“Una poetisa en el conventillo”, por Ema Cibotti

publicado en La Nación

Ida Edelvira Rodríguez, muy probablemente nieta de esclavos negros, se ganó la vida corrigiendo pruebas de imprenta en un diario vespertino (no sabemos cuál) de los tantos que se publicaban en la ciudad de Buenos Aires en la década de 1880. Su biografía asoma porque fue una escritora y poeta enlistada por el primer y gran ensamblador de vidas biografiadas de la literatura argentina, Ricardo Rojas, en su monumental Historia de la literatura argentina.

Pero sus señas circularon, además, porque Bernardo González Arrili, asiduo lector de la obra de Rojas, la incorporó, a su vez, a su lista de biografías de hombres y mujeres de la historia argentina.

Curiosamente, en el relato de Arrili, la identidad afroargentina de Ida se expone sin tapujos. Eso no sería notable si no fuera porque el mismo autor ha omitido el dato en la biografía del educador y jurista Antonio Sagarna.

Todo el relato gira en torno a la negritud de la poeta. La visita en un conventillo de la calle Venezuela, donde vivía, modesta, cuidando a su anciana madre, abre el siguiente diálogo:

Apareció una joven negra.

-¿Vive aquí la señorita Ida Edelvira Rodríguez?

-Servidora de usted -respondió la joven.

Aquella respuesta usual salía bien de sus labios. El abuelo, si no el padre, debieron ser esclavos. Sobre un lecho, pobrísimo, descansaba, con fatiga evidente, una mujer tan negra como la joven.

-Mi mamá -nos presentó con naturalidad y nos ofreció una silla.

Muchas veces hemos hablado e interrogado a personas notables o encumbradas, pero jamás iniciamos una conversación con mayor embarazo.

La cronista no es otra que la escritora Emma de la Barra, y Arrili, un persistente hurgador de archivos, ha encontrado sus notas entre los papeles de Joaquín Castellanos. El mismo le había contado sobre la poeta y su rastro perdido: “La que me dejó una impresión mayor, por una circunstancia especialísima, fue Ida Rodríguez. […] Ya no la recuerda nadie. Se ha borrado su apellido, tan inexpresivo por abundante, de la memoria de las gentes […] Voy a buscar entre mis papeles unas anotaciones que conservo desde hace muchos años”.

Y de este esfuerzo resulta la biografía de Arrili, que no omite presentar la foto de Ida y algunos datos más. Ida amaba los textos de la antigüedad clásica, y sobre todo los autores de la Roma del Imperio; los leía, prestados de la biblioteca del padre de una amiga, pues ella en su habitación de conventillo no tenía un solo libro.

La sorpresa de Ricardo Rojas, la incomodidad de Emma de la Barra y la impresión de Joaquín Castellanos son pruebas irrefutables de la dificultad que experimentaban los porteños negros para ser interpelados como tales en las últimas décadas del siglo XIX. El criollismo se había blanqueado totalmente. Y si se trataba de mujeres negras, educadas, la dificultad del reconocimiento, por excepcional, era aún mucho mayor.

Resulta imposible saber, entonces, cuántas otras hubo, en las mismas circunstancias, época y lugar.

Más datos Historias mínimas de nuestra historia, Aguilar, 304 páginas.

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