Un momento de la historia

LOS TANQUES DEL PACTO DE VARSOVIA INVADEN PRAGA. AGOSTO DE 1968. MAGNUM

Se realiza por primera vez aquí una muestra de Josef Koudelka, uno de los hombres que más influyó en la fotografía documental contemporánea. Una reflexión acerca de su extraordinario trabajo sobre la invasión soviética que en 1968 puso fin a la Primavera de Praga y sobre la naturaleza de la fotografía.

Por: Marcos Zimmermann, en Revista Ñ

“En la historia de la fotografía hay muchas imágenes y hechos que quedaron asociados al fotógrafo que los plasmó, y viceversa. Bastaría mencionar, por ejemplo, la Guerra Civil española con Robert Capa, el delito en las calles de Estados Unidos con Wegee, la depresión de los años treinta con Dorothea Lange, Perú con Werner Bischof, los perros con Elliot Erwitt, Taormina con Wihelm Von Gloeden y, así, tantos otros casos.

Pero, desde que la fotografía entró a formar parte del mundo de los objetos de arte, esta asociación natural entre tema y fotógrafo ha sido desbalanceada hasta límites inimaginables. Apoyada en infinidad de ideas controversiales y de explicaciones “ad hoc”, una gran parte de la concepción contemporánea de la fotografía y de la crítica que la sostiene, ha ido de a poco poniendo en segundo plano lo fotografiado, sobrevalorando al artista por sobre lo que reflejan sus fotografías y reemplazando a lo que el fotógrafo ha querido mostrar, por “su manera de mostrarlo”. Paradojalmente, esta ideología hace desaparecer al objeto mismo de este arte, es decir a la fotografía, y la sustituye por la mística del autor, que es catapultado al podio abstracto del aplausómetro del arte, donde la manera en que un artista dice y su destreza para hacerlo, se convierte en tema y fondo de la obra.

En la otra punta, y contrariamente a estas prácticas, son muy pocas las veces en que las imágenes realizadas por un fotógrafo se devoran casi por completo a quien las tomó y pasan a ser propiedad del mundo entero. En estos casos, el autor desaparece y la fotografía muestra su dimensión práctica, social y política más esencial y, por ende, adquiere una de las dimensiones artísticas más preciosas a la que una fotografía puede aspirar, arrastrando en este milagro también al fotógrafo.

Se me ocurren varios de estos casos, en este momento. Pero bastaría con mencionar como ejemplo al maravilloso reportaje a Schweitzer, realizado en Lanbarené por Eugene Smith, cuyas fotografías pusieron en primer plano la dimensión humana de aquel famoso doctor, detrás de la cual se escondió la humilde sensibilidad del fotógrafo y humanista, puesta a entera disposición de lo que estaba fotografiando. Otro ejemplo es el caso de la archi famosa fotografía del Che Guevara realizada por Alberto Korda, reproducida hasta el cansancio, pero cuya autoría es desconocida por la mayoría de la gente que la lleva en sus remeras alrededor del mundo.

Es en estos casos cuando el fotógrafo se hace invisible detrás de la obra que fue capaz de realizar y su trabajo lo trasciende. En esta línea, se sitúa el reportaje deJosef Koudelka realizado aquella semana de agosto de 1968 en Praga, un día después de haber vuelto de realizar algunas de sus famosas fotografías de gitanos en Rumania. “Aquella madrugada –cuenta Koudelka en un reportaje que le realizó Mario Calabresi para el diario italiano La República, en 2008– sonó el teléfono cerca de las cuatro de la mañana y al responder escuché la voz de mi amiga Marie Lakatosova que me gritaba: ¡Josef, llegaron los rusos!” Al principio, Koudelka no lo cree, pero luego se asoma a la ventana y escucha los aviones. Entonces reacciona, se viste rápidamente, toma todos los rollos que le quedaban de su viaje a Rumania y sale a la calle. Apenas amanecía cuando un auto sin techo pasa por Avenida Stalin tocando bocina para despertar a la ciudad, guiado por unos jóvenes que agitaban una bandera checa y gritaban también “¡llegaron los rusos!”. Esa fotografía fue la primera de una serie registrada en doscientos rollos que realizó en una semana, en los cuales quedó plasmado el fin de la Primavera de Praga y uno de los reportajes más conmovedores de la historia.

