Lisandro de la Torre: arquetipo de la Argentina perdida

Caricatura que representa a De la Torre durante los debates por el escándalo de las carnes. (Fuente: El Congreso que yo he visto, Ramón Columba)

por Oscar Moscariello en La Nación

Lisandro de la Torre fue un protagonista central de nuestra historia política durante más de medio siglo. Fue un líder de convicciones profundas, imbatible en sus argumentaciones, valiente en sus batallas, inquebrantable en sus principios, vehemente en la defensa de sus ideas, ejemplar en sus virtudes éticas. Sus contendientes políticos lo respetaban y aún con adversarios de peso, como Hipólito Yrigoyen, supieron colaborar para la sanción de la ley Sáenz Peña y avanzar en una mayor transparencia y democratización del gobierno.
Fue, sin duda, un precursor de debates e ideas: ya como abogado había elaborado su tesis de graduación sobre las autonomías municipales, perfilando así su matriz cívica y su compromiso con lo colectivo y la importancia de afianzar las instituciones locales. Fue un incansable defensor de un autentico federalismo. Su conocimiento exhaustivo sobre la actividad agropecuaria, lo llevó a ser un militante activo en la defensa de este sector, sobre todo del pequeño productor; dando lucha por robustecer y fortalecer nuestra producción nacional donde creía se sostenía la clave del desarrollo de nuestro país. Supo también sostener con contundencia el laicismo del Estado.
Su liderazgo natural lo invitaba a descollar en la arena política: luego de un fugaz paso por la Unión Cívica Radical (UCR) formó la Liga del Sur en 1908. Su deseo era poder conformar una fuerza política democrática, moderada, moderna, liberal a la usanza europea. Así fue como en diciembre de 1914 fundó el Partido Demócrata Progresista (PDP). Su ideología puede sintetizarse en una de sus propias definiciones: “Soy un demócrata evolucionista que aspiro a que el mundo marche al influjo de la opinión pública y no a que se lo oprima bajo la bota de los déspotas”. Fue en este sentido precursor de una cultura política basada en las respuestas a las demandas de la ciudadanía y en la convocatoria activa de la participación de los jóvenes en la política.
Construyó paso a paso su camino en la historia política de nuestro país: primero diputado, luego candidato a presidente, después senador. Por momentos, cuando los avatares de la política lo convulsionaban, se refugiaba en su estancia en Pinas donde, activo como productor agropecuario, retomaba fuerzas y, tentado por su gran pasión y compromiso nacional, volvía al ruedo político a jugar una nueva partida. Siempre con coraje, con apuestas fuertes pero decididas a afianzar la democracia argentina. Sus denuncias de corrupción nunca pasaban inadvertidas, sus discursos electorales eran apasionados pero racionales, distintos cada vez, destellaban inteligencia, convicción y decisión.
La década del 30 y el clima internacional y nacional tan convulsionado aceleraron su compromiso por un proyecto alternativo de país. Su vuelta a la política se puso en juego en el armado de la opositora Alianza Civil, integrando la única fórmula conjunta con el socialista Nicolás Repetto, pues para todos los demás cargos la Democracia Progresista y el Partido Socialista se presentaron con listas propias. La campaña electoral de entonces exigía un mensaje electoral contundente: “Por una nueva Argentina, políticamente libre, económicamente próspera y socialmente justa”. Los esfuerzos de convocatoria no alcanzaron y el oficialismo, acusado de fraude, ganó la elección. El enorme caudal electoral de entonces convirtió a Lisandro de la Torre en senador y en este rol emprendería su última gran lucha en torno a la cuestión del monopolio de la carne.
Fue protagonista central del más recordado debate parlamentario y de su trágico final. Luego del asesinato de Enzo Bordabehere, Lisandro de la Torre le escribía a Deodoro Roca: “Lamento la obra de beneficio público que habría deseado ver realizada y nada más”. El tono de la carta indicaba ya un dejo de escepticismo por el devenir de los sucesos políticos en el país. Finalmente renunció a su banca y a los 70 años comenzó a preparar su despedida.
Han transcurrido muchos años ya desde su partida y, sin embargo, su ejemplaridad como político permanece intacta: tal vez podamos mirar su modelo de comportamiento y compromiso y transmitir como clase política convicción en la acción, pasión en la capacidad de transformación y renovar así el futuro de nuestro país.
El autor es dirigente demoprogresista y vicepresidente de la legislatura porteña

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