“El hombre impar”, por Martín Kohan

Continuamos publicando los relatos aparecidos en la Revista Ñ, inspirados en la figura del gral. San Martín:

“La idea se inspiró al parecer en un recurso de los ejércitos napoleónicos, aunque puede que tuviera precedentes. Se justificaba ante todo por pruritos de seguridad: poner al jefe a salvo, suplirlo de ser preciso, con otro que se le pareciera lo suficiente. De paso, otras funciones se desprendían de esa primera, pero como complemento; por ejemplo, aliviar al jefe de fatigosas recepciones populares, saludando en su lugar a distancia y con mejor semblante.

Delfín L. Cáceres fue incorporado con ese fin al Ejército Libertador, al igual que otros tres o cuatro lungos de tez morena y nariz aguileña; en caso de peligro para la integridad física del General San Martín, tenían que mostrarse (mientras él se escabullía) y prestarse a la confusión. El encargo era riesgoso, pero no requería esfuerzos: bastaba con parecerse y dejarse estar. Y faltando amenazas concretas, los días para estos dobles transcurrían con más placidez inclusive que para los restantes soldados, los que apenas podían parecerse a cualquiera, o a nadie, o a sí mismos nada más.

No era un mal sistema, pero nadie calculó que el principio de semejanza funciona sobre la base de su posible reversibilidad. Sea: el mustio Delfín L. Cáceres era notoriamente parecido al luminoso General de los Andes; pero también, y por eso mismo, y aunque nadie le diese mayor importancia a ese aparente detalle, el luminoso General de los Andes venía a ser en última instancia parecido, así fuese sin saberlo, al mustio Delfín L.Cáceres.

Esa circunstancia puntual, obvia y al mismo tiempo imperceptible, pudo quedar perfectamente olvidada o reducida a la mera anécdota.

Excepto por una razón indefectible, que fue el arrebato criminal del godo Angel Sarlanga, una noche de viento seco y sombras móviles. Vio de lejos pero vio bien: un soldado de estas tierras montado sobre su esposa Cecilia. No quiso o no pudo discernir si con su complacencia o sin ella; a cambio, y a contraluz, distinguió a la perfección el rostro del profanador. No llevaba consigo encima cosa alguna con que herir o con que matar, y esa falta lo obligó a postergar la venganza.

En un lance mano a mano perdería contra ese joven, más robusto y poderoso, virtudes que le valdrían un fácil predominio en tal pelea.

Sarlanga consideró, no menos que tantos españoles, con buenos ojos la revolución americana; la sintió menos una afrenta que una nueva posibilidad para sus negocios con maderas. Celebró la victoria de Maipú y esperaba con expectativa la campaña al Alto Perú de la que tanto se hablaba. No obstante no se sentía dispuesto a olvidar ni a perdonar el lance ominoso de aquel soldadito de azul, subido a Cecilia no sin aires de victoria. Merodeó el campamento patriota hasta que una noche creyó dar con él. Iba en mula y con dos compañeros. Le saltó encima por sorpresa y le incrustó el puñal en uno de los tantos resquicios que las costillas dejan libres en los costados. No sabía a quién mataba. Atrapado de inmediato por los dos compañeros del matado, que no eran en rigor sus compañeros sino su escolta, dio su motivo y después se llamó a silencio.

La expedición a Lima se hizo igual. Primero Lord Cochrane, y luego la historia patria, no atinaron a comprender por qué razón se sitió tan largamente a Lima, demorando un ataque final decisivo y accesible.

Ya en Lima se echó bastante de menos la abnegada modestia del Libertador argentino, que le concedía en gran parte su buena fama, y sus inesperadas ambiciones se entendieron tan sólo en parte como mala influencia o perniciosa presión de Bernardo Monteagudo. En Guayaquil, otro misterio: que por dos veces, frente a Bolívar, no hubiese sino declinaciones, balbuceos, mucho callarse, ganas de irse. No hay que juzgar: Delfín L. Cáceres hizo lo que pudo, resignado a que su función de reemplazo se extendiera mucho más allá de lo previsto.

Morir en lugar de San Martín, como era, de hacer falta, la intención primera y esencial, habría sido infinitamente más sencillo que esto otro que le tocó en suerte: vivir en lugar de San Martín, tomar Perú en su lugar, gobernarlo en su lugar. Se retiró de todo apenas pudo.

Los gobiernos respectivos retacearon el pago de la pensión durante los primeros años de exilio, lo que daría a pensar que en altas esferas la información se había filtrado.

Como sea, terminaron todos por admitir que lo más conveniente era mantener las formas hasta el fin, contando con la patriótica complicidad de allegados y familiares.

Delfín L. Cáceres vivió una vejez serena al amparo del cielo de Francia. Hay una tumba que lleva su nombre en el cementerio viejo de Boulogne Sur Mer; basta ir y fijarse para constatarlo. Quienes peregrinan con emoción a la Catedral de Buenos Aires a rendir culto al Padre de la Patria, no deben temer un engaño: quien allí yace con gloria no es otro que el Libertador de América. Nada cambia en lo sustancial que el barco que rescató sus restos en mayo de 1880 no haya zarpado de Calais sino de Valparaíso; ni que la ausencia que reparaba no sumase treinta años, como se estableció, sino algo más de sesenta. Inclusive para los héroes impares parece tener validez esa ley que dice que, en ciertas situaciones por lo menos, un hombre puede dar lo mismo que otro y hasta ser intercambiable.”

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