Alberdi, el escritor de la República

Nacido en el año de la Revolución de Mayo, Alberdi fue, junto a Sarmiento, uno de los intelectuales argentinos esenciales del siglo XIX. Una colección homenaje recupera su obra, con prólogos que la leen desde el siglo XXI. Aquí, Natalio Botana reflexiona sobre las “Bases…”, fundamento de la Constitución Nacional y reflejo de “la búsqueda del buen gobierno republicano”. Además, dos opiniones sobre su ficción.

Por: NATALIO R. BOTANA en Revista Ñ

En una Buenos Aires lejana, todavía pequeña, donde la élite letrada consumía con voracidad libros que se creían novedosos, Juan Bautista Alberdi pronunció estas palabras: “El estrépito del carro y las trompetas aturde nuestra conciencia […]. Un día, señores, cuando nuestra patria inocente y pura sonreía en el seno de sus candorosas ilusiones de virilidad, de repente siente sobre su hombro una mano pesada que le obliga a dar vuelta, y se encuentra con la cara austera del tiempo que le dice: ‒Está cerrado el día de las ilusiones: hora es de volver bajo mi cetro”.

En esta reflexión, perteneciente al discurso de apertura del Salón Literario en 1837, se condensa el programa intelectual que Alberdi habrá de desarrollar en el exilio a lo largo de quince años. El discurso del 37 marcó el comienzo de un pensamiento político cuya racionalidad permaneció siempre atada a las lecciones de la historia; las Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina representarán, por su parte, la culminación de un proyecto largamente acariciado y, con alta probabilidad, la obra más difundida de cuantas escribió Alberdi. Para sus contemporáneos y la posteridad que llega a estos días del Bicentenario, Bases y puntos de partida… fue sin duda un texto fundador.

Las Bases… llegaron justo para dar respuesta a la incógnita que se abrió entre 1810 y 1816. Los habitantes del antiguo Virreinato del Río de la Plata, convertidos por las vueltas de un proceso revolucionario en ciudadanos de una república naciente, aceleraron la marcha hacia la Independencia, pero no alcanzaron a traducir esa pasión por una nueva identidad ante propios y ajenos en un pacto constitucional dotado de la suficiente legitimidad para durar y asimismo cambiar la sociedad. Este es el montaje que imagina Alberdi entre el candor de los momentos iniciales y el pasado que, al instante de la ruptura revolucionaria, empezó a tomar su revancha: más de cuatro décadas habían pasado entre 1810 y aquellas semanas de 1852 en que un autor, fogueado en el periodismo, en el ensayo filosófico y en los alegatos del foro, “escribiendo rapidísimamente, según mi costumbre, lo que pienso despacio”, concluyó la redacción de las Bases… en Valparaíso.

El motivo de aquella premura es conocido. Las Bases… son antes que nada un libro de filosofía práctica, tal como se la entendía en el siglo XIX, puesto al servicio del Congreso Constituyente que, en 1853, escribió y sancionó la Constitución Nacional en la ciudad de Santa Fe, bajo el gobierno provisional de Justo José de Urquiza, el vencedor de Caseros. Las Bases… tuvieron heraldos en las provincias argentinas bien representados por el amigo entrañable de Alberdi, Juan María Gutiérrez, a quien le cupo integrar la comisión redactora de aquella constitución de larga vigencia con sus reformas. Tan pronto como se conoció el libro en su primera edición de Valparaíso, siguieron de inmediato una segunda, a la cual Alberdi añadió un Proyecto de constitución, y varias reimpresiones hasta llegar a la edición definitiva impresa en Besanzon en 1856 (la que aquí se reproduce).

En las primeras ediciones, Alberdi consignó un título ambicioso. Sostuvo que las Bases y puntos de partida.. derivaban ” de la ley que preside el desarrollo de la civilización en la América del Sud, y del tratado litoral de 4 de enero de 1831″. La ley del desarrollo preanunciaba un futuro del cual la Argentina no podía sustraerse so pena de reproducir, como en los ensayos unitarios de 1819 y 1826, unas constituciones “conservadoras del desierto y de la soledad”; la remisión al Tratado del Litoral implicaba, a su vez, la exigencia de respetar las cosas que ocurrieron y aceptar aquello que, en el pasado, fuera digno de rescatarse. Para el Alberdi de las Bases…, la ley del desarrollo de la civilización significaba “la dilatación del género humano” a partir de un núcleo que irradia desde Europa. En la clave de una concepción de la industria aplicada a todo el quehacer humano, cara a las ideas de Saint-Simon y de sus discípulos más cautos como Michel Chevallier, ese cambio trascendente en las relaciones económicas traía una promesa de integración social, en la medida en que el nuevo mundo fuese capaz de atraer a las poblaciones que no tenían cabida en Europa.

