Halperin Donghi reflexiona sobre la UBA

Foto de Rafael Calviño en La Nación

Considerado como el más importante historiador argentino y autor de la clásica Historia de la Universidad de Buenos Aires, Halperín Donghi aceptó reflexionar sobre la UBA respondiendo por mail a las preguntas de LA NACION. Sin eufemismos, recordó distintos momentos históricos, formuló críticas y habló de una institución más dedicada al statu quo que a la renovación

Por Raquel San Martin  | LA NACION

Puede una megauniversidad como la UBA -pobladísima, extendida, diversa- volverse institucionalmente liviana? Con escasa influencia pública, más dedicada al statu quo que a la renovación, la describe el historiador Tulio Halperín Donghi, referencia decisiva para hablar de la universidad más grande del país, en la que estudió y enseñó, y a cuya trayectoria histórica dedicó un libro ya clásico.

Desde los Estados Unidos, donde reside desde 1967 -es profesor emérito de la Universidad de California en Berkeley-, Halperín Donghi, de 84 años, abogado, historiador, doctor en Filosofía y Letras y uno de los más destacados historiadores argentinos, aceptó responder por mail a las preguntas de LA NACION. Lo hizo con puntualidad, abundancia y, como se leerá, con pasión por una UBA a la que parece lamentar describir como una universidad “que ha dejado de funcionar como tal”, en la que las facultades pueden ignorar la autoridad del Rectorado y en la que “reina un lenguaje encendidamente revolucionario” pero se encuentra “en una situación muy cercana al anquilosamiento”.

-¿Cree que la época de oro de la UBA fue, efectivamente, la de los años 60, tal como se ha instalado en el imaginario colectivo? Si es así, ¿qué cosas tenía esa UBA “de oro”? Si no es así, ¿mencionaría otro momento histórico como el más destacado de la UBA?

-En primer lugar, conviene señalar que caracterizar a esa época de oro como la de los años 60 supone una inexactitud que permite a todos los que la añoran como tal hacerlo sin peligro de caer en la esquizofrenia. Esa época, haya sido o no de oro, comenzó en 1957, cuando Risieri Frondizi fue ungido rector en elecciones convocadas por las autoridades puestas al frente de la UBA por la revolución que en 1955 derrocó a Perón. En ese marco político cada vez más precario, lo que se intentó en la UBA fue hacer de ella una universidad a la altura de los tiempos, emulando las innovaciones en marcha en las de los Estados Unidos y los países de Europa occidental que, utilizando los frutos de una prosperidad que por primera vez en la historia del capitalismo iba a crecer ininterrumpidamente por tres décadas, intentaban ampliar drásticamente el acceso de las nuevas promociones a ese nivel educativo, manteniendo el nivel de calidad alcanzado en esos países cuando éstas sólo habían sido accesibles para una muy reducida minoría, y que la Argentina no había conocido tampoco entonces. Fue ése un intento notablemente exitoso, en parte porque, pese a las tensiones que se hicieron sentir con fuerza creciente en los tres estamentos que cogobernaban la UBA, se mantuvo hasta el fin de esa experiencia un notable consenso en el apoyo a ese proyecto de renovación universitaria. Hay que agregar también que el proyecto encarnado en la UBA de Risieri Frondizi e Hilario Fernández Long se vio facilitado por su esencial coincidencia e implícita colaboración con el proyecto impulsado en el área de ciencia y cultura por el gobierno desarrollista de Arturo Frondizi, al que se debió el auge alcanzado por instituciones como el Conicet o el INTA, creadas por el gobierno militar instalado en 1955, y también a otras preexistentes a la revolución de ese año, como la CNEA o el Instituto Malbrán. Pero quisiera agregar por último que, a mi juicio, la búsqueda de “épocas de oro” se apoya implícitamente en una visión demasiado estática de una institución que en todas partes está viviendo trasformaciones demasiado vertiginosas para que la nostalgia dirigida, en este caso a un pasado indiscutiblemente mejor que el presente, tenga algo importante que sugerir acerca de cómo alcanzar una futura universidad que no podría en ningún caso tener mucho en común con la UBA de esa etapa cerrada hace ya casi medio siglo.

-¿Qué impacto tuvo la vida política del país en el desarrollo de la UBA? ¿Cuándo cree que la UBA encontró su mejor contexto histórico-político para expandirse y crecer?

