El austral, la moneda que se contaba en cientos de miles

La divisa se implementó en junio de 1985 para enfrentar el alza de precios, pero derivó en una hiperinflación; los motivos del fracaso, según los especialistas.

Por Iván Ruiz y Luján Scarpinelli
De la redacción de lanacion.com
iruiz@lanacion.com.ar
mscarpinelli@lanacion.com.ar
@iruiz
@lujanscarpi

Veinticinco años pasaron desde su aparición y 18 desde su extinción. Su existencia, aunque breve, fue bastante conflictiva: en sólo siete años, pasó de ser la estrella de un plan que lo pretendía sólido, a desvanecerse con el correr de los minutos. El Austral fue una punta de lanza que se desafiló con facilidad, en un contexto corrosivo.

Un 15 de junio de 1985, Juan Vital Sorrouille, por entonces ministro de Economía del gobierno de Raúl Alfonsín, lanzó el cambio de moneda. El Austral reemplazó al Peso Argentino, la divisa nacional que el dictador Reynaldo Bignone había creado en 1983 y la que más corta vida tuvo en la historia del país. Cada unidad de Austral equivalía a 1000 pesos argentinos. El tipo de cambio se fijó en 0,80 centavos por dólar.

La dictadura había dejado una pesada herencia de deuda e inflación, que Bernardo Grinspun, primer ministro de Economía del gobierno democrático, no había logrado resolver. Entonces, en 1985, Sorrouille lanzó un plan para contener la inflación que, entre otros puntos, congelaba precios y salarios.

En una entrevista audiovisual que realizó el área de Políticas Económicas del Archivo de Historia Oral de la Universidad de Buenos Aires, Sorrouille argumentó que el Austral fue “una operación política para asegurar o despejar las acechanzas más duras que el gobierno afrontaba en ese momento para llegar a fin de año”. Entre los problemas a resolver estaba la inflación “incontrolable” y una posible rebelión militar.

Al principio, el plan mostró resultados y pareció funcionar. Nadie imaginaba por aquellos días -ni había motivos para hacerlo- que desembocaría en una hiperinflación como la que se desató años después y que motivó la salida del gobierno radical.

¿Qué sucedió, entonces, en la vida del Austral que lo condenó a la desaparición?

Mario Brodersohn, por aquellos años secretario de Hacienda y partícipe del cambio, identificó una combinación de factores negativos: “Por un lado, los precios internacionales cayeron, hubo que eliminar las retenciones y se creó un agujero fiscal que agravó la situación. Por otro, crecía el costo de la deuda, con intereses cada vez mayores, y la oposición del sindicalismo y peronismo jugó un rol destructivo”, consideró. La dificultad para manejar la economía en este escenario y la puja distributiva que se generó al intentar salir de los congelamientos, recordó, derivaron en lo contrario a lo que se buscaba: la inflación se aceleró.

El historiador Luis Alberto Romero, director del Centro de Estudios de Historia Política de la Universidad Nacional de San Martín, evaluó: “El cambio hacia el Austral era la culminación simbólica del plan, que tuvo un año espléndido hasta mediados de 1986. Hasta allí logró su propósito de frenar la inflación controlando las expectativas”.

El germen de la crisis, advirtió, estaba en el mismo programa económico: “La implementación del Austral generó simpatía en la sociedad, pero la hiperinflación estaba cantada. Aunque el plan la frenó por un año, fue como tomar aspirinas para bajar la fiebre”, juzgó.

Roberto Cortés Conde, profesor emérito de la Universidad de San Andrés y especialista en historia económica, destacó el impacto de la medida en el nivel de expectativas. “El Plan Austral se elaboró con el propósito de causar una drástica caída en la inflación. El gobierno se comprometió a no emitir, a reducir los gastos y a permitir la desindexación de todas las obligaciones. Y en los primeros meses pareció que se había encontrado un recurso inteligente para solucionar un problema preocupante; se buscó que la gente perdiera la memoria inflacionaria”, explicó. Sin embargo, según su análisis, no prosperó porque el gobierno volvió a emitir para pagar la pesada deuda externa, además de verse obligado a equilibrar las cuentas públicas.