Sobre esta paradoja descansaba el programa estratégico de las Bases… La industria y la acumulación de capital ‒asunto que observó el mismo Marxtransforman el mundo, pero esa mutación impregnada de conflictos, para alcanzar algún nivel de armonía según la perspectiva de Alberdi, debía ser capaz de incorporar nuevas tierras y nuevos continentes. Un proceso mundial (la globalización no nació, por cierto, en estos últimos años) al cual la Argentina no podía permanecer ajena. Para llegar a este punto de partida (concepto que tomó textualmente de Tocqueville, en el primer volumen de De la démocratie en Amérique publicado en 1835), Alberdi llevó a cabo una síntesis extraída de diversas corrientes de pensamiento. El “sansimonismo” fue una de ellas, a la cual se sumaron la tradición liberal que venía del siglo XVIII con la ilustración escocesa y, en especial, con Montesquieu; la interpretación de la historia del llamado liberalismo doctrinario en Francia, bien ilustrado por Lerminier y François Guizot; la teoría constitucional del federalismo norteamericano y europeo, desde los autores de El Federalista, en especial Alexander Hamilton, los Comentarios de Joseph Story y la Constitución de California de 1849 (artículos I y IX) en los Estados Unidos, hasta llegar al proyecto de constitución de Pellegrino Rossi para la Confederación Helvética en 1848. Todo ello coronado por su experiencia obtenida sobre el terreno en torno al funcionamiento de la Constitución chilena de 1833 y por los escritos políticos de Esteban Echeverría, para Alberdi el maestro indiscutido de su generación.

Había sonado la hora de la organización y la voz convocante que mejor compendiaba ese objetivo era un vocablo sujeto al influjo de frustraciones y desaciertos. Era imprescindible pues dar cima a una constitución para organizar las partes dispersas de un territorio vacío, hacer de la libertad “un arte y un hábito adquirido”, y para lanzar a ese país invertebrado a una aventura desconocida, la única en definitiva que le planteaba esa ley de dilatación del género humano. La constitución será entonces una transacción con el pasado, tal como le habían enseñado Montesquieu y Story, y una plataforma de progreso. En definitiva, la constitución como fin y como medio, una suerte de argumento circular que se repite una y otra vez en las Bases… “He aquí el fin de las constituciones de hoy día: ellas deben propender a organizar y constituir los grandes medios prácticos para sacar a la América emancipada del estado oscuro y subalterno en que se encuentra […] Esos medios deben figurar a la cabeza de nuestras constituciones. Así como antes colocábamos la independencia, la libertad, el culto, hoy debemos poner la inmigración libre, la libertad de comercio, los caminos de fierro, la industria sin trabas, no en lugar de aquellos grandes principios, sino como medios esenciales de conseguir que dejen ellos de ser palabras y se vuelvan realidades […] Hoy debemos constituirnos, si nos es permitido este lenguaje, para tener población, para tener caminos de fierro, para ver navegables nuestros ríos, para ver opulentos y ricos nuestros estados”.

No requiere un razonamiento muy elaborado deducir que las Bases… fueron escritas por Alberdi para que la Argentina se diera una constitución republicana capaz de aventar el riesgo, como entonces se decía, de la tiranía. Pero, a diferencia de lo que postulaba la teoría antigua de las formas de gobierno, de Aristóteles a Maquiavelo, esa constitución era el único medio para alcanzar los fines de la civilización en América. La constitución era pues emblema de los derechos y libertades y también garantía de progreso. Este es el sustrato teórico del apotegma del Capítulo XXXI, “Gobernar es poblar”. Poblar para traer nuevas costumbres sin las cuales, de acuerdo con las lecciones de Tocqueville, las constituciones son una cáscara vacía de contenidos legitimantes: poblar, favoreciendo con clausulas constitucionales explícitas (las mismas que recoge su Proyecto de constitución) la inmigración europea, única portadora, creía él, de esos valores; poblar, en fin, para que, al lado de ese movimiento incesante de individuos y familias, se depositaran en nuestro suelo las cosas vivas de la civilización industrial y sus agentes integradores. Los ferrocarriles, los “caminos de fierro son este siglo lo que los conventos eran en la edad media: cada época tiene sus agentes de cultura”. Y añadía en otra parte del texto: “la libertad es una máquina, que como el vapor requiere para su manejo maquinistas ingleses de origen”.

