzos como la Argentina. Por otro lado, la sociedad y la economía decimonónicas fueron en líneas generales positivas para las elites, o plantearon problemas para los que hubo un margen de maniobra relativamente amplio.

La incipiente sociedad democrática de la primera mitad del ochocientos fue asimismo rudimentaria en términos sociales, económicos y culturales. Por lo tanto, las demandas que germinaron en ella tuvieron un menor espesor a las que surgieron de la sociedad más multifacética y desarrollada, con nutridos y maduros sectores medios y trabajadores, fraguada en los años de entreguerras al calor de los cambios estructurales iniciados a fines del siglo XIX. Por entonces, la sociedad fue singularmente efervescente, marcada por el impacto inmigratorio y por la movilidad social. Pero coexistió con un sistema político elitista, y con un contexto económico notablemente próspero que tuvo entre sus rasgos una acentuación de la concentración de la riqueza como no había ocurrido en ningún momento anterior. Ese escenario, como la política elitista, se desdibujó a mediados de los años diez bajo los efectos de la Gran Guerra. De esta manera, las demandas y las expectativas de una sociedad más culta y desarrollada (aunque menos móvil), alentadas además por la democratización de la política, surgieron en un escenario económico más errático que el de preguerra. En otras palabras, la sociedad de masas apareció en un contexto económico menos favorable para las elites, que, más aún, sucedió a uno de los más beneficiosos para ellas. La homogeneidad en la composición de las elites fue otro factor positivo para que los conflictos entre las mismas tuvieran considerables márgenes de resolución durante el “largo” siglo XIX. Por entonces, su elenco estuvo integrado preponderantemente por las familias tradicionales argentinas.

Este universo a primera vista homogéneo, estático y cerrado fue un punto de llegada y no de partida, pues en verdad atravesó sucesivas renovaciones. La porosidad y las recomposiciones periódicas de las elites (más en Buenos Aires que en el interior) fueron rasgos característicos desde la misma época colonial, y un aspecto, emergente de la sociedad, que junto a los derivados de la política, subyació a los endebles cimientos que tuvieron las jerarquías en la Argentina decimonónica. Así, la alta sociedad integrada por las familias tradicionales terminó de definirse en las últimas décadas del siglo XIX, no casualmente al compás de la constitución de la Argentina como nación, compuesta por familias porteñas de raíces coloniales, familias de las provincias del interior de similares o incluso más tempranas raíces temporales, pero proyectadas a los primeros planos de la vida argentina hacia la segunda mitad del siglo XIX; y familias fundadas por extranjeros e inmigrantes arribados antes del boom inmigratorio desencadenado en los años 1880. Su carácter tradicional descansó en que sus integrantes, por detrás de su heterogeneidad, compartieron raíces familiares en los años precedentes al cambio estructural de la Argentina iniciado en aquella década, una densa trama de parentesco y un mundo social común. En el ocaso de los años de entreguerras, entonces, este elenco tradicional perdió la preeminencia en la composición de las elites políticas, económicas e intelectuales que había tenido hasta los años circundantes al estallido de la Primera Guerra Mundial.

La sociedad de masas.

Los cambios estructurales de la Argentina reacomodaron el lugar de las elites en sí mismas con relación a los períodos precedentes pero más aún desplazaron a las familias tradicionales. En la Argentina de masas, la lógica elitista se evaporó, pero también, paralelamente, la gravitación social de aquel elenco. Por un lado, la recomposición provocada por los efectos de la movilidad social y de la inmigración masiva así como la multiplicación de ámbitos y de esferas desde los cuales edificar una posición gravitante en las distintas dimensiones de la sociedad ajenos a la alta sociedad (el partido político, los cenáculos intelectuales, etc.) descentraron su preeminencia en la composición de las elites y lateralizaron su lugar como referencia para alcanzar una posición social expectante. En segundo lugar, los cambios políticos y económicos ocurridos desde mediados de los años 1910 supusieron un cimbronazo singularmente agudo para las familias tradicionales que aún gozaban de un lugar destacado en la política o en la economía argentinas. El conjunto de los protagonistas de la vida política que no se desempeñaron en la UCR así como de los que ocuparon lugares destacados en las elites económicas tuvieron dificultades de adaptación al escenario abierto en 1916, tanto por el sorpresivo triunfo de ese partido (y su posterior eficacia electoral) como por las nuevas coordenadas de ampliación del juego social que aparecieron junto a él. Sin embargo, las dificultades de adaptación fueron mayores para los vástagos de las familias tradicionales, porque ellos habían sido los artífices del orden que había caducado con la reforma electoral y el triunfo radical, y porque vieron en muchos de sus pares sociales los cambios que la democracia había traído a las prácticas y a los estilos políticos. El hecho de que el recambio político no haya estado acompañado de un absoluto recambio social (a pesar de que la asociación entre ambas cosas haya existido –por ejemplo en La Fronda, un diario conservador que hizo recurrente la burla a los integrantes del nuevo oficialismo que portaban apellidos inmigratorios–) acentuó los desconciertos de la alta sociedad tradicional así como las constataciones de que una época había terminado. A su turno, los cambios en la economía afectaron especialmente a la elite terrateniente pampeana, la más conspicuamente integrada por miembros de las familias tradicionales de todas las elites económicas de la Argentina de entreguerras, que había sido, a su vez, la principal beneficiaria (y responsable) de la próspera coyuntura económica de preguerra y de la concentración de la riqueza que la había acompañado.