A Koudelka, aquel espléndido reportaje inesperado, intuitivo, que lo tomó a él mismo por sorpresa y que surgió de la necesidad de dar testimonio de algo que pasaba frente a sus narices y lo excedía absolutamente, le costó veinte años de exilio. Ese mismo día, un poco más tarde, se subiría sobre un tanque de guerra de los invasores y fotografiaría los hechos desde el punto de vista contrario. “Como un filme que toma el punto de vista de un soldado ruso”, dice él mismo en ese reportaje. Una manera de fotografiar que le sirve a Koudelka para exhibir la reacción del pueblo checo ante la invasión: los rostros enfurecidos de la gente mientras les gritaban a los soldados rusos la consigna del momento: “¡Vuelve a casa, Ivan. Te espera Natasha!”; ancianos que lloran; gente que canta el himno checo en medio de la calle; los esloganes que el pueblo escribe en las paredes; en fin, todo lo que demuestra la desproporción entre las fuerzas rusas y el pueblo checo, y que contradice en imágenes la justificación rusa de la invasión que publicara entonces Pravda, desde cuyas páginas se acusaba al país invadido de ser “la fuerza contrarrevolucionaria que amenazaba el orden socialista”.

Durante toda esa semana, Koudelka continúa fotografiando sin parar y no revela ni un solo rollo por falta de tiempo. Uno de esos días, las tropas invasoras lo persiguen por un edificio desde donde intentaba tomar una fotografía y, durante su huida y ante la posibilidad de caer prisionero, le consigna sus rollos a un amigo que vivía en uno de los departamentos. Cuando, poco tiempo después, vuelve a recogerlos, encuentra que su amigo los había enviado a Viena, a la Radio Libre Europa. Koudelka se enoja tremendamente ya que él siempre había considerado que fotografiaba para sí mismo y para la memoria. Nunca había hecho fotografías de actualidad, sólo teatro y gitanos y, curiosamente, no le interesaba el reportaje de noticias. Pero este hecho lo sobrepasó y, sin siquiera proponérselo, también lo catapultó a la fama.

“Lo que retraté en Checoslovaquia fue parte de mi vida, no fotografié una guerra sino mi país. Yo no estaba en Checoslovaquia como un reportero más; estaba allí porque me concernían los sucesos. Nunca antes había hecho fotografía de noticias y nunca he sido reportero”, dice Koudelka en otro reportaje de Angélica Abelleyra. Pero lo cierto es que Koudelka puso aquel momento de historia frente a los ojos del mundo gracias a estas fotografías, cuya autoría la agencia Magnum mantuvo durante muchos años en secreto bajo el seudónimo de P.P. (Prague Photographer), para preservar la seguridad de los padres del fotógrafo, que durante todo el exilio de Koudelka permanecieron en Checoslovaquia. Por ese motivo, durante dieciséis años, Koudelka no pudo decirle a nadie que aquellas fotografías publicadas en el Sunday Times y aplaudidas entonces por todos, eran suyas.

Existen infinidad de opiniones acerca de que si el fin del mundo comunista clásico empezó en aquella invasión a Checoslovaquia, exitosa en el aspecto militar pero destinada a fracasar en lo ideológico. Se dice que, por entonces, los soldados rusos eran cambiados frecuentemente en el frente checo para evitar las contagiosas ideas políticas de aquella primavera que había brotado en Praga con enorme fuerza, poco después del Mayo francés. Y algunos hasta sugieren que aquella invasión fue el principio del fin del comunismo ortodoxo soviético, que terminaría con la caída del Muro de Berlín. Pero esto es materia de los historiadores.

