Izquierda, ¿qué es eso?

Hoy basta ser más o menos keynesiano, más o menos desarrollista o más o menos heterodoxo, para imaginarse “de izquierda”. A pocas horas de las elecciones primarias nacionales, Grüner analizó qué definía esa pertenencia.

POR EDUARDO GRÜNER en Revista Ñ

En sus extraordinarias conversaciones de más de 500 páginas con el escritor y crítico de arte John Gerassi, Jean-Paul Sartre afirma –y el lector no puede menos que quedar estupefacto– que recién se asumió como un intelectual realmente “politizado”… ¡en 1968! (a partir del denominado Mayo francés). Pero para esa fecha Sartre ya había participado en la Resistencia contra la ocupación alemana, había fundado (junto a Merleau-Ponty y otros intelectuales) los grupos Socialismo y Libertad y RDR (Ressemblement Démocratique Révolutionnaire) así como la revista Les Temps Modernes, había organizado manifestaciones, protestas y declaraciones contra las masacres coloniales en Madagascar y contra las guerras de Indochina y Argelia (formando parte de la red clandestina de ayuda al FLN dirigida por Francis Jeanson), había presidido el Tribunal Russell contra los crímenes de guerra en Vietnam, se había entrevistado con Fidel y el Che para apoyar enfáticamente a la revolución cubana, había rechazado el Premio Nobel para repudiar el “aburguesamiento” del “escritor comprometido”, había oficiado por unos años de “compañero de ruta” del PC para luego denunciar con virulencia la invasión rusa a Hungría, y había publicado ese verdadero monumento de filosofía marxista crítica que es la Crítica de la Razón Dialéctica (sólo comparable, en el siglo XX, a Historia y Conciencia de Clase de Lukács o a la Dialéctica Negativa de Adorno), para no mencionar el archifamoso y controvertido prólogo a Los Condenados de la Tierra de Frantz Fanon.Etcétera, etcétera. ¿Cuánta mayor “politización” se puede pedir? Sin embargo, en aquéllas entrevistas Sartre insiste en que antes de 1968 sin duda era “de izquierdas” pero no estaba “politizado”. ¿Habrá que aplicarle una paráfrasis del célebre chascarrillo de Soriano sobre el peronismo, algo así como “Yo nunca me metí en política, siempre fui de izquierda”? Por supuesto que no. Sartre, con su boutade provocativa, quiere decir al menos dos cosas: en primer lugar, que ser de izquierda implica ante todo una posición ética a favor de los excluidos por los usufructuadores del poder político, económico e ideológico-cultural. Esto no significa, desde ya, que esa elección sea a-política, o siquiera pre-política: significa que privilegia ese pathos “moral” por sobre las necesidades “pragmáticas” que la práctica de la política conlleva. Pero eso no alcanza.

Pasar de la posición ética “izquierdista” a la propiamente política –he aquí la segunda cuestión– implica pasar, para seguir evocando los términos sartreanos, del estatuto del rebelde al del revolucionario. Es decir: de una reacción puramente “negativa” –la defensa de los sectores oprimidos– a una positividad que argumente y demuestre que esos males sociales (la explotación, la dominación de clase así como la colonial-imperial, la pobreza, el racismo y el machismo, la degradación de la salud, la vivienda o la educación, la estupidización cultural, la falta de soberanía “nacional y popular”, la destrucción de la naturaleza, y siguiendo) no tendrán solución dentro de los límites de la lógica de poder hoy imperante, y requieren a la corta o a la larga una transformación radical de las “estructuras” (económicas, políticas y culturales) dominantes. En una palabra: de lo que Istvan Meszarós ha llamado el sociometabolismo del Capital.

Este “pasaje” de la posición ética a una posición política es, en el sentido estricto, ser de izquierda. Se puede o no estar de acuerdo con ella. Lo que no se puede es quedarse a mitad de camino y pretender seguir siendo “de izquierda” (para eso está el brumoso concepto de “progresista”). Estas precisiones son importantes en la Argentina de hoy. En nuestros discursos políticos no existe el vocablo “derecha”. A lo sumo se es extremista de centro. O “republicano progre”. Nadie admitiría ser tildado de “derechista”. Ser de izquierda o “progresista” –que han terminado siendo sinónimos, cuando en ciertos contextos son opuestos–, en cambio, no sólo ya no es más vergonzante, sino que puede otorgar un ornamental halo de sosa “bondad” que oculte la política real del así calificado. Digamos –y cada lector dibujará su sistema de equivalencias locales–: Rodríguez Zapatero es “de izquierdas”, aunque aplique ajustes destructores de la vida popular iguales o peores a los de las “derechas”. Esta banalización neutralizadora del significante “izquierda” viene de lejos: el que escribe esto le escuchó decir al fallecido Guido Di Tella (ministro del ex presidente Menem) “la izquierda somos nosotros”. Sin llegar a ese extremo, la relativización hasta la nebulosa del significado riguroso de ese término acuñado por la Revolución Francesa tiene que ver con el corrimiento hacia la derecha del mundo en general a partir de los años 80. Es toda una lengua político-cultural la que se ha conseguido bastardear. Hoy basta ser más o menos “keynesiano”, más o menos “desarrollista”, más o menos “heterodoxo”, para, comparado con el neoliberalismo conservadorthatcherista, imaginarse “de izquierda”. Ya no es de izquierda tan sólo el que sospecha que si bien el neoliberalismo es un síntoma gravísimo, quizá la enfermedad (¿incurable?) sea el “sociometabolismo del Capital” en su conjunto. También puede reclamarse “de izquierda” el gobernante que aboga por un capitalismo “racional”. Es algo del orden de lo que Sartre, para volver a él, llamaría la mala fe. Y es que a los hombres, como decía Karl Marx –que era de izquierda– hay que juzgarlos por lo que hacen, antes que por lo que piensan de sí mismos. Así como Sartre era de izquierda antes de asumirlo “politizadamente”, la mayoría de la clase obrera y los sectores populares argentinos no incluye en sus sistemas de identificación simbólico-política la palabra “izquierda”, pero sí muchas acciones que corresponden al contenido de la palabra. ¿Alguien que se considera de izquierda debe acompañar esas acciones reivindicativas aunque ellos no se reconozcan en esa palabra? Claro que sí. Lo debe hacer por razones éticas. Pero por razones ético-políticas, no puede mentirles fingiendo aceptar que es “de izquierda” una política que, por ejemplo, se limite a tomar medidas reparatorias aisladas que, una por una, pueden ser en muchos casos defendibles, pero que en su totalización (discúlpesenos que nos obcequemos en cierto sartrismo) se orientan a conservar la lógica básica de la dominación. Sostenerse en esa tensión, en ese conflicto entre las demandas de lo ético y lo político, es lo que en otras épocas solía llamarse “pensamiento crítico”.

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