El comunista y el rey

Ivan Maisky, embajador soviético en Londres entre 1932 y 1943, llevó un diario minucioso de su vida diplomática. Allí registró sus encuentros con el rey Jorge VI y Winston Churchill, así como la trastienda de una época convulsionada.

POR GABRIEL GORODETSKY en Revista Ñ 

El terror y las purgas de Stalin de la década de 1930 desalentaron a los altos oficiales soviéticos en lo referente a escribir, para no hablar de llevar registros personales y por sobre todo redactar sus diarios propios. Los siguientes extractos están tomados del raro y único diario que llevó asiduamente Ivan Maisky, embajador soviético en Londres entre 1932 y 1943. El diario, que contiene cerca de 1.600 páginas de redacción manuscrita compacta y entradas escritas a máquina, registra franca y minuciosamente sus observaciones, conversaciones y actividades durante la permanencia en Londres.

Anteriormente menchevique, con antepasados judíos, Maisky sobrevivió al terror hasta dos semanas antes de la muerte de Stalin, el 5 de marzo de 1953. En el punto culminante de la campaña anticosmopolita fue arrestado y acusado de espionaje, traición e intervención en la conspiración sionista y sentenciado a seis años de prisión. Luego del arresto se confiscaron sus papeles privados y su diario y se los depositó en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores ruso, donde yo los encontré. Puesto en libertad en 1955 y librado de todos sus cargos, murió en 1975.

Nació en 1884. Sus actividades revolucionarias precoces provocaron en 1902 su expulsión de la Universidad de San Petersburgo y su exilio primero a Siberia y después a Londres, donde transcurrió los años de 1912 a 1917. Allí se relacionó estrechamente con los futuros comisarios de asuntos exteriores Georgii Chicherin y Maxim Litvinov. Fue durante esos años de exilio cuando Maisky adquirió su dominio del idioma inglés, al igual que de la historia y la cultura británicas, y estableció un vasto círculo de amigos de los ámbitos político, intelectual y literario, entre ellos H.G. Wells, George Bernard Shaw y Beatrice Webb. Su manejo de idiomas extranjeros y su familiaridad con la escena internacional, fortalecidos por la amistad con Litvinov, explican su acelerado ascenso en el servicio diplomático soviético luego de la revolución. Al cabo de breves períodos en cargos de rango menor en Londres, Tokio y Helsinki, regresó a Londres como embajador a fines de 1932.

Maisky escribió su diario marcadamente personal con el ojo puesto en la posteridad. Registró conversaciones con cinco primeros ministros británicos –Ramsay MacDonald, Lloyd George, Stanley Baldwin, Neville Chamberlain y Winston Churchill–, así como con otras figuras políticas británicas prominentes, como Lord Halifax, Anthony Eden, Lord Beaverbrook y John Maynard Keynes. El diario da testimonio de la deriva hacia la guerra a lo largo de la década de 1930, incluyendo la conciliación de Munich, las negociaciones que culminaron con el Pacto Ribbentrop-Molotov, el ascenso de Churchill al poder, la Batalla de Inglaterra y los acontecimientos que llevaron a la alianza de guerra que siguió a la invasión de Rusia por parte de Hitler en junio de 1941.

Los que siguen son algunos fragmentos de su diario.

12 de marzo de 1937

12 de marzo de 1937 El 4 de marzo todos los jefes de las misiones diplomáticas presentaron sus credenciales al nuevo rey, Jorge VI. El procedimiento fue simplificado y se llevó a cabo en masa. Todos los embajadores y enviados se alinearon por orden de jerarquía en el Bow Room del palacio de Buckingham. Uno a uno fueron admitidos en el salón contiguo, donde los esperaba el rey, le entregaban a éste sus credenciales, intercambiaban un par de comentarios según lo exige el protocolo, y se iban, dando paso a los que todavía esperaban. El rey dedicaba dos o tres minutos a cada diplomático. (Anthony) Eden estuvo presente en la ceremonia y me brindó algo de ayuda, dado que el rey es introvertido y se siente incómodo con facilidad. También tartamudea. Toda la ceremonia se desarrolló sin dificultades. Lo único que llamó la atención, y causó revuelo en la prensa y en la sociedad, fue el “saludo nazi” de (Joachim von) Ribbentrop. Cuando el embajador alemán ingresó al salón para ir al encuentro del rey, levantó su mano derecha como saludo, en lugar de hacer la reverencia clásica. La “novedad” ofendió profundamente a los ingleses y disparó una reacción adversa en los círculos conservadores. Se acusó a Ribbentrop de falta de tacto y lo compararon conmigo: un “buen muchacho” que saluda al rey como corresponde, sin levantar sobre su cabeza el puño cerrado.