Desde mi punto de vista, lo único cierto es que la historia de este reportaje prueba que un fotógrafo puede ser o no artista, pero que esto no depende siempre de su voluntad, de su deseo ni de quienes lo promocionen. La esencia de la fotografía sigue estando en su capacidad de capturar el instante, y con él, el tiempo. Pero detrás del tiempo está siempre la época; y detrás de la época, la gente. Entonces, ¿el sentido más sublime del arte de la fotografía no estará en esa esgrima intuitiva para capturar pequeñas o grandes cosas que sean parte inseparable del espíritu de una época, como lo hizo Koudelka en aquel momento? ¿No será el momento del disparo un modo perfecto de fijar la propia mirada (y obligar a fijar la ajena) sobre nuestro mundo y sobre la realidad, durante un momento? Y, luego entonces, ¿no será también la fotografía una herramienta perfecta para reflexionar, en un mundo que no se detiene ante nada?

Creo que Josef Koudelka sabía todo esto. Tal vez de un modo inconsciente, entonces. De otro modo, jamás habría tomado esa fotografía en la que aparece su brazo asomado por una ventana, mostrando la hora en su reloj y, detrás, Praga vacía. Ese día los checos habían decidido no movilizarse para no dar a los soviéticos el pretexto para una masacre que estaban preparando. Aquella fotografía de Koudelka es todo un símbolo de aquella situación, pero también es una imagen que va mucho más allá de esa realidad. Una fotografía que muestra aquel momento de la historia, pero que también es la prueba palpable de que de la fotografía directa y sin artificios puede revelar algo que está mucho más allá de lo visible. Que trasciende el reportaje, que trasciende la época y que logra transformar definitivamente en arte a una imagen que podría parecer a primera vista casi como una nota al pie de todo aquel inmenso ensayo. Porque, esa fotografía que no parece tener otra pretensión más que la de hacer una advertencia, de gritar “¡miren que esto está pasando aquí a esta hora!”, realizada de un modo directo y sencillo, fijó definitivamente el tiempo de su tiempo y, en su simplicidad, lo trascendió.
La historia de este gran reportaje realizado en 1968 me trae a la mente una pregunta que se repite en todos aquellos que hemos vivido gran parte de nuestra vida dentro de la fotografía: ¿qué quedará de nuestras fotografías? ¿Qué imágenes restarán de nuestro trabajo en el futuro? ¿Serán aquellas que siempre perseguimos obsesivamente y que son el resultado de una labor ardua y lenta hasta dar con aquella que tiene la intención que creemos adecuada y el significado justo? ¿O, tal vez, sobrevivirá sólo alguna foto involuntaria, tomada por casualidad, que leída desde otro tiempo llevará sin proponérnoslo la esencia de nuestro paso por la vida, de nuestros deseos y del mundo que nos rodea? Yo no tengo esa respuesta.

Pero quizás, alguna idea para comenzar a develar ese secreto se encuentre en las palabras de Josef Koudelka que siguen: “Soy un hombre simple y fotografío lo que veo. No me hago ningún planteamiento filosófico previo. Me impresiona el dolor porque yo también lo siento y por eso lo retrato. Los pobres soldados rusos que iban en los tanques al entrar en Praga tampoco querían estar allí, también sufrían igual que yo.”

Con la misma directa sencillez de siempre y con más de setenta años, hoy Josef Koudelka continúa trabajando. El gran maestro, el eterno viajero nómade, el exiliado por antonomasia, el hombre libre al cual nada ni nadie obliga a alterar su ritmo y quien declara no interesarle el dinero ni el confort, al punto de que los gitanos a quienes siguió durante años para fotografiarlos lo compadecían, imaginándolo más pobre que ellos al verlo dormir noche tras noche bajo las estrellas desde sus casas rodantes, este artista enorme que no tuvo casa por años y jamás automóvil, ni teléfono celular y que no ve televisión pues lo considera una “pérdida de tiempo”, sólo es capaz de afirmar una cosa: “Una buena fotografía es un milagro”.”


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