El poder de las imágenes

Pensar la Argentina en imágenes. Algo así propone una muestra que pone a dialogar fotografías documentales con obras de artistas visuales. Poderoso, el cruce abre infinitas lecturas posibles del país.

POR MARINA OYBIN en Revista Ñ

Una ambiciosa propuesta que pasa airosa el desafío. Estamos en Imágenes e historias. Argentina 1848-2010. Fotografía documental y artes visuales , imperdible megamuestra que abre el año en el Centro Cultural Recoleta, con fotografía documental pura y dura más medio centenar de pinturas, esculturas, fotografías de autor y video instalaciones, para narrar, en deslumbrante mix, la historia de nuestras pampas.

La muestra surgió en el marco del proyecto de Historia de América Latina de la Fundación MAPFRE. A partir de un corpus de 1.200 fotografías seleccionadas por un grupo de documentalistas coordinado por Felicitas Luna, se seleccionaron 250 fotos (de archivos públicos, colecciones privadas y medios gráficos) que integran el libro Argentina a través de la fotografía y la muestra.

Diana Wechsler, curadora de la muestra, cuenta que se trata de una invitación a quebrar la inercia de la mirada. “La idea es pensar con imágenes. No se busca señalar cómo leer la historia argentina, sino reivindicar la soberanía de la mirada del espectador”, dice.

Quien pise las tres salas donde se despliega la exposición –Cronopios, J y C– se encontrará con un cruce de imágenes que potencia el contrapunto y abre diversos ejes de lectura posible. En el recorte histórico, claro, hay elipsis y blancos para llenar. Apenas uno entra en Cronopios, con foco en la ocupación del espacio físico y social, ve el potente y efímero mural de Mariano Molina. El artista descontextualiza la imagen borrando el entorno de la foto tomada originalmente, y luego la lleva al gran muro que divide la sala. Sus extraños personajes a puro aerógrafo, como por efecto ilusorio, se meten en la sala: y no hay más muro que los separe del –ahora asombrado– espectador.

En tensión con este mural –site specific– aséptico, monocromo y, como en los paisajes infinitos de Matilde Marín, sin referencia espacio-temporal, están las fotos de Juan Travnik y Helen Zout de fachadas escrachadas, espacios definidos por cuestiones políticas. Y otras de Gian Paolo Minelli, Dani Yako, Annemarie Heinrich y Marcos Zimmermann.

Imperdible el video de Carlos Trilnick con su pietá mundana, urbanista, cartonera. Devenido ícono ignorado y despreciado: nadie se inmuta, ni siquiera mira a esa mujer que, en el barrio de Once, posa como “La Piedad” de Miguel Angel. Me gusta que a unos pasos de la sala donde se proyecta el video haya un retrato en blanco y negro de Berni (de autor desconocido, ca. 1965). Captura su mirada dulce e intensa. Está sentado frente a una mesa, sobre la que se ve un martillo, una azucarera de chapa, su taza. Tiene una polera gris –imagino– o azul. En esa pietá moderna, pobre, rodeada de nailon, madera y cajas de pizza, hay huellas de Berni, de Juanito y Ramona.

Bajo la lógica de la tensión entre historia política y disenso estético (alejada de la selección de obras por analogía), las salas C y J recorren la historia argentina con imágenes que van desde mediados del siglo XIX hasta 2010. Hay obras de Pettoruti, Yente, las propuestas abstractas de Juan del Prete, y una radiografía paranoica de Juan Batlle Planas, artistas del “disenso estético” en los años veinte y treinta.

A provocadores pasos de la secuencia de fotos del primer peronismo, que no miró con buenos ojos al arte concreto (el ministro de Educación, Oscar Ivanissevich, llegó a espetar: “Ahora, los que fracasan, los que tienen ansias de posteridad sin esfuerzo, sin estudio, sin condiciones y sin moral tienen un refugio: el arte abstracto…”), están las obras de Enio Iommi, Raúl Lozza, Lidy Pratti y Martín Blaszko. Hay desde fotos famosas, como la del renunciamiento de Eva Perón, pasando por una emotiva imagen de un centro de distribución de pan dulce y sidra, hasta los bombardeos del 16 de junio en la Plaza de Mayo, y el día después: Perón leyendo los diarios. Ya para el final: una joyita en bronce de Kosice.

Algunas fotografías ejercen atracción magnética: una de Pepe Mateos en la confitería Las Violetas, y otra de una mesa de votaciones en época del fraude patriótico, con una toma que tiene mucho de mirada de panóptico. Dos escenas bien teatrales, llenas de gestos y miradas cómplices. Hay que mencionar también la de Res, y otras de autores por siempre desconocidos, como la de las patas en la fuente del 17 de octubre.

“Arte y política se sostienen una a la otra como formas de disenso, operaciones de reconfiguración de la experiencia común de lo sensible”, se lee de Jacques Rancière. Hay en sala unas pocas citas. Síntesis que se agradece. ¿Cómo narrar la complejidad de un período histórico con imágenes? ¿Qué lecturas desatan las obras y qué conocimientos requieren del espectador? ¿Qué historia –o Historia– se construye? Hecha de quiebres y ambages, le aseguro que de puramente fáctica no tiene nada.

Ya en la última sala, uno se encuentra con obras de Deira, De la Vega, Noé, Greco, Marta Botto, Le Parc, Paksa, un video documental de Tucumán arde , y la lista sigue. Las fotografías van desde el onganiato , pasando por el golpe del 76, las Madres, la vuelta de la democracia, la lucha por los derechos humanos, los juicios a las Juntas, hasta la imagen en que se descuelga el cuadro de Videla en el Colegio Militar.

Hay fotos documentales muy atractivas, y uno se queda con ganas de ver más. Desfilan las del impactante velatorio de tres de los fusilados en la masacre de Trelew, el tenebroso palco de Ezeiza, un hombre leyendo el diario tras la muerte de Perón: sólo “Murió”, decía el recordado título.

Con la irrupción de los sectores populares en la arena política, convive la versión de “Sin pan y sin trabajo” de Tomás Espina. Ya sobre final, está la potente obra de Oscar Bony: la palabra “Utopía” acribillada con esos balazos que sabía dirigir para quebrar cristales y ánimo. Y conmover –¿destrozar?– cualquier certeza. Bony miró y pensó la obra dentro del entramado político y social. Decía, estaba convencido: “El artista asume una responsabilidad: la de redefinir cada vez la naturaleza del arte teniendo en cuenta su tiempo”. Y lo hizo desde “La familia obrera”, exhibida para la familia clase media, donde estallan las alusiones políticas, estéticas, de explotación y sujeción, hasta sus increíbles retratos perforados a balazos, revólver en mano. Conjura a la muerte que practicaba escaleras abajo de su casa, en su taller.

El cuadro que contiene la palabra “Utopía” lleva uno de esos antiguos marcos, de apariencia lujosa. Bony, su obra, su conjura, vuelven a interpelarnos y, al tiempo, a darnos alguna respuesta: a veces, como sostuvo J. W. Goethe, “el arte es el medio más seguro de aislarse del mundo, así como de penetrar en él”.


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