Polémica sobre la vuelta de Obligado

El autor de esta nota recuerda el carácter político y social del gobierno rosista y en estos puntos discute con el autor de la exitosa apología “La gran epopeya”.

Por Isidoro Gilbert en Revista Ñ

La conmemoración de la batalla en la Vuelta de Obligado, librada el 20 de noviembre de 1845, llevó al actual gobierno a decretar el Día de la Soberanía entre las conmemoraciones oficiales de la Argentina. Utilizó para su argumentación los lineamientos más gruesos que Mario Pacho O’Donnell relata en su bést-seller La gran epopeya .

Era necesario un trabajo explicativo de un suceso que no figuraba en los programas escolares hasta no hace mucho tiempo. Aún hoy, no pocos historiadores niegan carácter de gesta a esa batalla contra la escuadra invasora y, además, al hostigamiento partisano que le siguió luego que la flota anglo-francesa quebrara las cadenas con las que se pretendía frenar la invasión a lo largo del río Paraná. Acaso por eso O´Donnell leyó muy a fondo la Historia Argentina que investigó y escribió José María Rosa (h) –un adalid del revisionismo histórico–, más muchos otros textos benevolentes con Juan Manuel de Rosas, dando nacimiento a un texto nuevo, con más interpretación que nueva documentación.

El autor cuenta con solvencia el acontecimiento bélico, el entusiasmo que generó en los sectores populares que con razón comprendieron el carácter de la agresión de la flota anglo-francesa como una violación a los derechos y soberanía de la Nación entonces en construcción, el casi desconocido papel de las mujeres y los muchachos. Ya se sabe que el mundo de los historiadores está fraccionado respecto de en qué momento la Argentina comenzó a ser Nación y ello explicaría algo que Pacho aborda tangencialmente: que el combate importó más a los porteños que al resto del país en ciernes que en buena parte tenía intereses contradictorios con los de Buenos Aires que quería asegurarse el control de la Aduana. En la Corrientes del gobernador Ferré, los barcos extranjeros, lo recuerda Pacho también, fueron popularmente recibidos.

El control de la Aduana, el modo en que se disponían sus recursos, marca gran parte del pasado argentino. Rosas, que fue hombre de Rivadavia antes de “tomar el poder” y convertirse en el adalid del federalismo, resultó, en materia de recursos, “el más unitario de los federales”, aunque sabía abrir la mano para mantener bajo su férula a una parte de los gobernadores. Aunque motorizó leyes en defensa de la producción del interior, en el marco de la política de la gran propiedad y las grandes exportaciones, no fueron aquellas un factor de peso para destrabar el atraso que el país había heredado de la Colonia.

La difusión de la respuesta a la invasión europea a Latinoamérica, donde despertó enormes simpatías, impulsa a O´Donnell a otorgarle al Restaurador el título de jefe del Partido Americano, casi parangonándolo con Bolívar, un equívoco que extiende a la reivindicación del régimen y de su orientador. Es posible conmemorar una proeza nacional y popular sin aprobar el régimen político bajo el cual ocurriera, de la misma manera que en 1982 la recuperación de Malvinas conmocionó al país y a América Latina y desató una ola antiimperialista, al sur de los Estados Unidos, que no tuvo nada que ver con la dictadura que impulsó la toma de las islas, salvando las correspondientes distancias.

François Guizot, primer ministro francés, fue quien acuñó la dicotomía partido Americano contra el Europeo, pero supuso para el primero más bien una ideología nativista y no una visión latinoamericanista global. Rosas fue partidario de la Santa Alianza en Europa (pensó, en su exilio inglés, en una Liga de Naciones de la Cristiandad regida por el Papa) y un reivindicador de la Colonia, sus costumbres y en el rol primordial que otorgaba a la Iglesia en la vida cotidiana, lo que para Pacho fue más una virtud que un retroceso. Igual respaldo da a la ambición del gobernador de reinstaurar el Virreinato del Río de la Plata, nada más contrario a la idea de Patria Grande de José Gervasio de Artigas o Simón Bolívar. O reduce a un simple ardid, las gestiones que Rosas hizo con Gran Bretaña para cambiar las islas Malvinas por la deuda con la banca británica.

Acaso el principal déficit del trabajo este en la falta de análisis del carácter del rosismo, que fue en ocasiones “cesarista” y en general “bonapartista” –en el sentido que le dio Carlos Marx a este término–; es decir, un hombre de Orden que vino a poner fin al caos de las guerras intestinas de los años veinte, a darle contención y a veces satisfacción a convulsionadas masas populares y a defender los intereses de los grandes propietarios. Lo fue el gobernador y su familia, especialmente de la provincia de Buenos Aires, fuertemente conectada con el mercado externo, particularmente con Gran Bretaña. Supo El Restaurador otorgar y quitar a distintas clases, o reprimir, como lo hizo con los indios con quienes convivió y a los que mató para obtener millones de hectáreas nuevas para los negocios, en manos, en lo fundamental del grupo económico dominante. “Rosas nunca fue antibritánico y respetó los tratados firmados con anterioridad a su gobierno, incluso los de Rivadavia”, precisa el autor. La elección del territorio inglés para vivir después de su derrota fue una consecuencia de esa orientación.

O´Donnell justifica la Mazorca como herramienta del poder, y sostiene que sus crímenes no fueron menores a los cometidos por los unitarios o por los vencedores de Caseros. Esa verdad no justifica el despiadado rigor rosista, aunque desnuda el pasado violento en la construcción de la Nación. En esta dirección, Rosas se opuso a institucionalizar el país mediante una constituyente. Es este libro para el debate y aunque no es el primero que arrebata al nacionalismo ultramontano la bandera del revisionismo, el grueso de esta concepción se sostiene en La gran epopeya . El revisionismo tomó auge en los años 30 en la atmosfera de la gran depresión y desprestigio de los partidos; fue ideología, hasta finales de los años 60, de la derecha extremista. Entonces algunos historiadores comienzan a mirar a Rosas de otra manera, como O´Donnell en la ocasión. Pero no es cierto que la crítica al rosismo haya sido patrimonio de la historia oficial, del liberalismo. Escribió Rodolfo Puiggrós en Rosas, el pequeño : “La revolución de la independencia le fue extraña [a Rosas] y más bien la miró con aversión que amor… Don Juan Manuel contaba entonces dieciocho años de edad”.


 

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