“Una tarde en Grand Bourg”, por Vicente Battista

La Revista Ñ publicó ayer una serie de relatos inspirados en la figura de San Martín. Este es uno de ellos:


“En Grand Bourg cae una fina llovizna de otoño. Esto no parece inquietarle a los dos hombres que están de pie en el centro de una habitación iluminada apenas por dos quinqués.

Sobre una mesa hay un recipiente con tabaco recién picado, algunas pipas, una pluma, un modesto tintero, cuartillas de papel en blanco y varios libros. Uno de los hombres supera los 30 años, una poblada barba negra cubre su cara, muestra unos kilos de más y una incipiente calvicie. El otro hombre lo dobla en edad, es enjuto, de espalda encorvada y pelo cano.

Sarmiento repite el hombre mayor y entrecierra los ojos.

¿Es el ademán de quien intenta aguzar los recuerdos o de quien, corto de vista, quiere distinguir mejor al que acaba de llegar? Imposible saberlo, porque el hombre que acaba de llegar se limita a decir que sí con una ligera inclinación de cabeza. Años después ese mismo hombre escribirá: “sus ojos pequeños y nublados ya por la vejez, se han abierto un momento, mostrándome aquellos ojos dominantes, luminosos, de que hablan todos los que lo conocieron”, pero hoy, 14 septiembre de 1846, sólo acepta la invitación a sentarse que le acaba de hacer el hombre mayor.

Clemente, José Clemente, ¿ése es el nombre de su padre, verdad? pregunta el hombre mayor.

Sí, mi general, ése es el nombre de mi padre. Cierta vez me contó que usted lo había condecorado.

“El general San Martín me condecoró”, así dijo.

Le otorgué el grado de capitán.

Su padre era un buen soldado.

Cruzó la cordillera al frente de 90 milicianos de San Juan y participó en Chacabuco. ¿Y por dónde anda ahora? Sarmiento no vacila en responder: Siete años después de que usted partiera, Quiroga, Facundo Quiroga, lo condenó a muerte.

¡Quiroga! Me cuesta creerlo dice San Martín con gesto de desagrado. He leído su Facundo.

Menudo retrato el que usted hace de Quiroga. Por momentos parece admirarlo y los mayores momentos lo muestra como la personificación de Lucifer.

Sólo digo la verdad: con sus instintos de destrucción y carnicería, Facundo es un tipo de la barbarie primitiva…

Que odia a los militares de la Independencia, son palabras suyas lo interrumpe San Martín . No puede decir eso de alguien que integró el cuerpo de granaderos, colaboró con las tropas de Belgrano y supo ponerle freno a los británicos cuando Rivadavia les concedió la explotación de las minas de cobre y plata de La Rioja.

Fue un modo de ponerle freno a la civilización.

¿Acaso a la civilización de los Estados Unidos de América, ésa que usted tanto alaba? Con el civilizado propósito de quedarse con Texas y California, acaban de declararle la guerra a México. Prefiero la barbarie.

Sarmiento se dispone a decir algo, pero San Martín lo detiene con un gesto.

Libro exaltado Facundo, pero allí nada dice de la ejecución de su padre.

Porque no lo ejecutaron, general, le perdonaron la vida.

¿Quiroga se la perdonó? A cambio de una multa y con la condición de abandonar la patria.

Ahora mi padre vive en Chile.

A Quiroga, en cambio, no lo perdonaron. En Barranca Yaco, ¿verdad? Ahí mismo, en Barranca Yaco.

Ahora dicen que fue en coche al muere.

Linda frase. Usted tiene muy buena prosa.

San Martín se pone de pie, camina hasta la mesa, elige una pipa, la carga, la enciende y con paso lento regresa al sillón.

Se sienta, da dos o tres pitadas y finalmente dice: Barranca Yaco, ¿quién habrá ordenado esa muerte? Los disparos los hizo Santos Pérez. Ese hombre con miras más elevadas habría sido el digno rival de Quiroga; con sus vicios sólo alcanzó a ser su asesino.

No digo quién lo mató sino quién ordenó su muerte.

A los hermanos Reinafé les tocó vestir ese sayo, pero la sentencia la firmaron dos gobernadores: Estanislao López, de Córdoba, y el tirano de Buenos Aires.

El tirano, la barbarie murmura San Martín , ¡cuánto énfasis, estimado amigo! Usted bien sabe que yo no pienso lo mismo. Cuando hace ocho años la escuadra francesa bloqueó el puerto de Buenos Aires, le ofrecí mis servicios a don Juan Manuel de Rosas.

¡Un héroe de la patria al servicio de un tirano! Guárdese los epítetos dice San Martín, se pone de pie y se dirige hasta una gaveta, busca papeles y regresa con ellos , esto es lo que leí en el Revue des Deux Mondes: “El alto deber que incumbía a Francia de ejercer su influencia disciplinaria y civilizadora sobre los degenerados hijos de los héroes de la conquista española”. ¡Los degenerados hijos de los héroes! Supe que muchos de sus compatriotas aceptaban el mando galo y entonces le escribí a Rosas: “lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española. Una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer.” Ahora el vehemente es usted, general.

Tal vez. Hace cuatro años firmé mi testamento. Lea lo que ordena el tercer punto dice San Martín y le alcanza unas cuartillas.

Sarmiento lee en voz muy baja: “El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción, que como Argentino he tenido al ver la firmeza que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que tratan de humillarla.” ¿Comprende ahora? Si quiere puede hacerlo público.

Sarmiento niega con un gesto de desazón que no se preocupa por ocultar. Ambos hombres se ponen de pie. Caminan en silencio hasta la puerta principal. Saben que nunca más se volverán a ver; tal vez por eso se estrechan en un abrazo. “La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo”, dice alguno de los dos.”

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