Genealogía del temor porteño, por Lila Caimari

A partir de su investigación sobre el crimen en Buenos Aires hacia el 1900, Lila Caimari analiza el actual pánico al delito. Reconoce continuidades discursivas pero también hondas diferencias entre las figuras sociales que componen la galería del miedo.

En Revista Ñ

Ya no se puede salir a la calle”, “Los nuevos delincuentes no tienen códigos”, “La justicia es lenta y no castiga lo suficiente”, “La policía es inútil y corrupta”, “Cuando yo era chico jugaba tranquilo en la vereda”… ¿Cuántas veces al día se oyen estas frases en las ciudades argentinas? Tantas, en efecto, que cuesta dis­tinguir una de otra, medir sus im plicancias – demanda al Estado, lamento genérico por la decadencia moral, identificación de un riesgo físico concreto… Asociadas a mu chas otras, se aglutinan en tramas de sentido común, se filtran en las interacciones más banales, se traducen en mil formas del com portamiento preventivo. Están en petitorios vecinales y en testimonios desesperados ofrecidos a los movileros de los canales de noticias. “Nunca estuvimos peor”, dice cada reflexión a su manera.Los episodios que las inspiran son excepcionales: cada uno es único en sus detalles y despierta emociones diferentes entre sí. A la vez, tienen una capacidad singular para com binarse y explicar la realidad. La conversación sobre el crimen or ganiza el mundo, dijo hace tiem po la antropóloga brasileña Teresa Caldeira a propósito de la brutal segmentación socio-espacial de San Pablo. (En su reciente libro sobre El sentimiento de inseguridad , Gabriel Kessler hace un ex celente análisis de este fenómeno en el contexto argentino). El orden cósmico violentado por el crimen sólo se restituye cuando ingresa a una narrativa más amplia. No importa cuán aguda sea la emoción que la impulsa, esta operación de sentido no es errática, transcurre en el marco de ese gigantesco ar chivo de figuras y argumentos que subyace a la imaginación social del temor.

El habla del crimen

Acaso la contribución más clara de la historia a la reflexión sobre la cuestión delictiva del presente es la evidencia de que los temas del “habla del crimen” tienen una larga tradición. Se dirá que la historia hace esto permanentemente, que reconstruir genealogías y poner en perspectiva el presente forma parte de su rutina. Pero en este caso, el ejercicio de siempre produce un efecto de extrañamiento más potente, porque la recurrencia casi perfecta de temas deses­tabiliza uno de los componentes más arraigados y más emotivos del sentido común: el de “antes esto no pasaba”. Hoy sabemos que no solamente pasaba mucho más de lo que la memoria registra, sino que todo lamento de una “ola delictiva” (el que aparece en los diarios de fines del siglo XIX, en los de las décadas siguientes y en las que siguieron a ésas) se ha organizado en torno a la oposición entre un pasado plácido y un presente colmado de tensión. En otras palabras: que ese contra punto nostálgico es una estructura permanente de sentido. Y que en torno a él se han ordenado, muchas veces, todas las afirmaciones que abren esta nota.

Figuras de la amenaza

La sociedad porteña (que es la más estudiada) ha pasado por otros pi cos de pánico al delito. A lo largo de la gran ola inmigratoria, por ejemplo, nace toda una galería de figuras de la amenaza: el extranjero peligroso, que pone en riesgo la pureza esencial de la nación; el anarquista, que no solamente se niega a nacionalizarse sino que cultiva un proyecto explícito de reversión social; la prostituta, desvelo de la moral burguesa y “auxi liar” del vicio y el delito; el “ladrón viajero”, que se desplaza impune de puerto en puerto y genera los primeros acuerdos policiales intermetropolitanos para el control de identidades; el inquietante “escruchante” o rompedor de puertas… Esas calles atestadas de recién llegados cobijan amenazas solapadas: el punguista, que aprovecha la multitud para disimular el robo de carteras; o el cuentero del tío, que despliega sus tretas gracias a la confianza de los más desprevenidos. “Entre desconocidos, mejor ejercer la desconfianza sistemática”, aconsejan las revistas del 900.