Para recibir a las mujeres de los diplomáticos, el rey y la reina ofrecieron también un five o’clock tea hoy, al que invitaron a los jefes de las misiones y a sus esposas. Ribbentrop volvió a saludar al rey con la mano levantada, pero se inclinó ante la reina de la manera normal. También estuvieron presentes las princesitas: Isabel y Margaret Rose, ambas con vestidos rosa claro y, no cabía duda, terriblemente excitadas por estar en una ceremonia tan “importante”. Pero también se las veía curiosas, a la manera infantil, por todo lo que ocurría alrededor de ellas. Saltaban de un pie a otro, después empezaban a hacer risitas nerviosas, y después a portarse mal, para notable molestia de la reina. Lord Cromer (Rowland Thomas Baring, II conde de Cromer) nos acompañó a mi esposa y a mí hasta donde estaba el matrimonio real y tuvimos una larga charla, yo con el rey y Agniya con la reina. Las mujeres hablaron principalmente de los chicos, mientras que el rey preguntó por el estado de nuestra armada y el canal Mar Blanco-Báltico. Cuando le informé que el buque de guerra Marat llegaría para la coronación, expresó una gran satisfacción.

 

16 sw noviembre de 1937

Hoy Agniya y yo asistimos al “banquete de Estado” que dio Jorge VI en honor del rey Leopoldo de Bélgica, que llegó en una visita de cuatro días. Fue un banquete como cualquier otro. Ciento ochenta invitados, la familia real completa, miembros del gobierno, embajadores (pero enviados no) y varios notables británicos. Comimos en platos de oro, con cubiertos de oro. La cena, a diferencia de la mayoría de las cenas inglesas, era sabrosa (se comenta que el rey tiene un cocinero francés). Dos docenas de gaiteros escoceses entraron al salón durante la cena y caminaron lentamente alrededor de las mesas varias veces, llenando las bóvedas del palacio con su música semibárbara.

Me gusta esa música. Hay en ella algo de las montañas y los bosques de Escocia, de la distancia de los siglos idos, del pasado primordial del hombre. La música de gaita siempre ha tenido en mí un efecto extraño, estimulante, que me arrastra a algún lugar muy lejano, a campos anchos y estepas sin límites donde no hayi gente ni animales y donde uno se siente joven y valeroso. Pero vi que la música no era del gusto de muchos invitados. Les parecía áspera, chillona e indecentemente fuerte en aquella atmósfera palaciega de solemnidad y refinamiento. Leopoldo era uno de esos comensales a disgusto…

Después de dos discursos que dieron Jorge VI y Leopoldo, que proclamaron la inquebrantable amistad entre sus estados, los invitados se trasladaron a los recintos adyacentes y nosotros, los embajadores, fuimos reunidos en el así llamado Bow Room donde se ubicaron los dos reyes, ministros y algunos cortesanos de alto rango. Las mujeres estaban en un salón vecino con la reina nueva y la reina vieja. Aquí, una vez más, todo fue como es siempre en los “banquetes de Estado”: primero los reyes hablaron entre ellos mientras, contra las paredes, los embajadores semejaban un costoso “mobiliario diplomático”. Después Lord Cromer y otros cortesanos empezaron a cuchichear entre los invitados y a guiar a los “pocos afortunados”, que iban a ser favorecidos con “la más alta atención”, hacia uno u otro rey. Leopoldo conversó con Chamberlain, Hoare, Montagu Norman (presidente del Banco de Inglaterra), y, entre los embajadores, con Dino Grandi (embajador italiano), Ribbentrop y Charles Corbin (embajador francés). Había una orientación obvia hacia el “agresor” y el colaborador del agresor.