-No me parece que lo tuviera muy notable hasta abierto el siglo XX, y esto porque era la UBA la que no tenía un impacto suficiente sobre la vida política para que los dirigentes políticos se interesaran por influir sobre ella. El primer signo de un vínculo más estrecho con la esfera de la política se dio en el conflicto en torno a la renegociación de la deuda externa, en que la oposición estudiantil al acuerdo negociado por Pellegrini fue utilizada por Mitre y Roca para oponer un obstáculo decisivo al avance político de aquél, y desde entonces no cesó de aumentar en la misma medida en que crecía la masa de maniobra que el estudiantado podía poner en la calle en momentos críticos. Fue el contexto político creado por la caída del peronismo en 1955 el que ofreció a la UBA la mejor oportunidad para expandirse y crecer, debido a que la gestión que el primer peronismo había llevado adelante en ella le había ganado la decidida oposición de la enorme mayoría del estudiantado, haciendo de éste uno de los pocos sectores de la sociedad argentina con cuyo apoyo podía contar de antemano el gobierno sucesor, que advertía muy bien hasta qué punto necesitaba retenerlo y estaba dispuesto a reconocer al movimiento estudiantil una influencia decisiva sobre su política universitaria. Fue esa influencia la que creó la oportunidad para la implementación del proyecto transformador de la etapa 1957-66, pero al mismo tiempo aseguró que ella iba a decrecer con cada cambio de la coyuntura política, hasta desvanecerse del todo cuando el avance de la problemática de la Guerra Fría hizo que el peronismo dejara paulatinamente de ser visto como el “enemigo principal” tanto por las Fuerzas Armadas como por las corrientes conservadoras. No lo iba a tener en la etapa presente, en que la Argentina conoce una etapa de bonanza exportadora sólo comparable -como a nuestra Presidenta le gusta recordarnos- con la de comienzos del siglo anterior y la administración ha venido volcando fondos muy considerables en promover avances técnico-científicos sobre líneas que continúan en lo esencial las promovidas por el desarrollismo. En parte ello se debe a que el peronismo en el poder ha renunciado hasta casi ayer a ganar apoyos políticos sólidos dentro de la UBA y otras universidades de las más antiguas, y ha buscado en cambio neutralizar su influjo político equilibrándolo con el de las universidades que ha venido creando cada vez más profusamente. Pero, sobre todo, se debe a que hace ya mucho tiempo que la UBA ha perdido toda capacidad de tomar posición como tal en los terrenos en que la de 1957-66 había sido capaz de hacer sentir todo su peso institucional. Y con esto podemos pasar a la pregunta siguiente.

-Muchos analistas ven que, en sus conflictos institucionales, la UBA refleja de alguna manera un proceso de degradación institucional más general en el país. ¿Cree que es así?

-No sé si es así. Lo que sí creo saber es que la degradación institucional de la que es víctima la UBA -y que le impide gravitar con todo su peso en estos temas- es todavía hoy consecuencia del giro que tomó su trayectoria desde que, al recuperar su autonomía luego del retorno de la democracia, los representantes de sus tres claustros eligieron como rector por fuerte mayoría a Oscar Shuberoff, que nada sorprendentemente la iba a gobernar con los criterios propios de un militante formado en la “quinta de hierro”, la fidelísima parroquia radical de San José de Flores. Con las artes allí aprendidas logró muy rápidamente armar un sistema clientelar en que la canalización de una proporción creciente de los recursos universitarios hacia la oficina rectoral le permitió conquistar una imbatible primacía que lo iba a mantener en la silla rectoral por 16 años. Tanto más fácilmente cuanto que el retorno de la democracia hacía más difícil organizar una oposición capaz de extenderse con éxito a la entera institución. Cada vez invitaba menos a intentar esa quijotesca empresa la consolidación a nivel nacional de un proyecto análogo llevado adelante por el presidente Menem, con un éxito que premiaba su magistral dominio de un no más edificante arte político aprendido en su terruño riojano. Se entiende que quienes vacilaban en arriesgarlo todo en un combate en que el fracaso era mucho más probable que el éxito vacilaran aún más en hacerlo si la consecuencia de ese éxito sería el avance avasallador de la máquina política que Shuberoff había logrado detener en el umbral de la Universidad. Desde luego lo había logrado practicando una oposición de puro aparato que apenas se preocupaba por ocultar un acuerdo en lo esencial. Una vez agotada la experiencia abierta en 1986, ya eclipsada la amenaza que había significado la consolidación de la influencia de Menem sobre la vida nacional y en medio de una penuria financiera que no permitía al rectorado acaparar la misma proporción de los recursos universitarios sin perjudicar el funcionamiento normal de las facultades, la autoridad rectoral ha terminado por eclipsarse casi por entero con consecuencias que hacen que la UBA haya dejado de funcionar como tal, y que sus autoridades centrales enfrenten a facultades que no sólo pueden ignorar impunemente su autoridad sino que comienzan a disputarle el control efectivo de los colegios universitarios. Ello hace posible que algunos rincones de la UBA sean gobernados del modo más despótico y arbitrario sin que las víctimas puedan recurrir eficazmente a ninguna instancia más alta, pero, aun donde ello no ocurre, la consecuencia es que cada uno de los actores esté más interesado en mantener lo que tiene que en cooperar en proyectos de cambio con quienes tienen todas las razones para desconfiar, lo que coloca a una institución en la que reina un lenguaje encendidamente revolucionario en una situación muy cercana al anquilosamiento. En esto la UBA no se diferencia del resto de la Argentina de hoy, y sería un poco pedantesco entrar a discutir si es porque refluye sobre ella un estilo de hacer política del que en los hechos fue ella misma la precursora, y más fructífero considerar hasta qué punto esto diferencia a la UBA de instituciones extranjeras que se le ofrecen como ejemplo. Y con esto llegamos a su última pregunta.

