La U.R.S.S.: una experiencia del siglo XX

El análisis de una experiencia que no admitió neutralidades es la tarea que acomete Jorge Saborido en un libro que evalúa los intentos soviéticos de construir una nueva sociedad.

POR ISIDORO GILBERT en Revista Ñ

Los tiempos de la Unión Soviética marcaron el siglo XX, y significaron el objetivo de una experiencia que en teoría intentó poner en práctica las ideas transformadoras de Carlos Marx, quien pensó que el capitalismo desarrollado daría paso a la construcción de una nueva sociedad, la socialista, y en su despliegue, a la comunista, una organización social que se regiría por el apotegma “de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”.

Veinte años después de la implosión de la URSS, Jorge Saborido, desde la Argentina, pero con documentación diversificada, incluso papeles que salieron de la oscuridad, ha escrito con suceso esta Historia de la Unión Soviética que sin duda será texto de las cátedras de historia contemporánea y que bien puede interesar a aquellos que quieren saber sobre esa experiencia y el porqué de su estrepitosa caída.

Uno encuentra que hay gran conocimiento del tema abordado más allá de discrepancias con la caracterización de la Gran Guerra: precisamente su carácter interimperialista le permitió a Lenin formular su tesis sobre el eslabón más débil del capitalismo, con la que supuso burlar la tesis marxista sobre el impetuoso desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo para dar paso al socialismo. O la afirmación de que, excepto Gran Bretaña, “no hubo gobierno extranjero que se propusiera seriamente derrocar a los comunistas”.

Saborido presenta hechos y en ocasiones toma de terceros hipótesis, por caso, si después de la Revolución de febrero de 1917, que acabó con siglos de autocracia zarista, cuando se abrió “un abanico de posibilidades de los cuales la Revolución de Octubre era una de las más impensadas” era inevitable el asalto al poder por los bolcheviques. Pregunta si “un gobierno de los sóviets de amplia coalición (no) disponía de un mayor margen de posibilidades para desplegar un accionar que no condujera a los indecibles sufrimientos a los que se vio sometido el pueblo ruso por lo menos durante los cuatro años siguientes”. No era lo que pensaban Lenin y Trotsky.

Lo real: los bolcheviques instauraron la dictadura del proletariado y pusieron en marcha sus visiones del cambio, con las secuelas de tragedias para algunos, heroísmo para otros, de una experiencia histórica que no tiene neutrales.

EL ESTALINISMO

El relato está basado en estudiosos norteamericanos y europeos de gran erudición, y ofrece al lector al concluir cada período con que está metodizada la historia, hipótesis de conservadores y reformistas. Eso sí: da una vuelta de campana sobre la historia oficial que construyó Stalin cuando se hizo del poder, luego de la muerte de Lenin y de desplazar a cada uno de sus adversarios para lograr su cometido e imponer su concepción de “socialismo en un solo país, contra el criterio de “revolución permanentede Trotsky.

He aquí un momento crucial de la historia y de su investigador: el estalinismo. ¿Fue una consecuencia inevitable del leninismo, o una tergiversación del mismo? Los historiadores contemporáneos no se ponen de acuerdo y Saborido permite al lector conocer diversas opiniones. El socialismo de Stalin, dice, no fue el previsto ni por Marx y Engels ni el mismo Lenin, porque era el socialismo de la pobreza. Robert Tucker, un estudioso de ese período citado en el trabajo, sostiene que el “estalinismo fue una revolución desde arriba, y a pesar de sus elementos conservadores y reaccionarios forma parte del proceso revolucionario ruso”. Es lo que permitiría entender por qué el Mariscal industrializó al país, modificó radicalmente el agro, desplegó el sistema educativo, preparó al país para la defensa, porque –dice Saborido– Stalin siempre pensó que Alemania iba a atacar a la URSS, aunque en 1941 supuso otra cosa.

Saborido condena el Gran Terror, los Gulag o el desprecio a toda forma institucional del país, pero no acepta la dupla Stalin-Hitler, porque el primero se reivindicaba como heredero de una filosofía universal humanista y la represión estaba destinada a “transformar un país atrasado en un país industrial”, mientras que “la violencia nazi no puso en discusión el poder de las clases tradicionales” y fue racista.

La “Gran Guerra Patria”, como Stalin calificó la lucha contra el invasor nazi para ganar apoyo de la Iglesia Ortodoxa, es una de las más atractivas del estudio. No solamente por los detalles de batallas claves (no tiene el relieve necesario la de Kursk), o como funcionó la economía, sino como reaccionó la sociedad en esos tiempos, esa sociedad que había vivido la revolución, la guerra civil, el hambre, la represión, pero también los nuevos tiempos de una nación que cambió de cuajo. La apertura de los archivos ha permitido conocer mejor las vacilaciones de Stalin al iniciarse la guerra y su papel, de mayor relieve como político que como conductor militar.

REFORMA Y RESTAURACION

Las etapas posteriores, las de Nikita Kruschev y Leonid Brezhnev, son la de un reformador que sale del riñón del estalinismo e intenta destruirlo, en el primer caso, como la de su parcial restaurador, Brezhnev, sin los elementos del terror (Nikita, al ser desplazado, ni siquiera es arrestado, una novedad). Pero sí con el regreso a los criterios más conservadores y sus secuelas: la pobreza intelectual, la caída de calidad del cine, el incremento del número de parejas divorciadas, el mayor alcoholismo.

Pero estos, a la vez, son tiempos de conquista del espacio, de mejoramiento del nivel de vida, de desafíos al capitalismo, igualándolo y, en algunos rubros (carbón, acero), superándolo.

El poder soviético, con estos dos líderes, se propuso dos objetivos aparentemente contradictorios: promover la coexistencia pacífica –no importa cuáles fueron las razones, pero era prédica sincera– y ganarle espacios a los Estados Unidos en el Tercer Mundo. Este último tuvo momentos de tensión como el caso de los misiles en Cuba. En Angola, Moscú actuó por su aliado Cuba y derrotó a Estados Unidos representado por las tropas de Pretoria en Cuito Canavalle. Esta batalla abrió el camino a la libertad de Nelson Mandela y el fin del apartheid. La derrota americana en Vietnam agrandó el papel de los soviéticos y sus avances económicos en las décadas del 60 y 70, los ilusionaron con sentar las bases del comunismo.

Cuando este crecimiento encontró sus cuellos de botella y el capitalismo adoptó la revolución tecnológica, la URSS empezó a carecer de respuestas: “el progreso tecnológico… no pudo ser alcanzado a partir de las características de una estructura productiva rígidamente organizada, en la que hubo poco espacio para la innovación”, sostiene Saborido, con la excepción del complejo militar. Estos fueron los desafíos que afrontó Gorbachov: no pudo con ellos y el sistema implosionó.

El sovietólogo conservador Richard Pipes se preguntó si la idea había salido mal o había sido una idea mala, esta de construir una nueva sociedad. Saborido interroga si el atraso de Rusia en 1917 no contradecía la tesis de Marx para construir el socialismo y si no fue “el vicio de origen, la causa principal del fracaso de la experiencia soviética”.

Un libro recomendable.



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