Por supuesto, yo no recibí tantos honores: la URSS está pasada de moda hoy, especialmente en los niveles más elevados del Partido Conservador. El embajador japonés Yoshida, que se ocultaba en un rincón, tampoco fue invitado a ofrecer sus respetos. Nada raro: en la actualidad las armas japonesas disparan contra el capital y el prestigio británicos en China…

Con el tiempo me cansé de este espectáculo monótono y ya estaba planeando deslizarme hacia los otros salones, adonde pudiera ver a muchas personas interesantes que conozco. Pero en ese momento se produjo una conmoción repentina en el Bow Room. Al mirar me di cuenta de lo que estaba pasando. Saliendo de un salón contiguo, Lord Cromer llevaba a Churchill hacia Leopoldo y se lo presentaba. Pronto Jorge se unió a ellos. Los tres mantuvieron una conversación animada y más bien larga, en la que Churchill gesticulaba con vehemencia y los reyes reían con fuerza. Después el encuentro terminó. Churchill se alejó de los reyes y se encontró por casualidad con Ribbentrop. Ribbentrop inició la charla con el famoso “devorador de alemanes”. De inmediato se formó un grupo alrededor de ellos. Yo no escuchaba sobre qué hablaban pero desde lejos podía ver que Ribbentrop, como de costumbre, pontificaba con pesimismo sobre algo y que en respuesta Churchill bromeaba, arrancando estallidos de risa en la gente que los rodeaba.

Por último Churchill pareció aburrirse, se dio vuelta, y me vio. Entonces pasó lo siguiente: a plena vista de la concurrencia y en presencia de los dos reyes cruzó el salón, llegó hasta mí y me estrechó la mano con firmeza. Luego entramos en una conversación animada y extensa, en medio de la cual el rey Jorge caminó hasta nosotros y le hizo un comentario a Churchill. Daba la impresión de que Jorge, preocupado por la inexplicable proximidad de Churchill al “embajador bolchevique” había decidido rescatarlo del “demonio de Moscú”. Yo di un paso a un costado y esperé a ver qué ocurriría a continuación. Churchill terminó su conversación con el rey y volvió hacia mí para continuar nuestra conversación interrumpida. A nuestro alrededor, los aristócratas dorados estaban poco menos que conmocionados…

 

17 de agosto de 1940

El duque de Windsor ha llegado con su Mrs. Simpson a las Bahamas, adonde se lo ha destinado como embajador. En esencia, desde luego, esto es un exilio. ¿Por qué se ha tratado con tanta rudeza al ex-rey? He escuchado de fuentes excelentes que detrás de todo esto está la reina Isabel. Ella es “el amo” de la casa y tiene al rey metido en un puño. Es espantosamente celosa. Se ha impuesto la tarea de obtener popularidad y esplendor para la familia real. Lo manda al rey a todas partes –campamentos, fábricas, a visitar a las tropas, al frente– de modo que aparezca en todos lados, para que la gente lo vea y se acostumbre a él. Ella tampoco descansa nunca: ferias, hospitales, operadores telefónicos, granjeros, etc.; visita a todos, los bendice, los agracia con su presencia, desfila. Hasta logró concretar hace poco el inusual ardid promocional que sigue. El hermano de la reina… organizó un té al cual fueron invitados una docena de periodistas estadounidenses destacados. La reina también asistió al té, y durante una hora y media “charló graciosamente” con los corresponsales, en conjunto y en forma individual. Pero, por supuesto, no para los periódicos. La reina tiene un miedo terrible de que el duque de Windsor pueda regresar al país y “robarse” la popularidad del hermano, que tanto esfuerzo costó alcanzar. Es por eso que el duque de Windsor fue exiliado a las Bahamas.

(c) The New York Review of books

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