Weimar y su pecado original

En La cultura de Weimar, que publica Paidós, el historiador Peter Gay describe la rica y contradictoria realidad política, literaria, musical y artística de Alemania en la década de 1920.

Por Peter Gay en Revista ADN

El efecto de la Primera Guerra Mundial fue destruir los lazos que la cultura alemana tenía con el pasado utilizable y con el entorno foráneo con el que para todos, menos para los cosmopolitas más irreductibles, congeniaba. Fueron unos pocos quienes mantuvieron abiertos los cauces de comunicación; en 1915, en plena guerra, el socialista fabiano y célebre psicólogo Graham Wallas escribía a su amigo, el socialista revisionista alemán Eduard Bernstein, lo siguiente: “En la actualidad vive uno al día sin apenas osar pensar en el futuro. Pero a veces espero que, cuando llegue la paz, tú y yo podamos vernos y estrecharnos la mano, y decirnos que nunca hemos tenido, el uno del otro, un pensamiento que no fuese amable, y sentarnos después a considerar si podemos contribuir de algún modo a cerrar las heridas de la civilización”. La tarea cultural de la República de Weimar fue capitalizar tan nobles sentimientos para restaurar los lazos rotos.

La tragedia de la República de Weimar fue que pese a su éxito en tal tarea -la excelencia de los que huyeron del régimen nazi da la medida- el trauma de su nacimiento fue tan grave que no pudo ser capaz de ganarse la lealtad incondicional de todos, ni siquiera de muchos de sus beneficiarios. La revolución, al principio, tuvo un amplio apoyo, y tal como escribió Walter Gropius, “como resultado de la Primera Guerra Mundial” le llegó “la plena conciencia” de su “responsabilidad social como arquitecto”. Más tarde, en 1918, de permiso en Alemania y recién llegado del frente italiano, Gropius decidió ir a Berlín. Durante el viaje estalló la revolución. Testigo de las vejaciones a que la muchedumbre sometió a los militares, de pronto lo asaltó una idea: “Esto es algo más que una derrota. Un mundo llega a su final. Hemos de buscar una solución radical a nuestros problemas”.

Gropius no fue el único. La génesis de su carrera intelectual -ideas desarrolladas durante el Imperio, orientadas políticamente por la guerra y expresadas abiertamente durante la revolución- fue característica de muchas figuras del espíritu de Weimar. La revolución suscitó entusiasmo en Bertolt Brecht, que, como tantos jóvenes, estaba asqueado por aquellos años de carnicería. Rilke la saludó con alborozo, como dijo en su estilo poético, con la ardiente esperanza de que la humanidad pasara definitivamente la página. Otros descubrirían las mismas esperanzas desde distintas perspectivas. A los ideólogos conservadores los entusiasmó asistir al colapso de un régimen que no había sido lo bastante idealista como para asumir un auténtico conservadurismo; intelectuales burgueses como Friedrich Meinecke, aunque indignados con las potencias aliadas, le dieron su apoyo, y los soldados y sus familias, demócratas, socialistas, pacifistas y utopistas, vieron en la revolución la promesa de una nueva vida.

Pero los acontecimientos del invierno de 1918-1919, seguidos por las convulsiones de los años fundacionales, dilapidaron de buena voluntad el capital que se había acumulado en los días de desastre y esperanza. Del mismo modo que la revolución fue acogida con agrado, su evolución y consecuencias decepcionaron, por diversas razones, a muchos. Los neoconservadores, precisamente, despreciaban cada vez más las innovaciones que iba introduciendo la República; los radicales, por su parte, criticaban los vestigios del imperialismo. Fue como si la República de Weimar hubiese alcanzado un éxito suficiente para satisfacer a sus críticos, pero escaso para contentar a sus partidarios.

Ya en diciembre de 1918, Rilke había perdido toda esperanza: “Bajo el simulacro de un gran trastrueque, perdura el tradicional anhelo de idiosincrasia”, señaló. Según él, la revolución había caído en manos de una minoría implacable, y la mayoría estaba engatusada por el “diletantismo político”. Aquel mismo mes, el editor progresista Paul Cassirer calificaba la revolución de “simple timo, Schiebung “; nada esencial había cambiado, comentó al conde Kessler, “sólo unos cuantos primos” habían ascendido a cargos de influencia y poder.

Muchos de los jóvenes entusiastas, como Brecht, dieron la espalda a la política con igual rapidez con que la habían aceptado; escritores y pintores como Wieland Herzfelde y George Grosz se pasaron rápidamente a la oposición espartaquista. Mientras los enemigos de la joven República mantenían su aversión inquebrantable, sus entusiastas vacilaban y le retiraban su apoyo. En febrero de 1919, el periodista Simon Guttmann habló en nombre de la profesión con el feroz desencanto del amante frustrado y le comentó a Kessler que, por aquel entonces, los intelectuales, casi sin excepción, estaban todos en contra del Gobierno, y añadió que era imposible sentir mayor acritud contra el régimen, que esquivaba sus responsabilidades, no hacía nada y sólo se mostraba activo a la hora de fusilar a civiles. Decía, condolido, que la revolución no había cambiado nada y que todo seguía tal como antes. El 1° de mayo de 1919, día festivo nacional, Kessler observó que la celebración parecía “un duelo nacional por una revolución fallida”. No tardó en generalizarse la decepción, que quedó reducida a dos palabras nada más: 1918 era la “llamada revolución”.