-La cuestión del ingreso sin examen y la gratuidad siguen siendo motivo de debate y muchas veces se ponen como ejemplo universidades del exterior ¿Qué opinión tiene usted sobre ese tema?

-El dilema que plantea el ingreso sin examen intentó esquivarse mediante la implantación del ciclo básico común, lo que parece razonable teniendo en cuenta el deterioro creciente del nivel secundario. El problema es que ese ciclo básico no cumple demasiado bien ni esa función reparadora de insuficiencias pasadas ni la de anteponer una etapa destinada a promover la capacidad crítica de quienes ingresan en la universidad al aprendizaje especializado de una disciplina o una práctica a cargo de las distintas facultades, lo que fue primero presentado como su principal objetivo. En todo caso no me parece que el arancelamiento ofrezca una solución alternativa a la regulación del caudal de estudiantes mediante la fijación de cuotas adecuadas a las necesidades reales de la sociedad y el control de calidad de los ingresantes como sistema de selección, que no sólo es socialmente más justo sino económicamente más racional que el que reduce el acceso a candidatos que pueden costear una parte siempre inferior a la mitad de lo que cuesta a la universidad su paso por ella, pero no ofrecen ninguna garantía de que sabrán aprovechar lo que ella les ofrece. Es tan sólo una manera de eludir los problemas que la implementación de esa solución plantea, y que no se tiene el valor de encarar de frente. En cuanto a las universidades del exterior que se les proponen a las argentinas como modelo, ya quisieran ellas no tener más problema que éste. Temo que en la Argentina no se perciban en absoluto los alcances de la crisis en que está hundido el que solíamos llamar Primer Mundo, ni mucho menos de sus repercusiones sobre una estructura universitaria que nunca logró absorber del todo las consecuencias de la masificación del cuerpo estudiantil durante la segunda posguerra. Muy en la línea de lo que ocurre en otros rincones de la sociedad, la solución que se prepara a emerger lleva a una separación jerárquica del cuerpo docente entre una elite a cargo de la gestión del entero sistema y de impartir a quienes puedan pagarla la enseñanza teórica y aun la práctica, trasmitidas ambas a través del ciberespacio, y auxiliados para todo el resto por un subproletariado de trabajadores temporarios pagados a destajo que deberán contar con credenciales doctorales en orden y estarán a cargo de calificar y corregir sus trabajos, guiarlos en los de laboratorio en que aplicarán las técnicas también aprendidas a distancia. Es ésta una solución que provoca crecientes resentimientos, no logrará aplicarse sin generar destructivos conflictos, y no puede sino alcanzar resultados extremadamente negativos. Todo esto le está siendo ahorrado a la Argentina, pero no es seguro que esta vez resista a la tentación tan nuestra de ponerse a la altura de los tiempos ofreciéndose el espectáculo de un apocalipsis joco-serio (para decirlo ahora en el lenguaje del Deán Funes) que remede desde una prudente distancia el mortalmente serio en que todo esto puede desembocar a ambas orillas del Atlántico Norte, sin otro daño que la pérdida de una de esas oportunidades que, como suele recordar nuestra Presidenta (que quizá sería bueno que tomara más a pecho ella misma la lección que no se cansa de impartir a sus colegas del campo político), sólo se repiten, si tenemos suerte, una vez por siglo.

MANO A MANO

Hace casi diez años entrevisté a Tulio Halperín Donghi, a propósito de la reedición de su libro

Foto de Rafael Calviño en La Nación

, publicado inicialmente en 1962, que hacía Eudeba. Era 2002 y en todo fenómeno o institución se intentaba encontrar anticipos, analogías o explicaciones para una crisis generalizada que era todavía desconcertante. Le pregunté, entonces, en qué medida la historia de la UBA reflejaba la del país. Quizás algo más optimista que ahora, Halperín Donghi trazó una línea entre otras instituciones argentinas y una universidad que había logrado en cierta medida aislarse de la sociedad a pesar de vivir de ella, y que conservaba una dosis importante de legitimidad social debido a la existencia en su interior de “rincones donde la gente se toma en serio lo que hace”. Como para el país, el historiador no veía entonces para la universidad futuros claros. En cambio, predijo que sobrevendría “un período de transición hasta que la UBA logre hacer pie en algo”. Tenía razón.

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