Haití, el azote de la venganza histórica

 

 

LA ESCLAVITUD afroamericana y la revolución haitiana muestran que la modernidad se funda en una doble violencia.

 

El paupérrimo país caribeño provocó la primera rebelión de esclavos que devino en la formación de una nación en 1804, antes que el resto de América. Dos siglos después, Haití parece estar pagando largamente ese atrevimiento. Eduardo Grüner trata el tema en la entrevista que le realizó Ñ.

por Agustín Scarpelli

El último libro de Eduardo Grüner viene a interrumpir el flujo del pensar histórico-filosófico y, por tanto, la tarea que abre es infinita y el camino que señala es arduo. Si por un lado recuerda, al nivel de los “meros hechos”, la importancia de la revolución haitiana –la primera y más radical de las revoluciones independentistas y la única revolución de esclavos negros triunfante en la historia humana– para Sudamérica y el Caribe, y la forma en que allí se anudan la historia colonial de Africa y de América, por otro lado, nos desvela su influjo en el pensamiento filosófico y la producción literaria modernos. Incluso Hegel, sugiere el autor en la huella de Susan Buck-Morss, estaría pensando en ella en el célebre apartado IV, “la dialéctica del Amo y el Esclavo”, de su Fenomenología del Espíritu , cuando habla de la lucha a muerte por el reconocimiento del Otro, aun más que en la revolución francesa, aunque el filósofo alemán no mencione ni a una ni a otra.

Por eso, los distintos términos que constituyen la frase “esclavitud afroamericana, revolución haitiana, eurocentrismo y pensamiento crítico en el sistema-mundo” –tal es el subtítulo de La oscuridad y las luces , recientemente editado por Edhasa–, y sus encadenamientos, por más extraños que puedan parecer a primera vista al investigador-escritor-lector acostumbrado a pensar con categorías “heredadas”, están destinados a convertirse en conceptos centrales de la sociología histórica, la antropología, la filosofía política y otras disciplinas dispuestas a gestar una teoría situada utilizando sus propias nociones y categorías.

En una conferencia dictada recientemente en la facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Grüner vuelve a aparecer brillante, no sólo por su claridad –todo estudiante de grado o posgrado en ciencias sociales ha escuchado sobre las virtudes expositivas de Grüner– sino por su inusual destreza actoral y su rigor conceptual: él aborda pacientemente el tema, él hace las preguntas que inquietan al auditorio, él introduce las notas de humor, propone un silencio mientras, por el rabillo del ojo, pispea las reacciones, suscita los debates y se enfurece por los malentendidos sin dejar nunca de ser amable.

La esclavitud afroamericana y la revolución haitiana –sintomáticamente olvidados hasta ahora por la historiografía en lengua castellana– vuelven a mostrar (a re-presentar) que la modernidad se funda en una doble violencia. Una epistémica: la idea misma de modernidad es profundamente eurocéntrica, como queda en evidencia en la filosofía de la historia hegeliana que, al presuponer que la historia es el despliegue de la razón en el tiempo, pone a la modernidad occidental como una meta a la que deberían llegar los países “en vías de desarrollo”. Como señala Grüner, esto es producto de lo que Aníbal Quijano llama colonialidad del poder y del saber; o en palabras de Walter Benjamin, de una “historia homogénea y vacía”.

Y una violencia material que no hace falta probar –la sangre mancha aún el oro de las catedrales europeas– pero sí explicar. Si la esclavitud afroamericana es la base material sobre la que se apoya la forma de acumulación originaria de lo que Immanuel Wallerstein denominó sistema-mundo capitalista moderno, la revolución haitiana, por su parte, vino a cuestionar el sujeto de derecho que planteaba la Revolución Francesa al obligarla a incluir en la universalidad abstracta –proclamada por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (DDHC), de 1789– a la particularidad “negro”.