La modernización técnica y la expansión del consumo de los años de entreguerras producen una renovación de ese elenco. Gracias al cine, la figura más re cordada es la del pistolero, ése que –como el Pibe Cabeza– organiza espectaculares golpes con autos y armas automáticas. Emparenta do con él en su modus operandi está el mafioso: la banda rosarina de Chicho Grande (que la prensa compara con Al Capone) practica el secuestro extorsivo y termina desencadenando la mayor deman da social de endurecimiento de las penas hasta el caso Blumberg.
Por encima y por debajo de las celebridades del crimen organizado hay asaltantes más o menos amateurs y, en el mundo de la “baja” política, matones de comi té. A lo largo de estas décadas, las zonas seguras e inseguras del mapa mental de los porteños se van delimitando charla a charla: el bajo fondo opaco que puntea la grilla de la ciudad moderna y legal, las calles barriales mejor o peor iluminadas, ese suburbio “tierra de nadie” que rodea a la capital.

La prensa registra muy gene rosamente las historias del vicio y la ilegalidad. Lo cual apunta a otro dato: a lo largo de todo el siglo pasado hubo un periodismo co­mercial que se ocupó del crimen, que cultivó una estrecha relación de intercambio informativo con la policía, hizo una selección muy permisiva de los casos cubiertos e ignorados, y tomó decisiones más permisivas aún sobre los recursos (escritos, dibujados y fotográficos) utilizados para montar espectácu los del espanto y la fascinación vergonzante. Crítica y Caras y Caretas fueron pioneras en este plano, aunque otros diarios y re vistas compitieron por el “plato fuerte” del día. En los años treinta, la radio ingresa en el relato del crimen, con reportes que actualizan permanentemente la información sobre las violencias de la calle y una serie de radioteatros basados en los archivos de la policía. Cono­cemos cada vez mejor esa historia, y sabremos más sobre ella en los años por venir.

Leer el presente

Una trama hecha de tantos hilos –la historia de grupos sociales específicos, de las culturas urbanas, del periodismo, la literatura, la policía, la criminología– incita a renovar muchas preguntas del pasado. Ahora bien: la publicación de estos hallazgos en el contexto de una intensa ola de pánico al de lito también impone la pregunta por su relación con el presente. ¿Qué nos dicen, a fin de cuentas, sobre el fenómeno actual? Veamos. Dicen que no todo lo que parece nuevo es tan nuevo como parece. Bien. Más importante: permite comparar la “cuestión criminal” argentina consigo misma, a pensarla en sus propios términos y avanzar en una recons trucción que hasta hace poco se evaluaba en relación a sociedades con culturas de la violencia tan diferentes como la norteamericana o la brasileña. También me gustaría llamar la atención sobre lo que los hallazgos de la historia no están diciendo. A saber: que el fenómeno actual no es más que la versión aggiornada de un proble ma cíclico hecho de repeticiones y déjà vu . Exponer las continuidades es importante, aunque más no sea por el efecto calmante de la comparación en estas épocas de desproporción retórica. Y ayuda a desagregar un fenómeno de alta emotividad, clavado en lo urgente y lo inmediato. Pero ese efecto se agota rápidamente si no está acompañado de una reflexión sobre lo que separa a la “cuestión criminal” actual de la que se planteó décadas atrás.

Esta distancia salta a la vista con una simple mirada a los con textos de sentido: por más que las expresiones permanezcan idénti cas y formen parte de una misma gran familia de reflejos escépticos y defensivos, decir “ya no se puede salir a la calle” o “la policía es co rrupta” significa cosas diferentes en 1900 y en 2010. “Inseguridad” (un término siempre amplio y polisémico) puede indicar des­orientación ante los cambios de la ciudad, dificultades de adaptación a las lógicas del anonimato, a las mil violencias del espacio público (incluidas las de los “nuevos delin cuentes”). “Corrupción policial” ha aludido a la intervención en elecciones fraudulentas, la connivencia con el pequeño juego clan destino, el manejo de redes pros tibularias y muchas cosas más. Tomar en consideración estas di mensiones es desalojar la noción de un pasado de pureza –la policía siempre fue cuestionada, la calle siempre fue pensada como lugar de riesgo– y es en este sentido que la historia ofrece proporción. Pero proporción no es equivalencia en tre pasado y presente, ni tampoco invitación a consolarnos recosta dos en los bálsamos de la larga duración.

Pibes chorros

La figura del “pibe chorro”, que hoy preside explícita o implícita las encuestas de victimización de cualquier barrio de cualquier ciu dad, ilustra bien todo lo que une y separa las estaciones de nuestra galería del temor. No es una figura nueva: se emparenta con el asaltante barrial, e incluso con ese pistolero que en los años veinte aparece descrito en términos si milares: juventud, amateurismo, implantación en el “Gran Buenos Aires”, desdén insolente por los códigos del “viejo” delito, uso indiscriminado e imprevisible de la violencia… El pistolero genera ansiedad y agitada condena a sus métodos. Su indiferencia moral es juzgada como el producto más perverso de una sociedad que en su carrera por el enriquecimiento ha dado por tierra con todos los valores. Precisamente porque pertenece a otro tiempo –por ser el emergente de un naufragio social inimaginable décadas atrás, y no la versión desaforada de la fanta sía del ascenso– el “pibe chorro” es su descendiente sólo en parte.

