Cómo el nazismo construyó el odio antisemita

Sergio Wischñevsky*

Una apreciación razonable de la situación de los judíos en Europa alrededor de 1930 habría colocado a los 525.000 judíos de Alemania entre los que gozaban de mayor seguridad en el continente. Los judíos alemanes representaban sólo el 1% de la población de su país. Tenían una buena situación económica en general y sus derechos cívicos, en apariencia inalienables, los habían llevado a ocupar lugares destacados en la vida cultural y política de Alemania. Por otro lado gozaban de una gran integración social: en 1920 uno de cada cuatro judíos alemanes contraía matrimonio con alguien que no lo era. De hecho, algunos dirigentes comunitarios alertaban sobre el peligro de una integración demasiado extrema. Es importante destacar que ningún dirigente judío del mundo previó ni siquiera remotamente que poco después un gobierno alemán, elegido en elecciones, procuraría exterminar no sólo a los judíos alemanes sino también
a los millones que habitaban fuera de las fronteras del país.
Uno de los primeros objetivos de los nazis en el poder fue construir un enemigo común que sirva para unir a la nación alemana y darle al gobierno la mística y el discurso que le permita desarrollar su poder sin miramientos. Los medios de comunicación fueron uno de los órganos privilegiados en la construcción de ese enemigo. Sin embargo una cosa es un discurso antisemita y otra cualitativamente distinta es el exterminio de seis millones de seres humanos por su sola condición de nacimiento. Como han demostrado las más recientes investigaciones historiográficas, la gran mayoría de los votantes
de Hitler no eran necesariamente nazis y esto el régimen lo comprendió bien pronto y actuó en consecuencia.
En efecto, en los comienzos del nazismo la propaganda antisemita mostró,
con lógico orgullo de su parte, las acciones concretas que se perpetraban tanto en las calles como en la legislación. Pero es a partir de la llamada Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht) en 1938, en la que las SS causaron enormes destrozos de viviendas y comercios, asesinaron a 90 judíos y dejaron a muchos más con graves heridas, en donde la situación informativa pegó un vuelco. Por que a los dirigentes del III Reich les quedó claro que acciones como esas le produjeron a la población alemana un enorme y vivo rechazo. Desde ese momento la propaganda antisemita continuó y se refinó pero ya no se informaron nunca más las medidas concretas que se llevaban adelante. Esa información pasó a ser secreta o como máximo apareció en la prensa como sugerida de manera ambigua.
Como parte del esfuerzo en la construcción del enemigo judío cientos de películas se filmaron para estigmatizarlos. No obstante, dichos films, no
constituyeron el vehículo principal de transmisión de propaganda. Ese rol lo
cumplieron de la manera más efectiva los noticieros, los nazis transmitieron sus mensajes principalmente a través de ellos.
Resulta significativo que, aunque el lenguaje antisemita apareció de forma sistemática en ellos, en los doce años que duró el III Reich, apenas se mencionó la política antisemita concreta. Hubo cuatro compañías a cargo de la producción de los noticieros: Fox, Ufa, Deuling y Bavaria y es sorprendente que entre 1933 y 1939 sus películas hayan abordado las medidas contra los judíos en sólo tres oportunidades y, aún así, sólo como tema secundario. Acontecimientos tan significativos como la promulgación de las leyes de Nüremberg en septiembre de 1935 que dejaron a los judíos sin derechos civiles o el aluvión de legislación antisemita de 1938 no se mencionaron en absoluto en los noticieros alemanes. En esta línea durante la guerra se produjeron cinco millones de metros de filmación de los que apenas un 6% se incluyó en los noticieros semanales que se proyectaban en los cines con una duración de 30 minutos.  Sin embargo no se mostró nada sobre la situación de los judíos en Europa Occidental ocupada y sólo unos minutos sobre los judíos del este. Por el contrario las películas sobre el Gueto de Varsovia fueron preparadas de manera tal que se viera a los judíos en una buena situación. Desde que empezó la invasión a la URSS hasta el final de la guerra nunca aparecieron en los noticieros las medidas antisemitas concretas. En lo que no había ningún tipo de reparo era en informar acerca de lo que otros países hacían contra los judíos: como en la Francia ocupada, en Rumania, o incluso sobre manifestaciones antisemitas en Tokio. La idea era destacar que Alemania no estaba sola en su política de persecución. Tanto en diarios como en noticieros la imagen que se construyó del judío tuvo la clara intención de generar aversión: las costumbres antihigiénicas, la miserabilidad económica, la insensibilidad, la falta de solidaridad “aún entre ellos” con fotos en la que se ve a judíos muertos en las calles de un gueto y el epígrafe que afirma: “cuando un judío muere, los demás ni siquiera lo miran”, o la típica imagen donde se los asocia con criminales.
Las deportaciones de judíos alemanes no son informadas jamás en contraste con la pormenorizada información sobre las deportaciones en Polonia y todos los territorios ocupados.
El tristemente célebre discurso que Himmler pronunció en Posen en 1943 proporciona la razón fundamental para tanto secretismo aparente: los nazis creían que muchos alemanes no estaban preparados todavía para implicarse en la matanza. Por ello proclamaba su frustración de que a pesar de que el programa nazi habla claramente del exterminio de los judíos: “todos los ochenta millones de alemanes cabales, te salen con que cada uno conoce a un judío decente”. Los nazis creían que la población los seguía en el discurso abstracto pero no estaban seguros de la predisposición de la ciudadanía a aniquilar al judío concreto. Por ello Himmler concluye que la Solución Final tenía que seguir siendo: “una página de gloria sin escribir, que nunca será escrita, de la historia alemana”. Por ello la matanza debía ser en el máximo secreto posible.
Sobre el final de la guerra, cuando la derrota militar se empieza a percibir
como inevitable se opera un cambio de estrategia mediática. Se corre el
telón discursivo y se implica a toda la población en la responsabilidad de lo
ocurrido. El objetivo fue convertir a todos en culpables para de esa forma
comprometer a todos en la guerra. Se informó (amenazó) de lo que ocurriría si se produjera un triunfo de los aliados, de las venganzas judías que podrían venir, de las consecuencias por los crímenes. La guerra, en el discurso de los medios, se convirtió en una lucha por la supervivencia.
Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, anotó en su diario: “Sobre la
cuestión judía adoptamos una postura de la que no hay escape. Eso es bueno.
Un movimiento y un pueblo que han quemado sus naves, luchan con mayor
determinación que aquellos que todavía pueden retirarse”.
La Shoa, el Holocausto, el genocidio nazi o como prefiera llamárselo, necesita
un ejercicio de memoria que vaya más allá de la simple conmemoración.
La construcción de un enemigo surgido del propio seno de la sociedad mediante el uso y abuso de los engranajes de manipulación de la opinión pública están a la orden del día en el presente. Ninguna sociedad esta exenta de vivir impávida el destape del horror como en la Alemania nazi o como en los muchos genocidios que conoció el SXX incluido nuestro propio país. Por ello sería una buena veta de pensamiento tener en cuenta que cuando miramos aquella sociedad no estamos mirando unos lejanos y ajenos monstruos sino una horripilante imagen en un espejo que nos muestra lo que somos capaces de hacer. Lo que somos capaces de tolerar. Reflexionar
sobre eso sería un muy buen homenaje en el día de la Shoa.

*Historiador. Profesor de la UBA.

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