La lucha por el voto femenino a mediados del siglo que pasó, y la más reciente disputa por el matrimonio entre personas del mismo sexo, son casos testigo de la vigencia de estas “luchas históricas” por incluir otras particularidades. Pero también, como afirma el autor de La oscuridad y las luces , el hecho aparentemente banal de que el Bicentenario no haya sido festejado en 2004, cuando se cumplieron 200 años de la independencia de la colonia de Saint-Domingue (luego Haití), que aportaba un tercio de los recursos totales de Francia. “¿Lapsus racista, sugestivo olvido de la burguesía latinoamericana, incomodidad por la ocupación pacificadora que intentan los gobiernos de la región en la actualidad?”, se pregunta el investigador y hace notar que, “además de haber sido la revolución fundante (iniciada en 1791 y concluida en 1804), también fue, por muy lejos, la social y culturalmente más radical. Pues fue la clase más explotada por excelencia, el último orejón del tarro –esclavos negros de origen africano– los que tomaron el poder para fundar una nueva nación. Siendo sus líderes de la misma clase y etnia”.

Los esclavos negros triunfantes fundaron esa nueva nación y la llamaron Haití, que no es un nombre africano, sino de la etnia Arawak, los pueblos originarios que estaban allí el 12 de octubre de 1942, cuando el almirante Cristoforo Colombo puso por primera vez pie en tierra.

La osadía de los haitianos no termina ahí. Tal como escribe Grüner –quien confiesa que comenzó a investigar este tema más por su afición al jazz que por su ya conocida erudición–, el artículo 14 de su Constitución de 1805 dice: “A partir de la promulgación de esta Constitución, todos los ciudadanos haitianos, sea cual fuere su color de piel, serán denominados negros”. Este artículo le propina un cachetazo a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, pero también a los muy cartesianos colonialistas franceses que, ya en el siglo XVII, habían creído identificar 126 tonalidades de color negro en los haitianos, que se corresponderían con rasgos de carácter (más o menos vagos, por ejemplo). Ese artículo 14 les dice, entonces, algo así como “no vengan con exquisiteces taxonómicas: negros somos todos”. El artículo 12, en tanto, afirma que “ninguna persona blanca, de cualquier nacionalidad, pondrá pie en este territorio con el título de amo o propietario ni, en el futuro, podrá adquirir propiedad aquí”. El siguiente artículo especifica que ese enunciado “no vale para mujeres blancas que hayan sido naturalizadas por el gobierno, ni sobre sus hijos actuales o futuros”, así como tampoco “para los alemanes y los polacos”. Como aclara Grüner, ese es el premio de la Revolución haitiana para con los reclutas del ejército napoleónico que terminaron simpatizando con la esa revolución y peleando de su lado.

El esclavismo afroamericano y el semi-esclavismo amerindio es abordado por el ensayista, además, como un antecedente de lo que serían las grandes masacres del siglo XX, cuya experiencia más traumática ha sido el nazismo, ya que crearon una suerte de “colchón de tolerancia” para lo que no debería ser posible y que, sin embargo, sucedió.

Grüner es tan taxativo como polémico cuando afirma que aquello que llamamos la “modernidad” es un eufemismo para referirnos al capitalismo; y cuando asegura que lo que suele estudiarse como formas económicas pre-capitalistas (la esclavitud afroamericana y la semi esclavitud amerindia, fundamentalmente) no son sino formas consustanciales del actual modo de producción (como, se podría agregar, la esclavitud o semi esclavitud china es consustancial a nuestra actual sociedad de consumo): “Eso que Marx llamaba modo de producción capitalista, y que tiende constitutivamente a ser mundial –colonial e imperial–, es otra manera de nombrar a la modernidad. De hecho en el capítulo 24 de El Capital explica que la explotación de fuerza de trabajo esclava y semiesclava en América es un aporte decisivo para ‘la acumulación originaria del capital’ que dio lugar al surgimiento de eso que eufemísticamente llamamos modernidad”.