Las causas de este desencanto generalizado son muchas y bien conocidas. Sobre la Asamblea de Weimar volaban demasiados fantasmas, y aunque algunos fueron conjurados, surgieron otros nuevos. Los primeros cuatro años de la República fueron casi una crisis continua y una época de disturbios. La sangrienta guerra civil, el resurgir del militarismo como árbitro político, el fracaso en desacreditar a la alianza aristocracia-empresarios que prevaleció en el Imperio, la frecuencia de asesinatos políticos y la impunidad de éstos, las imposiciones del Tratado de Versalles, el golpe de Estado de Kapp y otros conatos de subversión interna, la ocupación del Ruhr por Francia y la inflación astronómica, todo ello hizo avivar nuevas esperanzas a los monárquicos, a los militares fanáticos, a los antisemitas, a los xenófobos de todo tipo y a los empresarios que al principio se mostraron intimidados ante el espectro del socialismo y que después miraron con desdén a unos socialistas que no socializaban y que tanto contribuyeron a dar a la República la imagen de fraude y farsa.

Es cierto que el propio nacimiento de la República, proclamada a primera hora de la tarde del 9 de noviembre de 1918 por el socialista Philipp Scheidemann, no por puro entusiasmo republicano sino por impetuoso deseo de adelantarse a la proclamación de la república soviética de Karl Liebknecht, tuvo algo de farsa. Friedrich Ebert, al enterarse minutos después de la iniciativa de Scheidemann,montó en cólera por la irregularidad del procedimiento. A nadie se le escapaba que la República había venido al mundo casi por accidente y pidiendo disculpas. […]

Estos antecedentes ya eran malos, pero sin duda el mayor y más eficaz enemigo de la República de Weimar fue la guerra civil en la izquierda republicana, la lucha, como la llamó Eduard Bernstein, de “socialistas contra socialistas” que estalló tras la proclamación de la República, un acto dirigido, al fin y al cabo, no contra la monarquía, sino contra los espartaquistas.

El enfrentamiento era inevitable. La unidad socialista se había roto durante la guerra y, al término de ésta, la Revolución rusa y el carácter del hundimiento alemán, que dio a los socialistas una preeminencia bastante artificial y endeble, en absoluto propiciaron el restablecimiento de la unidad. Con la abolición definitiva del Imperio, en noviembre de 1918, llegó el momento de confrontación de las dos tendencias socialistas; la toma inmediata del poder era muy importante, pues quien lo ocupara determinaría el futuro de Alemania. Los espartaquistas querían implantar una república soviética, y la mayoría socialista propugnaba una democracia parlamentaria. Una de las ironías más tristes de la historia alemana es que, si bien en 1918 no se vislumbraba otra posibilidad, la lucha de aniquilación mutua entre las dos tendencias dio lugar, por otra parte, a que surgieran fuerzas partidarias de otra alternativa: la dictadura militar.

El enfrentamiento entre socialistas fue generalizado y, tras arrasar con las viejas instituciones, la revolución presentaba varios puntos nuevos de fricción. Espartaquistas y socialistas moderados se enfrentaron en Berlín y en las provincias, en los mitines políticos y en las calles, en los consejos obreros y en los entierros de las víctimas de los matones de derechas. Se pronunciaron palabras muy duras, palabras no olvidadas ni perdonadas; pero no sólo hubo palabras. Todos iban armados y todos se mostraban irascibles y poco dispuestos a aceptar las contrariedades; muchos habían recibido instrucción militar y estaban dispuestos a matar, los disturbios generalizados fomentaron la acción irracional de las masas y ofrecieron cobijo a aventureros políticos. Durante casi dos meses el régimen logró mantener la unidad ficticia entre las fuerzas de izquierda; en el gobierno provisional de seis miembros, formado el 10 de noviembre, había tres representantes de la mayoría socialista y tres de los independientes. Pero la situación era insostenible; el 27 de diciembre, los independientes abandonaron el gobierno y la desunión empeoró. Al enemigo de derecha le bastaba con esperar.

Pero hizo algo más que esperar: matar impunemente y sin freno. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, líderes del movimiento espartaquista, murieron asesinados el 15 de enero de 1919; Kurt Eisner, primer ministro de Baviera, cayó abatido por un estudiante aristócrata el 21 de febrero, y la República Soviética Bávara, surgida tras el asesinato, fue brutalmente reprimida por las tropas del Freikorps entre finales de abril y principios de mayo.

Estos acontecimientos únicamente sirvieron para exacerbar las hostilidades fratricidas: los espartaquistas tacharon a los socialistas gobernantes de condescendientes y de carniceros socialmente ambiciosos, y el gobierno socialista acusó a los espartaquistas de ser agentes rusos. Todo ello era como un sarcástico comentario al llamamiento de Marx a que los trabajadores del mundo se unieran.

(Traducción: Francisco Martín Arribas).

 

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