Isabella Cosse: “La ‘revolución de las costumbres’ tiene marchas y contramarchas”

Para la historiadora, autora de “Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta”, los primeros años 60 son una época de quiebre en los valores.

POR NORA VIATER nviater@clarin.com en Revista Ñ

No fueron fáciles los 60. ¿Cómo fue pasar del mandato del casamiento, el noviazgo formal con pedido de mano incluido, la esposa ama de casa y el marido proveedor, a un espacio de mayor libertad, a una mujer profesional, trabajadora, y un hombre vinculado de un modo menos rígido con sus hijos? ¿Cómo fue –mientras en Estados Unidos florecía el hippismo y aquí la dictadura de Onganía repartía palos– que tantos se plantearon que se podía armar una familia sin necesidad de pasar por el Registro Civil ni por la Iglesia? Esas nuevas formas de los vínculos investigó la historiadora Isabella Cosse, en su libro Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta ( Siglo XXI).

¿Qué importancia tuvieron los medios a la hora de hacer más autónomas las relaciones?

En especial, las revistas como Vosotras y Claudia, destinadas al público femenino? Existió una mutua retroalimentación entre la renovación del periodismo (que caracterizó a estos años) y la puesta en discusión de temas “tabú”, como las relaciones prematrimoniales. No todos los medios operaron igual. Tampoco las revistas femeninas. Claudia –posicionada como la revista de la mujer moderna– no confrontó directamente con los mandatos de madre y ama de casa, pero filtraba un nuevo estilo femenino y de relaciones de pareja. Vosotras, en cambio, era una revista con menos pretensiones. “No se quede callada cuando él habla”: así se llamaba una de sus columnas en los 70, cuando la revista se esforzó por interpelar a las “nuevas mujeres”. Vosotras, pero también Claudia, depositaba en las cartas de lectoras (a veces fraguadas) las posturas más disruptivas para presentar esos temas sin comprometer su línea editorial.

¿Cuándo y por qué la virginidad deja de ser un mandato?

Mucha gente siguió creyendo que una chica respetable debía llegar virgen al matrimonio. Lo nuevo –lo que hace de los primeros años 60 una época de quiebre en los valores– fue que el mandato comenzó a ser cuestionado a escala pública y masiva. Eso se aceleró en los años siguientes, pero no existe una única razón que lo explique. Un aspecto fue la escala trasnacional de la circulación de ideas, modas y estilos de vida que confrontaban, de distinto modo y con diferente envergadura: desde las ondas expansivas del movimiento feminista a escala internacional hasta el rock con su contestación a la moral sexual. En nuestro país, jugaron, también, las nuevas ideas de la sociología y la psicología, que desplazaron la religión y la moral para pensar la sexualidad.

¿Hubo una revolución sexual en la Argentina? ¿Qué le interesó especialmente de los 60?

–Justamente, me interesó saber si en los 60 había existido una ruptura generacional en relación a la familia y la sexualidad. El libro propone tres ideas. Primero, plantea la noción de “revolución discreta”, de las ambigüedades de un proceso que significó importantes transformaciones pero también continuidades. En segundo lugar, que no existió “una” revolución sino múltiples fisuras que, con diferentes intensidades, afectaron el statu quo . Por ejemplo, tener relaciones sexuales entre los jóvenes se legitimó en función de la elección matrimonial, del amor o de la atracción. Por último, propongo pensar que estas “revoluciones” –de las costumbres, de las sensibilidades– se desenvuelven con marchas y contramarchas.

¿Qué idea de cambio cultural le interesó plantear?

A mitad de los años 70, cuando cierra mi investigación, ciertos pilares normativos se mantenían firmes: la pauta heterosexual, la condición maternal de las mujeres, la procreación en el marco de una pareja estable. Sin embargo, no resultan desestimables las innovaciones: emergió un nuevo estilo femenino, comenzó a pensarse la igualdad en la pareja, a concebirse legítimo el divorcio y, en menor medida, las uniones sin papeles. Quizás, incluso, más que inclinarnos por uno u otro polo resulte más útil pensar que las dualidades constituyen un nudo central del proceso de cambio cultural, que éste significó cuestionamientos profundos al modelo instituido, pero también redefiniciones de sus pilares.

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