Lecciones del ’76

Las sociedades eligen determinadas fechas para conmemorar sucesos que son importantes para ellas. Muchas veces son festejos que llenan de orgullo a los ciudadanos por el heroísmo de sus antepasados, evocan hazañas colectivas o personales, reales o legendarias, pero que unen a todos en el recuerdo de un pasado que de lejos parece más extraordinario y los llena de esperanzas hacia el futuro.

Pocas veces una sociedad se detiene a reflexionar sobre algo que la avergüenza o le duele. Hoy nos toca traer a nuestra memoria sucesos que entran dentro de esa categoría. El 24 de marzo de 1976, como culminación de un proceso de deterioro de las estructuras políticas, morales e intelectuales de nuestro país, que había comenzado por lo menos hacia 1930, se produjo un golpe de estado que dio inicio a un gobierno ilegal y a una tragedia sin precedentes. En el mundo se estudia ese período de la Argentina como una de las dictaduras más terribles de un siglo que un gran historiador ha llamado “la era de las catástrofes”.  El terrorismo, la censura, las desapariciones, la quiebra de la economía, el empobrecimiento social y espiritual cayeron como plagas sobre la sociedad argentina y dejaron huellas difíciles de borrar.

Sin embargo, de nada habrá servido todo el dolor del pasado, de nada servirá la vergüenza de haber convertido a este país -que alguna vez fue considerado una promesa de modernidad-, en un ejemplo de aquello en lo que ningún pueblo civilizado desea convertirse, si no podemos transformar esa experiencia en el cimiento de una sociedad mejor.

¿Qué aprendimos los argentinos de la última dictadura militar? Me gustaría pensar que algunas cosas deberían haber quedado claras. Por ejemplo, el respeto inalterable que merecen la constitución, las leyes y las instituciones del Estado de derecho. Ser esclavos de la ley nos permitirá entender que ellas ponen orden donde no lo hay, nos dará paciencia para esperar la próxima elección si el rumbo del gobierno que votó la mayoría no nos convence, nos dará la humildad de entender que nuestro voto vale tanto como el de aquel que creemos menos dotado, la esperanza de que el brazo de la justicia llegará hasta aquellos que se creyeron por encima de la ley.

Porque la constitución está para dejar al poderoso fuera del ancho reino de nuestros pensamientos y nos eleva a la categoría de ciudadanos libres, este es un día para celebrar la libertad imperfecta de que gozamos hoy. Porque cualquier desorden que vivamos es mejor que la quietud de la muerte.

Por esa última razón, creo que la enseñanza más importante que nos ha dejado la experiencia del 76 no es política. Espero que los argentinos hayamos aprendido, después de tanto horror, que la vida humana es preciosa. Que no debemos caer en la tentación de buscar argumentos que justifiquen nuestro odio. Que no podemos convertir a nuestros adversarios en enemigos. Que la violencia no puede ser el camino para el cambio. Que no se derrota a la injusticia con la sangre de las víctimas.

En un mundo en el que la razón es vencida día a día, ¿no sería maravilloso poder construir un país en el que la libertad no excluya el respeto, la ambición no le escape al trabajo, el debate no sea un batalla? Un país en el que, al final de la jornada, nos sintamos orgullosos de ser argentinos. Esa es nuestra tarea.

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