El espacio público en América en el siglo XIX

Para muchos historiadores, acaso uno de los cambios decisivos tras el derrumbe del régimen colonial americano fue la aparición de un espacio público, concepto de raíz habermasiana que no por inasible o equívoco ha dejado de tener adeptos. Conformada históricamente en el siglo XVIII, en esa esfera mediadora entre el Estado y la sociedad civil los ciudadanos darían origen a la opinión pública tras un intercambio razonado de impresiones sobre asuntos de interés común. Por cierto, sin el aporte decisivo de la imprenta para la circulación masiva de las ideas, seguramente este proceso hubiera sido muy distinto.

Singularmente, en América la opinión pública habría aparecido como producto de los debates políticos que suscitó la crisis de la monarquía hispánica, y no como efecto de una “esfera pública literaria” previa. Una nueva noción de soberanía, más radical que la monárquica, engendró nuevos poderes públicos que dieron fundamento a las autoridades y a las leyes. Con el tiempo, nuevos lenguajes, sociabilidades modernas, debates en torno a la naturaleza de la representación política, fueron sustituyendo a aquellos predominantes durante el Antiguo Régimen.[1]

La prensa periódica nació precisamente hacia finales del período colonial. Debió rivalizar con otros instrumentos menos formales de divulgación —el rumor, el libelo, el panfleto—, y tenía la misión de informar a los súbditos de las medidas de gobierno.

Esta puja por la atención del público habría terminado por dar a éste, de manera inédita, la facultad real o posible de controlar los actos de gobierno, vale decir, de constituirse en el “tribunal de la opinión”. Elías Palti llama a este primer lenguaje político el modelo jurídico de la opinión pública, concebida como una corte ecuánime cuyo veredicto reflejaría, idealmente, la “verdad del caso”. Con el tiempo se habría desarrollado el modelo proselitista, más conciente de la capacidad activa de la palabra, “de que un panfleto bien podía derribar un gobierno”.[2] La imprecisa noción de la opinión pública fue consolidándose durante toda la primera mitad del siglo XIX.

Este marco de invocación al “pueblo”, reforzada a veces por prácticas electorales bastante amplias, habría dado nueva importancia a los vaivenes de la flamante opinión pública. Aun así, la distinción vigente entre una opinión legítima “ilustrada” y la ignorante del vulgo instituyó una nueva jerarquía basada en el nivel cultural e introdujo limitaciones a la libre expresión de las ideas: “las élites —afirman Guerra y Lempèriére— no tienen derecho a la expresión indecorosa de sus opiniones, porque deben al público una representación ejemplar de los valores colectivos.” [3] Es que en aquel nuevo escenario, el entrecruce entrecruzamiento verbal entre facciones parecía tan letal como el acero y la pólvora. Entonces importaban menos los argumentos que los partidos —se prefería una unanimidad forzada al disenso anárquico.

Especialmente durante la primera mitad del siglo XIX y aún décadas después, los gobiernos desplegaron ataques constantes sobre los siempre proclamados principios de la publicidad de los actos de gobierno y la libertad de pensamiento y de expresión. El temor a su liquidación sobrevoló el período en medio de los virulentos conflictos políticos que siguieron a la revolución.[4] Dado que se la concebía como un instrumento privilegiado de formación de opinión, la prensa —nacida de esas turbulencias, heroína dilecta, prueba contundente del progreso de la “civilización”— se convirtió en un ámbito fundamental de debate y acción política.

No sin suspicacias, la conciencia de la necesidad de sumergir de lleno al público en las transformaciones jurídicas y políticas posrevolucionarias reforzó para la élite el sentido pedagógico y multiplicador de la prensa.

Tanto por su forma como por su propósito y contenido, sería muy difícil para un contemporáneo reconocer en los productos que integran el género periodístico entre el siglo XIX y comienzos del XX (en orden cronológico: panfletos, periódicos, diarios y revistas) algún rasgo de sus herederos actuales. Durante mucho tiempo repudiada por los historiadores por su militancia confesa, en las últimas décadas una visión distinta ha puesto a la prensa decimonónica nuevamente en el tapete. En tal sentido, los aportes de Jürgen Habermas y Benedict Anderson permitieron, aun tras incontables críticas y enmiendas, hallar nuevas y enriquecedoras perspectivas. [5]

Nora V. Iglesias

Por favor, si va a usar la información, cite este artículo apropiadamente. Gracias.


[1] François-Xavier Guerra y Annick Lempérière, Introducción. En: François-Xavier Guerra y Annick Lempérière et al., Los espacios públicos en Iberoamérica. Ambigüedades y problemas. Siglos XVIII-XIX. México, Centro Francés de Estudios Mexicanos y Centroamericanos y Fondo de Cultura Económica, 1998, pp. 14-15.

[2] Elías José Palti, La Historia de Belgrano de Mitre y la problemática concepción de un pasado nacional. En: Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, Tercera Serie, N° 21, 1er. Semestre de 2000, pp. 85-87.

[3] F.-X. Guerra y A. Lempérière, op. cit., p. 16.

[4] Jorge Myers, Orden y virtud. El discurso republicano en el régimen rosista. Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1995, p. 26.

[5] Paula Alonso, Introducción. En: Paula Alonso (comp.) Construcciones impresas. Panfletos, diarios y revistas en la construcción de los estados nacionales en América Latina, 1820-1920, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2004.

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