Este es el preámbulo para la formación vertiginosa de una sociedad civil antes inexistente en la Argentina. Había que quemar etapas. Como buen letrado del siglo XIX, la sociedad civil no significaba tan solo para Alberdi la difusión del capital humano y de la asociación voluntaria entre los ciudadanos de una democracia (según las teorías actualmente à la page), sino el presupuesto material y económico en cuya ausencia esos atributos no podrían al cabo desarrollarse. Sin economía sustentable no hay hábitos de sociabilidad que valgan. La escasez de recursos, la penuria y la guerra de todos contra todos habían pisoteado esos propósitos inscriptos en las primeras constituciones, haciendo de ese tipo de asociaciones tan deseadas escuelas de violencia y militarización: facciones belicistas siempre en trance de apropiarse de los recursos de un Estado asténico sin medios efectivos de gobierno.

A la vista de este profundo disenso inscripto en las cuatro décadas posteriores a 1810, la terapéutica que propone Alberdi tiene el doble propósito de recrear la ley y la moral que se difunde en los planos público y privado. Se trata de forjar una constitución nacida de las entrañas de la guerra civil para pactar la paz entre las facciones en pugna y, al mismo tiempo, instaurar una moral superior proveniente del exterior de nuestro continente. En suma, una moral de trasplante y aclimatación: “¿Cómo, en qué forma vendrá en el futuro el espíritu vivificante de la civilización europea a nuestro suelo? Como vino en todas las épocas: la Europa nos traerá su espíritu nuevo, sus hábitos de industria, sus prácticas de civilización, en las inmigraciones que nos envíe […]

¿Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y los Estados Unidos? Traigamos pedazos vivos de ellas en las costumbres de sus habitantes y radiquémoslas aquí”.

Esos gajos, dignos de insertarse en la cultura tradicional, deberían asegurar el desenvolvimiento de una moral laboriosa y pacífica basada en la educación espontánea. Esta última, producto del ejemplo práctico y de la emulación de las costumbres de los inmigrantes, debería arrinconar como inservible a la antigua instrucción anclada en el estudio de las humanidades. La combinación de ese tipo de enseñanza con la violencia desatada por las guerras civiles es para Alberdi el peor de los enemigos del progreso. Suma de guerreros y filósofos abstractos, ambos enemigos del progreso: paradójicamente, Alberdi condena su propia educación. Por eso, aunque no lo reconozca de manera explícita, el designio de las Bases… conlleva un programa de ruptura y conflicto con el pasado, como si irremediablemente hubiese estamentos de población inferiores y superiores. Tras una prosa decididamente romántica, el siguiente párrafo describe este asimétrico choque de culturas:

Cuando la campana del vapor haya resonado delante de la virginal y solitaria Asunción, la sombra de Suárez [por Francisco Suárez, el filósofo neo escolástico de principios del XVII] quedará atónita a la presencia de los nuevos misioneros, que visan empresas desconocidas a los Jesuitas del siglo XVIII. Las aves, poseedoras hoy de los encantados bosques, darán un vuelo de espanto; y el salvaje del Chaco, apoyado en el arco de su flecha, contemplará con tristeza el curso de la formidable máquina que le intima al abandono de aquellas márgenes. Resto infeliz de la cultura primitiva; decid adiós al dominio de vuestros pasados. La razón despliega hoy sus banderas sagradas en el país que no protegerá ya con asilo inmerecido la bestialidad del la más noble de las razas.”

