El gurú pop de la aldea global

Producto de los años 60, “esa década de la cual Occidente aún trata de despertar”, Marshall McLuhan fue el teórico que mejor expresó el impacto de los medios audiovisuales en la cultura.

POR ANGEL FARETTA en Revista Ñ

Hay un libro ya clásico de Leo Strauss llamado Persecución y arte de escribir. Si bien la premisa teórica general es brillante, no lo son tanto los ejemplos textuales que ofrece como prueba de lectura hermenéutica. Ahora bien, la tesis de que un escritor, un pensador, que por diversos temores de persecución hacia su persona y allegados, en determinado momento escribe cifradamente y para ello utiliza determinada metodología estilística, es muy cierta. Que para tal fin emplee la repetición intencionada, la contradicción evidente, la cita fraudulenta o levemente deslizada hacia andariveles mentales distintos de los trazados para su circulación, también es parte del interés de la tesis.

Claro que ahora faltaría agregar algo muy importante. Que en los países occidentales, desde más de medio siglo a esta parte, se han vuelto mucho más complejos y sofisticados los modos puestos en marcha para perseguir a cualquier contradictor que se atreva a poner por escrito sus conceptos polémicos con la intención de difundirlos.

Para eso, y a partir de ese mismo momento, se debe intentar ya no cifrar en un párrafo, una cita o un circunloquio intencionadamente contradictorio o redundante el escrito polémico, sino organizar un corpus teórico transparentemente neutral. Nada de voces alzadas ni de diatribas directas, nada de dardos envenenados arrojados al blanco en línea recta. Por el contrario: acopio de fuentes, oscilación entre la más fría erudición y la bufonada estilística. Aumentar el exceso de paradojas. Profusión de fuentes de las más diversas, excéntricas y hasta contrastantes. Lo que se ha llamado, pensando precisamente en nuestro evocado Marshall McLuhan, “escritura mosaico”.

Nacido hace un siglo en la neutral y liberal Canadá, graduado en literatura inglesa y con primeros trabajos de enseñanza en el Sur profundo norteamericano –donde fuera influido por los métodos del New Criticism–, y tras décadas de recoleta vida académica en retirados lugares provincianos, McLuhan emergió como autor visible a mediados de los años sesenta. Esa década de la cual Occidente aún trata de despertar. Surgió como otro aparente subproducto de esos años. Una mezcla de gurú pop y de ensayista de happening . Se lo quiso sumar a ese primer acto pero ya de la última y definitiva etapa de la movilización total, la que no deja a nadie ni a nada vivir neutralmente.

McLuhan pasó a ensayar en un par de obras centrales y una media docena de escritos satelitales sobre mass media ” (el término es de J. B. Priestley). Los medios de comunicación. La media. En especial la televisión y la publicidad como modos visuales no dependientes de la “galaxia Gutenberg” –esta sí fue una creación suya– o, en todo caso, como hijos bastardos o traidores que desertaban de la escritura reproducida tipográficamente.

Para McLuhan, la invención de la reproducción mecánica de la escritura fue la divisoria de aguas de la cultura occidental. Así se diseñó todo un mundo, sobre todo mental, se instaló lo que otro pensador llamara “una atmósfera mental” y se prohijó cierta disociación de la personalidad por lo que lo dicho y escrito, pero reproducido a escala mundial, era la única realidad posible.

En rigor, la galaxia Gutenberg creó la primera realidad virtual. Esta dio lugar a un contractualismo tácito entre productores y consumidores. Incluidos sin más los consumidores culturales. Para eso, la reproducción tipográfica fue la herramienta más útil. En esto –aunque a muchos lectores lerdos todavía les parezca paradójico– el católico McLuhan se asemeja a Marx, cuya “fetichización de la mercancía” tuvo muy presente.

¿Entonces? Que, como él mismo se explicara una vez, gran parte de la praxis creada tras las teorías de Marx, vivía todavía en el mundo del hardware . Es decir que, por más bienintencionados que estuvieran, erraban en algo fundamental. El hardware había sido sólo una etapa, pero la posterior etapa eléctrica había creado un mundo software .

El mundo hardware sólo fue un momento, un inicio, y McLuhan ya entonces describía un mundo de medios telefónicos y televisivos portátiles y se adelantaba al digital que estaba –virtualmente, como medio– en el portátil.

Por su devoción a Chesterton, McLuhan aprendió que la paradoja era un medio carnavalesco de decir cosas sensatas. Y de ciertos maestros de su juventud –Harold Innis y Karl Polanyi– aprendió que la economía liberal dependía de la atmósfera mental instalada por la tipografía.

Que, como diría Polanyi, jamás hubo, ni en la misma Inglaterra victoriana un liberalismo puro ni libre mercado. Pero la tipografía permitía esa aparente libre circulación de “bienes”.

Así, la revolución pos tipográfica encabezada por el medio televisivo era presentada paradójicamente como una suerte de curioso regreso no sólo de lo pretipográfico sino de lo preescrito. El medio televisivo nos ponía en situación de “aldea global”, que es su más famoso oxímoron de locación y también su paradoja madre.

Así, el medio televisivo nos hace pasivos veedores de una múltiple narración oral mientras simultáneamente somos pasivos hermeneutas mentales del propio dispositivo televisivo. Su medio es el mensaje.

Porque más que atenernos a lo dicho a cada segundo de lo televisivo somos llevados a imaginar que comprendemos el funcionamiento del medio cuando éste se ha vuelto un todo con el mensaje siempre y paradójicamente oral. “El que mira televisión es el contenido de la televisión”. “El cine es visual mientras que la televisión es audiotáctil” (L’Express, 1971) ¿Es posible que esto haya cambiado mediante las llamadas redes globales, rebautizadas “sociales” para sentimentalizar su softwar e? ¿Internet, celulares, computadoras cada vez más portátiles y minúsculas? ¿O sólo se ha extendido uno o varios –eso no importa– de sus soportes pero el sentido sigue siendo el mismo? A ver. Toda persona de cualquier clase, mentalidad o de lo que fuere que posee un celular, posee paralelamente una llave que lo instala en un futuro que se agota en sí mismo.

Mediante su uso diario y maniático no se comunica con tal o cual persona sino con un futuro siempre fugitivo y que, casi con seguridad, no tendrá lugar para esas mismas personas singulares.

“El futuro ya está aquí. No hay futuro. Todo lo que puede suceder en los próximos cien años ha sucedido ya.” (id)

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