¿No existen entonces procesos, incluidos en el sentido del término “modernidad”, que ocurren junto con el capitalismo pero no son, ellos mismos, capitalismo? Por supuesto que sí. Justamente, una tesis del libro es que esos otros procesos fueron aplastados por la lógica dominante del capitalismo, con lo cual emerge toda una concepción de la historia para la cual las otras lógicas suponen culturas “atrasadas” –y no simplemente diferentes– que deben ser obligadas a incorporarse a la lógica hegemónica, en condiciones “periféricas” de subordinación y explotación. Esos procesos aplastados pertenecen también a la modernidad: más aún, es a partir de ellos y de la puesta en evidencia de su conflicto irresoluble con la lógica hegemónica que puede hacerse una crítica interna a la propia modernidad sin caer en el relativismo “postmoderno”.

¿Qué consecuencias acarrea la conformación de esta base económica de la modernidad, de la cual forma parte sustantiva la colonización? En primer lugar, la detención de los procesos de desarrollos autónomos de esas sociedades organizadas. La segunda, producto de esta detención, es su incorporación violenta y subordinada a la lógica instrumental de la acumulación mundial del capital, es decir, la transformación de los sujetos libres en productores forzados para esa acumulación. Tercero, la disolución de las historias diferenciales de esas sociedades en la linealidad de lo que los vencedores llaman “progreso histórico”, cuya meta no es otra que aquel lugar que detentan. Es el documento de barbarie correlativo a aquel documento de civilización que se denomina modernidad. La modernidad no es una exportación europea a las sociedades “atrasadas”. Es, por así decir, una “co-producción” donde algunos actores son las víctimas de esa lógica.

¿Por qué usted dice que la Revolución haitiana es más francesa que la Revolución Francesa, sucedida solamente dos años antes? Lo negro no estaba comprendido en la DDHC. Recién en 1794 la revolución haitiana logra que Robespierre decrete la abolición de la esclavitud en las colonias. Ese fue, claro, el último acto político de Robespierre antes de perder la cabeza (no me refiero a volverse loco, sino que hablo literalmente). Claro que la cosa no terminaría allí porque en 1802 Napoleón Bonaparte restauró la esclavitud en las colonias francesas, salvo en… Haití, porque sufrió allí la derrota más ignominiosa de toda su carrera militar hasta Waterloo, a pesar de haber enviado el ejército más grande que jamás haya enviado una potencia a sus colonias. Es por eso que la Revolución haitiana es más francesa que la Francesa, porque es la que la obliga a ser consecuente con sus premisas de universalidad. Ella pone en la agenda la discusión sobre la esclavitud y el racismo en las democracias modernas. Y lo hace no sólo en términos políticos sino con una sofisticación filosófica impensable, algo que ni a los más radicalizados filósofos iluministas del siglo XVIII, precursores ideológicos y teóricos de la Revolución Francesa, se les había pasado por la cabeza. Ni Voltaire ni Montesquieu ni Diderot ni Rousseau tenían nada que decir sobre los esclavos coloniales. Cuando hablan de esclavitud lo hacen de manera metafórica o, lisa y llanamente, la niegan; como cuando Rousseau le habla a los burgueses y les dice: “Vosotros que no tenéis esclavos”.

Es sumamente significativo que una de las sociedades actualmente más degradadas del planeta, haya sido la colonia más rica que jamás tuvo ninguna potencia colonial: más de la tercera parte de la economía francesa provenía de más de medio millón de esclavos que trabajaban en Haití en las plantaciones de azúcar, café, índigo y varios otros productos exóticos. Ni Grüner ni nadie que haya leído su libro puede descartar que las condiciones terroríficas en las que el sistema/mundo ha dejado hoy a Haití no sea una venganza que el mundo “moderno” se tomó –recordemos que los ex esclavos tuvieron que pagar una estrafalaria indemnización a Francia, ya que los consideraba un bien de su propiedad– y se sigue tomando contra esta vanguardia revolucionaria.

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