Semejante discurso anunciaba, con más énfasis, el advenimiento de un nuevo mundo y la invención de una sociedad sobre la ruina de economías y demografías decrépitas. ¿Cómo salvar ese tránsito a todas luces traumático entre pasado, presente y futuro? La estrategia de Alberdi en las Bases… persigue la meta de instaurar un pacto constitucional, recuperando en buen ecléctico lo mejor del pasado para fijar señales claras en el camino e impedir, de paso, las recaídas que habían sufrido las anteriores constituciones. En esta transición sobresale el diseño institucional de una república posible que “consiste en elevar nuestros pueblos a la altura de la forma de gobierno que nos ha impuesto la necesidad; en darles la aptitud que les falta para ser republicanos; en hacerlos dignos de la república, que hemos proclamado, que no podemos practicar hoy ni tampoco abandonar; en mejorar el gobierno por la mejora de los gobernados; en mejorar la sociedad para obtener la mejora del poder, que es su expresión y resultado directo”.

Se advierte en esta operación el influjo de teorías que procuran reconciliar, como ya hemos dicho, las apetencias de futuro de una filosofía del progreso con los datos que ofrece un análisis realista de la situación en que entonces se encontraba la Argentina. Alberdi no duda al respecto: “la historia es una escuela de gobierno”. Pero esa historia es un escenario plagado de antagonismos que una buena constitución debe en primer lugar entender para luego superar. “Es preciso, por consiguiente, que el nuevo régimen contenga algo del antiguo” para resolver varias contradicciones: la que dividió a los unitarios y a los federales; la que opuso, como fuerzas en apariencia irreconciliables, a la religión con la libertad; la que violentó el ejercicio de la soberanía del pueblo mediante leyes electorales poco adecuadas a la idiosincrasia del país.

Si la guerra entre unitarios y federales dio curso a un drama irresuelto, “¿Cómo realizar ‒se pregunta Alberdi‒ una organización constitucional que abrace y concilie las libertades de cada provincia y las prerrogativas de toda la nación y de hecho permita a los gobiernos que deben aceptarla la continuación en el mando de sus provincias?” La respuesta de las Bases… es la de una fórmula mixta ‒mitad federal, mitad unitaria‒ “consolidable en la unidad de un régimen nacional; pero no indivisible como quería el Congreso de 1826, sino divisible y dividido en gobiernos provinciales, limitados, como el gobierno central, por la ley federal de la república”. Esta fórmula recupera las interpretaciones del federalismo más centralistas de los debates constituyentes en los Estados Unidos expuestas por Alexander Hamilton en el artículo XV de El Federalista (uno de cuyos párrafos Alberdi cita extensamente en el capítulo XXVIII). En este artículo Hamilton hizo un giro copernicano sobre el viejo esquema de la confederación de estados aplicado en los Estados Unidos entre 1775 y 1787. Como es bien sabido merced a este cambio de enfoque nació el Estado federal moderno. El sustento de este “compuesto”, como lo llamaba Hamilton, lo proveía un régimen impositivo de carácter nacional.

Del régimen fiscal dependía entonces la armazón del nuevo Estado. No obstante, esa imaginaria estructura estatal estaba condicionada en la Argentina por una conformación geográfica que otorgaba a la provincia y al puerto de Buenos Aires el cerrojo de la recaudación impositiva, por medio de los tributos al comercio exterior que cobraba la Aduana del puerto de dicha provincia. Sin nacionalizar esa Aduana el Estado federal en ciernes corría el riesgo de perecer desprovisto de recursos efectivos. Este desequilibrio territorial y económico fue para Alberdi un fantasma perturbador de sus proyectos constitucionales. El contexto de otra guerra civil, al desconocer Buenos Aires el Acuerdo de San Nicolás en 1852, hizo que las esperanzas que el autor había depositado en las Bases… oscilaran entre la confianza inicial en la unificación fiscal propuesta y el desencanto derivado de aquella inesperada ruptura.

No hubo, en rigor, nacionalización inmediata de la Aduana de Buenos Aires, lo cual aparejó que entre la primera edición de las Bases… y la definitiva impresa en Besanzon, en apenas cuatro años, Alberdi recomendara instalar la capital de la república y luego desplazarla hacia otro punto del país. En la primera versión, Buenos Aires se revestía con el manto civilizador que le había prestado Rivadavia en el primer lustro de la década de 1820; en la segunda, Buenos Aires ya no era el faro del progreso que había que encender nuevamente, sino el recinto de una tiranía monopólica ‒la de Rosas‒ que revertía a favor de sus propios intereses los recursos fiscales que también correspondían a las trece provincias restantes.

