“La toma de Constantinopla”, poema de Horacio Castillo

en Revista Ñ, edición impresa N° 357, 31/7/2010, p. 29

Las naves, colocadas sobre rodillos y tiradas

por bueyes, descendían por las laderas

con las velas desplegadas y cada remero

en su puesto. Así, con esa visión –porque

creímos que era una visión- comenzó nuestro fin.

A la noche sacamos los íconos, los huesos

de los santos, cruces y pedrería, las reliquias

-el diente del loco que habló con su caballo,

el dedo meñique del pastor de lobos,

el centímetro de piel que jabonó la muerte-

y recorrimos la ciudad entonando himnos.

En vano: el tiempo se había cerrado detrás de nosotros

y una fuerza irresistible cortó por lo sano

lo que estaba sano o por lo enfermo lo que estaba enfermo.

Habíamos vivido en el interior de un huevo

(el huevo sin salar de la Creación –decía)

y nunca pensamos que fuera del mismo existiera algo

y menos un poder suficiente para cascarlo.

“Han puesto una cuña en mitad del sueño

y ahora tendremos que soportar de nuevo el destino:

si esto o lo otro, hacia aquí o hacia allá, qué, dónde,

nosotros que conocimos la gracia de la verdad

y de su mano habíamos llegado hasta el cielo”.

“Es el fin, my only friend, el fin –contesté.

De los planes que elaboramos, el fin; de todo

lo que perdura, el fin; sin sorpresa, el fin.

Toma, pues, la autopista del desierto,

cruza conmigo el lado salvaje del dolor.

Starfucker, starfucker, este es el fin”.

“Quiero bailar al compás de los salmos,

bailar frenéticamente al ritmo de la pena madre.

Déjame olvidarme del hoy hasta mañana

¿o ya es mañana y hoy es el fin de todo?

Sálvate solo, ya que yo no te he podido salvar”

Habíamos comenzado a escapar, las llamas

bloqueaban rápidamente todos los caminos

y volvíamos una y otra vez la cabeza

Para ver cómo nacía una nueva civilización.

“No quiero morir en el lecho de una Euménide –grité.

Espérame en la tierra del sueño más azul”.

Pero ya había crecido la maleza en la Historia y en sus ojos.

Sobre el autor, dice la Revista Ñ: Nacido en Enseñada en 1934, falleció hace pocas semanas en la ciudad de La Plata. Especializado en poesía griega contemporánea y académico, publicó Materia acre, Tuerto rey, Alaska, Los gatos de la Acrópolis, Cendra y Mandala. Fue altamente valorado en los círculos literarios.


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