Tipo de cambio. En cuanto al tipo de cambio, Sourrouille aclaró: “No era nuestra idea que el tipo de cambio de la Argentina fijado en el Plan Austral iba a permanecer anclado nominalmente por el resto de nuestra historia. El tipo de cambio nominal no era un ancla. Siempre entendimos que el tipo de cambio real alto y estable era la condición para que el país empezara a funcionar”. Por eso, luego se buscó empezar una política de tipo de cambio móvil, “reptante”.

Por otra parte, Mario Rapoport, historiador de la UBA, consideró que la implementación de la nueva moneda introdujo “un cambio artificial”. “La modificación en las cantidades implica una mayor confianza de la gente, aunque más psicológica que económica”, afirmó. En relación al plan, señaló que si bien los precios se frenaron temporalmente, no pudieron superar la inercia que existía desde antes. El fracaso se enmarca a su entender en los objetivos de corto plazo. “No se aplicaron políticas de largo plazo. Se hizo hincapié en los congelamientos de salarios y de tarifas, sobre todo en los servicios públicos, y en general, este tipo de medidas fracasó en la historia argentina. Fue una decisión más tecnocrática que política, pero con atacar las expectativas no alcanza. La inflación no se detiene con magia”, analizó. Y sugirió: “Lo que se debería haber hecho fue un plan menos radical, más pausado”.

En el documento audiovisual de la UBA, Sourrouille negó que existiera tiempo para ese tipo de “gradualismos”. Había que frenar la inflación de inmediato. Y para eso, el creador del plan consideraba “inexorable” hacer congelamientos que permitieran “generar un espacio político”, más que económico, y así asegurar la continuidad del gobierno.

La relación con el mundo. Además de los factores domésticos, el Austral se vio afectado por el contexto internacional. De acuerdo con Rapoport, ante una situación desfavorable en este plano, con términos de intercambio negativos, la solución era fortalecer el mercado interno, en lugar de aplicar congelamientos. “Se hizo una mala lectura de lo que pasaba en el mundo y se tomó una decisión burocrática con un guiño del FMI, ya que se hizo un ajuste mayor al que pedía”, manifestó.

“Finalmente el fracaso del Plan Austral desembocó en la derrota de las elecciones legislativas de 1987, que luego llevó al Plan Primavera y la situación económica terminó en una total vulnerabilidad”, recordó Romero. Esa fragilidad marcó el comienzo del fin. Y la muerte del Austral, que se consumó en 1992 -años más tarde que su muerte natural-, se llevó consigo al primer gobierno democrático tras la última dictadura.

El deceso trajo al peso y a la política de la Convertibilidad, de la mano de Domingo Cavallo.

Hoy, 25 años después de la creación del Austral, y con una década de paridad de por medio, la inflación sigue desvelando a los argentinos.

Una enormidad de ceros, el doble de billetes y distintos próceres

Alcanza con decir que con un billete se podía tener un millón de australes para explicar algunas de las diferencias entre aquella moneda y los pesos que rigen en la actualidad.

Los australes multiplicaron los ceros a medida que crecía la inflación, pero también duplicaron la cantidad de billetes y monedas que se usan por estos días. La implementación del peso disminuyó literalmente el grosor del bolsillo de los argentinos: antes se usaban 12 billetes distintos; ahora, sólo seis. Con las monedas sucedió algo similar: se utilizaban 11, luego la cantidad se redujo a seis.

Con la proliferación de papel moneda también se multiplicaron los próceres. Los únicos que se mantuvieron hasta la actualidad fueron Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Julio Argentino Roca. Además, los australes se ilustraban con Bernardino Rivadavia, Justo José de Urquiza, Santiago Derqui, Nicolás Avellaneda, Miguel Juárez Celman, Carlos Pellegrini, Luis Saenz Peña, José Evaristo Uriburu y Miguel Quintana. Ni José de San Martín ni Manuel Belgrano figuran, ya que se habían incluido imágenes de presidentes.

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