A partir de este conflicto sin visos de arreglo, las Bases… estuvieron envueltas en una atmósfera de frustración que contrastó con el rumbo exitoso que, de allí en más, tendrían otras instituciones previstas en el Proyecto de constitución; por ejemplo, el papel otorgado al Poder Ejecutivo Nacional en el marco republicano de la división de poderes y de una generosa declaración de derechos y garantías. Si hay una autoridad sobresaliente en las Bases… ella es sin duda la de un presidente no reelegible inmediatamente sino mediando un período de seis años, y dotado del poder suficiente para hacer valer su autoridad con instrumentos como el comando de la burocracia y de las Fuerzas Armadas, la declaración del estado de sitio y la intervención federal en las provincias en el caso de que alguna de ellas sufriera el flagelo tan temido por Alberdi de la sedición.

Para tallar el perfil del presidente, Alberdi recordaba con gusto la sentencia de Bolívar según la cual “los nuevos Estados de la América antes española necesitan reyes con el nombre de presidente”. Esta inyección del temperamento monárquico en la forma republicana abría un curso ambivalente que podría llevar a una mayor o menor centralización del Poder Ejecutivo. Además (las lecciones de la Constitución de los Estados Unidos eran al respecto terminantes), el Poder Ejecutivo disponía del poder de veto frente a un Poder Legislativo que, de acuerdo con el Proyecto de constitución de las Bases…, sesionaba sólo durante cinco meses en sesiones ordinarias. El Poder Ejecutivo era, en cambio, la expresión de un poder en acto permanente que sin embargo, a ojos de Alberdi, debía estar sometido a la dura exigencia de llevar adelante el plan de progreso previsto en las Bases… Tan severo era este deber que el Proyecto de constitución, en su artículo 92, afirmaba que el presidente y sus ministros podían ser acusados por comprometer “el progreso de la población del país, la libertad de comercio y de navegación, la paz y la seguridad del Estado” (la comisión redactora de la Constitución Nacional omitió esta cláusula).

El presidente era por tanto un agente del desarrollo demográfico, social y económico que debía impulsar, codo a codo con el Congreso, una normativa especial del “Derecho público deferido a los Extranjeros” y de las “Garantías públicas de orden y progreso” (títulos respectivos de los Capítulos III y IV del Proyecto de constitución). En definitiva, un presidente de transformación y de orden consagrado a ese doble cometido pues, aunque esa autoridad suprema debía pertenecer a la religión católica, tenía asimismo la obligación de proteger la libertad de cultos porque así lo exigía la Constitución. En esta visión acerca de la religión, tributaria de Montesquieu y Tocqueville, se puede advertir el rol que Alberdi asignaba a la moral religiosa “como resorte del orden social”: conservadora de usos establecidos y a la vez innovadora de las costumbres mediante las garantías del culto que, en toda libertad, podían profesar los inmigrantes y todos los habitantes de la Nación.

Con estas ideas sobre el poder y la libertad, Alberdi dedujo que la constitución debía arraigar en una instancia superior donde, de un modo u otro, se manifestaba la soberanía del pueblo. Aun cuando la antigua legitimidad monárquica penetrase tácitamente por los intersticios del Poder Ejecutivo de la “república posible”, el artículo 2 del Proyecto de constitución estipulaba que “El gobierno de la República es democrático, representativo federal”. El acople de ambos conceptos ‒república y democracia‒ fue desechado por el Congreso constituyente de 1853 al redactar con este giro el artículo 1°: “La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa republicana federal, según lo establece la presente Constitución”. Este artículo, una versión clásica de nuestra gramática constitucional, se conservó sin modificación alguna en todas las reformas a la Constitución que tuvieron lugar entre 1860 y 1994.