Un punto interesante es que paralelamente a que este círculo social perdió gravitación política y económica se clausuró socialmente: su mejor expresión fue un mercado matrimonial cerrado a las filas de las mismas familias tradicionales. Probablemente esto coadyuvó a su ocaso, en tanto limitó la incorporación de sangre nueva a sus elencos (como había sucedido a lo largo del siglo XIX). De todos modos, es notorio que este círculo social mantuvo un lugar como referencia social y cultural en la Argentina de entreguerras: sus usos y costumbres continuaron siendo una pauta a seguir para los nuevos exitosos. Aun así, también es cierto que este rol perdió alcance en comparación con el período finalizado con el estallido de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo con relación a los sectores medios, que culminaron definiéndose contra el estilo de vida aristocrático de las familias tradicionales más que siguiendo sus cánones.

El ocaso de la alta sociedad.

Asimismo, la exclusividad de la alta sociedad como referencia social y cultural menguó debido a la aparición de nuevas referencias (por ejemplo, la farándula del mundo del espectáculo) y sobre todo, porque se quebrantó su consenso y su legitimidad, a raíz de la animosidad contra los ricos, y más aún contra los terratenientes, que recorrió el humor social de los años treinta. Desde ya, la atenuación de la referencialidad sociocultural en parte fue el corolario de la eficacia del estilo de vida de los círculos tradicionales para marcar diferencias: su opulencia la volvió inimitable y al mismo tiempo la enfrentó, por sus mismas connotaciones de diferenciación, a convenciones morales extendidas en amplias franjas de la población. No obstante, su irradiación social también declinó porque aquel estilo de vida distintivo se erosionó. Los modos aristocráticos fraguados en la belle époque de preguerra perdieron entidad dentro de las propias familias tradicionales bajo el pulso de la modernidad de los “años locos” y adquirieron crecientemente los aires de una excentricidad extemporánea más que los contornos de lo distinguido y sofisticado. Si se miran las cosas en perspectiva, entonces, surgen distintos ritmos en el declive de la alta sociedad tradicional a lo largo de la Argentina de entreguerras. Fue más rápido en la política, por el ocaso en 1916 del orden político que habían edificado, y en la economía, a causa del desdibujamiento de la elite terrateniente como motor de la economía nacional, y más pausado en lo social y en lo cultural, debido a la perduración recién comentada de su gravitación como referencia en usos, modos y costumbres.

Las razones de esta temporalidad escalonada podrían atribuirse a que el imaginario es aquella dimensión de la sociedad que tiende a desdibujarse más lentamente, a que las representaciones de los actores sociales son las que logran mantener durante más tiempo sus aristas y sus acentos. Así, a pesar de que las familias tradicionales ya no ocupaban en los treinta el lugar que habían tenido hasta la Primera Guerra Mundial, para gran parte de la sociedad siguieron siendo sinónimo de prestigio, poder y riqueza. Los distintos ritmos de declive, quizá, también fueron el corolario de que fue en el plano social y cultural donde este círculo social logró edificar una imagen con contornos más definidos y sólidos, hacia afuera de sus fronteras (pero también hacia su interior) a través de la cohesión derivada de las densas tramas de parentesco y de estilos de vida e identificaciones (aristocráticas, patricias) igualmente compartidas y, sobre todo, ostentadas y desplegadas ante la sociedad. Esa cohesión o solidez como círculo social contrasta, por citar un ejemplo a manera de contrapunto, con las divisiones que recorrieron a las familias tradicionales en la política desde el siglo XIX (rasgo que la democracia, por cierto, vino a replicar sobre nuevas coordenadas, pero ciertamente no a inaugurar).

En consecuencia, de todo esto emerge que el enemigo señalado por el peronismo como el responsable de los males del país, la “oligarquía” (esa forma imprecisa de aludir con términos políticos a un grupo social referenciado desde el discurso peronista con los sectores tradicionales y con la elite terrateniente) remitió en realidad, con todas sus ambigüedades, a un actor en retirada si se advierte el peso y el protagonismo que tenía al comenzar la década de 1940, o más aún, si se los compara con los que había tenido hasta pocos años atrás. Justamente, fue su declinación, y en un sentido más amplio el ocaso de la Argentina de la que dicho círculo social había sido representativo, el escenario sobre el que se asentó la aparición de ese fenómeno que catalizó como ningún otro la conversión de la Argentina en una sociedad de masas.

*Autor de “Historia de las elites en la Argentina”, Sudamericana, 2009.

Datos del Autor:

Datos del autor

Leandro Losada es doctor en Historia por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, donde se desempeña como docente en el Departamento de Historia de la Facultad de Ciencias Humanas.

Es investigador del CONICET y del Instituto de Estudios Histórico Sociales “Juan Carlos Grosso”.

Ha publicado artículos sobre las elites en la Argentina del cambio del siglo XIX al XX en libros y revistas académicas del país y del exterior (entre ellas, Hispanic American Historical Review, Desarrollo Económico y Entrepasados). Es autor de La alta sociedad en la Buenos Aires de la Belle Époque. Sociabilidades, estilos de vida e identidades (Buenos Aires, 2008).

(Fuente: Diario ABC Hoy).


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