Hubo otros transgresores vinculados a la “cuestión social”. Ni criminólogos ni otros técnicos estatales dudaban en usar ese término para describir el crecimien­to del delito del temprano siglo XX. Los anarquistas “peligrosos” fueron los más conspicuos protagonistas de ese pensamiento pe simista sobre la modernización. También se hablaba de los “niños de la calle” y de la plaga de “lunfardos”. Pero la relación de estos sujetos con la “cuestión social” era diferente a la actual: se trataba de desafíos organizados al proyecto modernizador, o de las deploradas formas de la marginalidad que generaba una transformación de fuerza arrolladora. Imaginemos por un momento cómo se escribi rá la historia del “pibe chorro”: se dirá que su irrupción reactivó mu chos temas del delincuente juve nil previamente disponibles en la imaginación del miedo de los ar gentinos. A ellos se agregarán los datos de las inéditas modalidades de exclusión, del paco, las armas, la cumbia villera. Pero quizás lo distintivo del “pibe chorro” no re sida en este o aquel atributo, sino en su lugar en el gran relato de la sociedad argentina de la vuelta del siglo XXI. A diferencia de sus an tepasados en el delito y la margina­lidad, su figura dislocada estará en el centro mismo de esa historia.

El pistolero, figura de la modernidad

“1921 es un año clave en la his toria del delito porteño. El 2 de mayo, a plena luz del día y en pleno centro de la ciudad (y a una cuadra de la casa Rosada), el transporte de caudales de la Aduana es asaltado por una banda de ladrones armados, que huyen en automóvil lleván dose la astronómica suma de $ 620.000. Madruguistas, pungas y escruchantes se sienten humillados. Ante las evidentes ventajas de este revolucionario modus operandi, ¿vale la pena continuar ejerciendo un oficio que requie re tanto esfuerzo y habilidad, a cambio de rendimientos tan in ciertos? “Golfear (robar) por dos guitas ya no vale la pena…”(…)

Empecemos por lo evidente: el pistolero nace en una socie dad donde abundan las pistolas. Evidente, aunque no tanto como el sonido redundante de la frase pues la generosa disponibilidad de armas baratas, eficaces y livia nas no siempre ha estado ni vol verá a estar. ¿Cómo explicarla? En un primer nivel, como otro producto de la expansión capita­lista. (…)
¿Quién es este delincuente que tanto sobresalta a los porteños? En realidad, no es un tipo delic tivo sino varios, conectados en la percepción pública por el uso de armas y automóviles. Algunos son asaltantes puros y simples, más o menos organizados. En un extre mo están los que planean golpes de gran escala. Para describirlo se recurre a la palabra “hampa”, que sugiere organización y pro fesionalismo. El “contagio” de la nota sensacionalista y los mode los cinematográficos en las ope raciones de estos grupos es algo que muchos dan por sentado. En la otra punta están los ladrones más o menos amateurs, que aquí y allá asaltan comercios y se llevan el dinero de la caja en auto o en tranvía. También son pistoleros los anarquistas “expropiadores”, que sorprenden con una serie in édita de asaltos a bancos (…) La inquietud que genera la noticia del ataque con armas de fuego da vida a un amargo lamento por la degradación de los tiempos, a la nostalgia por las ilegalidades del pasado. El desprecio moral por el asaltante contiene una condena a su insólito descuido de la vida humana, y a ese amateurismo que ha transformado el crimen en una práctica amoral. Las armas de gran calibre, que cualquiera puede obtener, desje rarquizan el robo. No hacen falta destrezas dignas de ese nombre, porque con la Colt 38, cualquiera puede amenazar a cualquiera. A diferencia del gaucho y el cuchillero, el delincuente armado po ne en riesgo a los demás sin po nerse en riesgo a sí mismo –su violencia no tiene la virilidad del coraje–. El salto en la coacción que viene con el arma de fuego sintetiza lo peor de la sociedad moderna: su apuro por la gra tificación, su despreocupación por las consecuencias, su desdén plebeyo por las formas.”

La ciudad y el crimen. Delito y vida cotidiana en Bs. As.
Lila Caimari
Sudamericana
206 pags.
$ 42

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