Si Alberdi calificó al diseño de su forma de gobierno como democrático, cabría preguntarse entonces qué sentido esta palabra tuvo en las Bases… Sin más vueltas , para él la democracia “más que una forma, es la esencia misma del gobierno”. ¿Qué decir de esto? ¿Se trata de un principio inmutable o de un principio motor, histórico, que pone en movimiento a la sociedad? En rigor, según la perspectiva de una teoría muy difundida en el siglo XIX, en particular en Francia, la democracia, más que una forma específica de gobierno, era sinónimo de un tipo de sociedad en el cual predominan sentimientos de igualdad y de ascenso individual. Según el programa alberdiano, la inmigración y una generosa declaración de derechos civiles bastaban para alcanzar esas metas en un futuro cercano. La democracia era pues un proyecto social porque sin cambios profundos en la sociedad, ese decrépito agregado de individuos y estamentos, prisionero de viejas conductas oligárquicas y guerreras, terminaría destruyendo en el plano político los ideales democráticos del reconocimiento mutuo entre ciudadanos iguales. El cambio democrático debía entonces ser gradual. De lo social a lo político y no a la inversa.

Por no haber aplicado esta receta, el sufragio universal masculino, que Rivadavia instauró en Buenos Aires en los años 1820, sucumbió en manos del despotismo igualitario encarnado por Juan Manuel de Rosas. La interpretación histórica de las vicisitudes del sufragio universal incluida en las Bases… es la misma que defendió Esteban Echeverría en el Dogma socialista de la Revolución de Mayo y en la Ojeada retrospectiva que acompañó la edición definitiva de dicho texto (Alberdi, por su parte, había escrito el artículo correspondiente delDogma…, íntegramente reproducido en las Bases…, sobre los antecedentes unitarios y federales)

instituyendo “el sistema de elección doble y triple, que es el mejor medio para purificar el sufragio universal”. Estas restricciones no obturaban, sin embargo, la expresión plena del sufragio universal. Salvo para los candidatos que debían gozar de una determinada renta, las Bases… no recomendaban ninguna forma de voto censitario, pero ubicaban la sede donde se materializaba el sufragio universal ‒de acuerdo con las recomendaciones de Sieyès a finales del XVIII, de la Constitución de Cádiz y de las leyes electorales de los primeros años de nuestra Independencia‒ en el umbral más bajo de una escala ascendente: ciudadanos que votaban distintas clases de electores, y electores que votaban distintas clases de representantes. Tan fuerte fue su adhesión al efecto bienhechor del sufragio indirecto, que Alberdi no definió en la Segunda Parte de su Proyecto de constitución la manera en que debían ser elegidos los miembros de la Cámara de Diputados (en 1853 el Congreso determinó, en sentido contrario, que los diputados debían ser elegidos directamente por el cuerpo electoral).

En esta línea de reflexión, vale la pena poner frente a frente el dinamismo propio de la sociedad civil con que sueña las Bases… ‒-pletórico de movimiento, innovación y crecientes sentimientos de igualdad y ascenso social, generosamente abierto a los valores cosmopolitas provenientes del exterior‒-, para contrastarlo con el sesgo restrictivo que adquiere la praxis de la libertad política, mucho más cauta, cuando no temerosa, ante las expresiones multitudinarias de la soberanía popular. Por eso es preciso recabar en el pasado los antecedentes legislativos capaces de apuntalar tal designio. Acaso el pacto histórico entre pasado, presente y porvenir, que a cada página rezuman las Bases…, adquiera aquí un perfil acabado, no tanto como materia de imitación servil (sería absurdo, aunque algunos trasnochados insistan en hacerlo, de cara a los procesos actuales de democratización) sino como ejemplo de la acción del intelectual público que, en ciertas circunstancias de tiempo y lugar, produce una ética reformista y, por ende, una razonable exposición fundamentada de lo que hay que hacer.

En estos comienzos del siglo XXI y a doscientos años del nacimiento de Alberdi, resulta curioso y hasta conmovedor observar cómo en cada párrafo de las Bases…late la esperanza de modificar las resistencias de la realidad por medio del arte de la escritura, mezcla obsesiva, en quienes lo practicaban por aquella época, de explicación y persuasión. En buena medida, este libro es el reflejo de esa búsqueda del buen gobierno republicano. Más allá del fárrago de violencias, fracasos y feroces invectivas recíprocas en que se embarcaron Alberdi y muchos compañeros de su generación, tal vez esa intencionalidad primigenia se mantenga de pie.

*Prólogo a “Bases y punto de partida…”, de Juan Bautista Alberdi. (Buenos Aires Ciudad-Emecé, 2010)

Ver también,

Las claves de una rareza

Una ficción desilusionada


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